A mucha gente no le gustaba su trabajo, y Gustabo era una de esas. No era como que odiara ser poli, pero a lo largo de los años, pasó de ser un trabajo que le traía gratificación a uno que hacía sólo para demostrarse algo, para demostrarle algo a Conway. Y con el tiempo, perdió el interés, aunque lo seguía haciendo, porque si no era poli, no era nada. Sólo ahora estaba volviendo a divertirse y disfrutar de su labor, y todo era gracias a Isidoro.
No sabía cómo habían acabado las cosas entre sus dos amigos. Aunque había tensión en el aire la noche anterior, Freddy parecía dispuesto a poner orden a todo lo que estaba pasando.
Tampoco le había escrito al peliblanco, prefiriendo no interrumpir nada.
Por suerte, estaba en el turno de la mañana, al igual que Isidoro, por lo que el oficial podría contarle todo, ojalá omitiendo los detalles desagradables, mientras patrullaban.
Sin embargo, antes de empezar su turno, debía presentarse en la oficina de Conway y que el superintendente aprobara su regreso.
Siempre lo ponía tenso la idea de pasar siquiera unos minutos a solas con él. Conway hacia que sus inseguridades y debilidades salieran a flote, y esa sensación de vulnerabilidad era algo que Gustabo detestaba. Aún así, no había de otra. Era algo que tenía que hacer.
Subiendo hasta el despacho del superintendente, llama a la puerta y espera que venga la voz del otro lado dándole la entrada.
—Pase—dice el jefe, las paredes y la puerta ahogando su voz.
Cuando Gustabo entra, el rostro de Conway cambia, y el rubio nota que parece conflictuado por algo. Pero, honestamente, a Gustabo le importaba poco los problemas del mayor. Y tampoco tenían un relación en la que pudieran hablar de lo que los aquejaba.
—Hoy se acaba la suspensión. ¿Algún problema con que regrese a trabajar?—pregunta el rubio, dejándose caer en una de las sillas del despacho.
Gustabo siempre actuaba como si tuviera confianza con Conway, como si estuviera relajado a su alrededor, pero era justamente eso: un acto. Era mejor actuar de esta manera que dejarle ver al superintendente que le tenías miedo.
Conway simplemente lo mira, como buscando algo en su rostro, en su postura, en su voz. Gustabo no sabe qué busca y tampoco sabe si lo encuentra, pero luego de un momento, su mirada vuelve a los papeles que estaban en su escritorio, aparentemente perdiendo interés en el rubio.
—Ninguno—le responde.
Gustabo se pone de pie, estirándose un poco antes de disponerse a salir.
Cuando se gira, Conway lo llama. —García.
Gustabo se detiene y lo mira por encima del hombro.
Con un gesto de la cabeza, el superintendente señala un vaso de esos donde te dan las bebidas calientes para llevar.
—¿Quieres café? No me lo voy a terminar.
Gustabo frunce el ceño, desconfiado. En todos los años que llevaba conociendo a Jack Conway, jamás le había ofrecido nada de buen corazón. Estaba tentado a decir que no, y su instinto le decía que esa era la decisión correcta, pero también sentía que negarse lo pondría en un posición complicada con el jefe. Decirle que no a Conway siempre traía problemas, y Gustabo no quería darle ni una sola razón para que empezara a gritarle e insultarlo.
El rubio mira el vaso. ¿Tal vez estaba envenenado? Tal vez el jefe había decidido matarlo de una vez por todas. Bueno, tampoco le importaba mucho si ese era el caso. Se encoge de hombros y toma el vaso.
Queda poco menos de la mitad, pero sigue tibio. Como era de esperarse, estaba amargo, porque parecía que Conway no podía agregarle nada a su vida que la hiciera remotamente más feliz. ¿Para qué endulzar el café si podías tomarlo mientras sabía a remedio radioactivo?
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Bloom
RomanceLuego de verse envuelto en un escándalo en su antigua comisaría, Isidoro pide su traslado a Los Santos, lo más lejos posible de su antigua vida que tanto dolor le trae. Para evitar aún más daño y para proteger la identidad de quien lo ayudó a huir...
