Cuando Isidoro le dijo que quería ir a por un trago, Gustabo se había imaginado un ambiente mucho más depresivo. Tal vez incluso que el peliblanco llorara con el corazón roto ante las palabras que escuchó a Freddy decir.
En realidad, lo pasó fue que, tan pronto ambos llegaron al Malibú, Isidoro llamó a tanta gente como pudo, hombres y mujeres (con una obvia mayoría de mujeres) y los hizo venir a la discoteca.
Música a tope, alcohol que iba y venía, y Gustabo podía jurar que vió al dueño del Malibú pasarle droga a algunos de los que vinieron por Isidoro.
Por su lado, el peliblanco era la persona que más se notaba en todo el lugar. Su risa era más fuerte que la misma música, y personalidad excéntrica se llevaba el foco de atención. No pasaba ni un segundo en el que no tuviera un vaso en la mano y una mujer a cada lado.
Era como si el Isidoro de antes, el que recién había llegado a Los Santos, hubiera regresado. El Isidoro que no sentía por nadie. El que sólo jugaba y tonteaba porque no tenía interés en nada serio.
Gustabo no conocía ni a la mitad de toda esta gente, y se sentía ahogado en medio de la multitud. Sin embargo, cada vez que intentaba irse, Isidoro lo retenía, rogándole que se quedara un rato más. Cualquier otro día, le habría insultado y se habría ido como si nada, pero entendía que todo este comportamiento errático era su forma de lidiar con sus emociones. Isidoro, como gran parte de la población masculina, no estaba acostumbrado a manejar sus sentimientos de manera sana y correcta. En lugar de afrontar las cosas y hablar con Freddy, había decidido perderse en un vaso de alcohol.
Pero aún en medio de todo eso, así como él era el anclaje emocional de Gustabo, Isidoro necesitaba al rubio a su lado. Pedirle a Gustabo que se quedara, apesar de estar más que acompañado, era su manera de decirle que necesitaba su apoyo.
Así que realmente al rubio no le quedó de otra que sentarse y esperar que la fiesta acabara.
***
A eso de las tres de la mañana, por fin el suplicio de Gustabo llega a su fin. Todos los presentes se van a casa, y lo único que queda por hacer es llevar a Isidoro a la mansión.
—Dame las llaves del coche—le dice el rubio.
Isidoro no estaba tan ebrio, realmente. La mayor parte de su noche se la pasó comiéndole el oído a las tías que había invitado, por lo que tomar pasó a segundo plano. Aún así, había suficiente alcohol en su sistema como para que Gustabo decidiera no jugársela con él al volante. Si Isidoro sobrio era un peligro en la carretera, Isidoro ebrio era una granada en las manos de un niño de tres años.
Para su suerte, el peliblanco no objetó, depositando las llaves en las manos del inspector.
Juntos, los dos se dirigen a la puerta de entrada del establecimiento.
Cuando salen, la soledad de la noche los recibe.
Por un momento, ninguno de los dos dice nada. Luego...
—¿No habías dejado el coche aquí?—pregunta Gustabo, aunque él ya sabía la respuesta.
Isidoro suelta una mezcla entre un suspiro y un gruñido de fastidio. Seguido, saca su móvil de uno de sus bolsillos traseros y lo mira por un rato.
—Se lo llevó la grúa. Me llegó la multa por aparcar mal al móvil—dice sin quitar la mirada de la pantalla. El oficial camina hasta una de las paredes externas del Malibú y apoya la espalda allí mientras se desliza hasta quedar en cuclillas.— Mi puta suerte en este puto día de mierda...—Esas últimas palabras son apenas audibles, claramente para él, más que para Gustabo.
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Bloom
RomanceLuego de verse envuelto en un escándalo en su antigua comisaría, Isidoro pide su traslado a Los Santos, lo más lejos posible de su antigua vida que tanto dolor le trae. Para evitar aún más daño y para proteger la identidad de quien lo ayudó a huir...
