Capítulo 29

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La maratón de películas solo acaba cuando Freddy nota a Isidoro luchando contra el sueño, cabeza aún apoyada en su regazo.

—Vamos a dormir, pavo. Estás medio dormido, igual—murmura Freddy, acariciando el cabello del menor.

Isidoro suelta un sonido de satisfacción y de confirmación, aceptando que ya no podía seguir despierto.

Freddy apaga la tele y le pregunta a su compañero:—¿Todavía te duele el cuerpo?

Habían pasado todo el día en el sofá, y Freddy incluso le había dado un suave masaje en la mano y el tobillo, tratando de ayudarle con el dolor.

—Estoy mejor. Gracias a los cuidados y al amor de mi comisario—dile contesta, tono burlón.

El gallego blanquea los ojos y se levanta, extendiendo una mano hacia su compañero. —Te ayudo a subir, anda.

Isidoro dudó por un segundo en agarrarle la mano a Freddy. A pesar de todo lo que habían hecho, tomarse de la mano se sentía extremadamente íntimo, y no hacía nada para calmar los nervios que sentía estando con el pelinegro.

Sin embargo, Freddy no le da mucho tiempo para dudar, tomando él la mano del oficial y tirando con suavidad para que se levantara.

—Cómo te gusta agarrarme de la mano, Trucazo—sigue burlándose el peliblanco, apoyándose en Freddy y comenzando a caminar.

—Y a ti cómo te gusta tocarme los cojones, neno.

—Es parte de mi encanto.

Subieron las escaleras en silencio, concentrándose en que el oficial no se lastimara el pie.

Una vez arriba, Freddy contesta:—El día que te cures, te voy a mandar al hospital a punta de porrazos.

Isidoro suelta una carcajada, sentándose en la cama con ayuda del gallego.

Sin soltarle la mano, el peliblanco murmura:—Me gusta más el plan de follarme, la verdad.

Freddy toma una bocanada de aire. Le gustaba mucho escuchar a Isidoro pedirle cosas, pedirle atención. Pero luego de sus muecas de dolor la noche anterior, no podría disfrutar estar con él como se debía. Estaría muy preocupado por no lastimarlo.

—Eso no es muy hetero básico de tu parte—le dice el gallego, tratando de hacerlo reír y alivianar la tension que habían dejado sus palabras.

Tirando de la mano de Freddy, Isidoro lo acerca, haciendo que se incline hasta su altura, poniendo su otra mano en ese cabello negro que tanto le gustaba y dejándole un beso justo debajo de la oreja.

—Culpa tuya por estar tan bueno—le susurra. Luego, una nota más grave, le pide:—Duerme conmigo en la cama.

El pelinegro suelta un suave gruñido. Quería cumplir los caprichos del peliblanco, pero dormir juntos no parecía una buena idea.

Sintiendo la indecisión del mayor, Isidoro dice con tono más inocente:—La cama es lo suficientemente grande, Freddy. Me sienta mal ser el invitado y verte dormir en un sofá. Venga, tete.

Aunque el peliblanco sabía que su principal motivación era que lo haría feliz dormir junto a la persona que le gustaba, aún si no había nada sexual en el acto, tenía que darle otra excusa al gallego. Una que sonara lógica para él.

Claro está, el problema de Freddy no era el espacio, sino la otra persona en la cama. Aunque nunca fue un hombre que se dejara llevar por sus impulsos y nunca tuvo un libido descontrolado, Isidoro tenía ese efecto en él. No podía evitar querer tocarlo. No sólo de manera sexual sino en general; querer tomarle la mano, tocarle el cabello, rozar "por accidente" con él, abrazarlo. Quería hacerle muchas cosas, pero sabía que debía contenerse. Por mucho que quisiera darle placer al peliblanco, le molestaba la idea de hacerle daño cuando estaba en este estado.

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