Capítulo 54 - Parte 2

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El objeto que Freddy tenía en sus manos era un juguete sexual utilizado para dilatar y estimular la uretra. El diseño de este en específico contaba con pequeñas protuberancias, una detrás de otra, pensadas para dar mayor placer, y terminaba en una pequeña argolla, que era por donde Freddy lo tenía agarrado.

Usar correctamente una sonda para generar placer podía ser difícil, e incluso peligroso, si se hacía por alguien inexperto. Pero si sabías usarlo, era realmente una herramienta para llevar al receptor a un nivel de placer completamente inexplorado.

Y para suerte de Isidoro, Freddy sabía muy bien cómo utilizarlo.

El gallego las había desinfectado y esterilizado hace unos días y estaban listas para ser utilizadas.

Era mejor y más seguro ir de menos a más, especialmente con alguien nuevo en este tipo de juguetes sexuales, por lo que el comisario había elegido la sonda más delgada. Luego, agarra el lubricante, uno que era diferente a los lubricantes comunes, pensado específicamente para este tipo de situaciones, y recubre la superficie de la sonda con él.

Cuando lo acerca a la punta del miembro de Isidoro, el peliblanco balbucea:—Espera, espera, espera—en rápida sucesión.

Freddy se detiene y alza la mirada hasta el rostro nervioso del oficial. Hasta ahora, Isidoro había estado receptivo a todo, y su cara era el reflejo perfecto de la lascivia. Sin embargo, ahora Freddy podía ver la inseguridad en sus ojos, e incluso un poco de miedo. Sus manos se aferran con fuerza a los barrotes de la cama, y Freddy puede jurar que hasta lo nota temblar.

Esto era un castigo, pero Isidoro debía saber que Freddy nunca le haría nada que le fuera a hacer daño. Esa era la condición que siempre se debía cumplir cuando intentabas algo de BDSM: debía existir confianza absoluta de que la persona al mando no haría nada que pusiera en verdadero peligro al receptor.

La sonda era un juguete que a muchos hombres les causa pánico. No era poco común, pero la gran mayoría de personas que lo usaban no sabían cómo hacerlo correctamente, poniendo en riesgo a la persona a la que se lo introducían, y eso le había ganado la mala fama que tiene.

Freddy estaba seguro que Isidoro lo disfrutaría una vez dejara de lado su miedo y nerviosismo. La sonda daba el nivel perfecto de presión y placer, y como impedía la eyaculación, ese placer se multiplicaba y multiplicaba, y cuando se retiraba, te llevaba al orgasmo más placentero que puedas tener jamás. Trucazo quería que Isidoro experimentara eso porque era el juguete perfecto para el castigo que le estaba dando.

La punta de la sonda, fina y ligeramente redondeada, toca el orificio de la uretra. Aun así, Freddy no la introduce.

Mirando fijamente a Isidoro, le pregunta:—¿Confías en mí o no?

Isidoro no lo duda ni por un segundo. No hay forma en que pueda decir que no confía en Freddy. Le confiaría su vida con los ojos cerrados. Y sin duda, le confiaría su placer.

Aunque en su rostro sigue plasmado el nerviosismo, Isidoro asiente y dice:—Sí.

Con cuidado, Freddy empieza a introducir la sonda. Con su otra mano, agarra el miembro de Isidoro, manteniéndolo quieto y estable para no hacerle daño.

Isidoro hace una mueca y suelta un quejido al sentir el objeto entrar en aquel orificio. Lo hizo más que todo por reflejo, porque anticipaba el dolor. Sin embargo, el dolor que había esperado sentir no llega. En su lugar, lo golpea una sensación fuerte, intensa, pero corta, de placer. Su cuerpo tiembla por reflejo y un gemido se escapa de su boca.

El metal estaba frío, al igual que el lubricante, y podía sentir como bajaba la sonda dentro de él. Mientras más se introducía, más grosor tenía el juguete, con sus pequeñas protuberancias creciendo en tamaño. Y cada vez que una de ellas se introducía en su miembro, Isidoro volvía a sentir esa corta y explosiva estimulación que lo hacía temblar.

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