Gustabo abandona su sofá preferido de comisaría y se estira a lo máximo de su capacidad. No era fan de levantarse temprano (cualquier hora antes de las tres de la tarde era temprano para el rubio), pero había prometido que llevaría a Isidoro hasta la mansión. Además, si había una fuerza que lo ayudaba a salir de cama (o del sofá, si éramos técnicos), eso sería el chisme. Y el peliblanco tenía que contarle cómo había salido su plan para confesarle sus sentimientos a Freddy.
Cuando abandona el despacho donde normalmente duerme y empieza a bajar las escaleras, le parece ver algo que le hiela la sangre. Su respiración se vuelve más trabajada y por un momento se ve incapaz de dar un paso más.
Parpadea rápidamente, tratando de aclarar su mente. Inhala profunda y pausadamente, tratando de calmar su respiración.
Cuando vuelve a mirar, ya no había nada.
Levemente confundido, termina de bajar las escaleras. En recepción, mirando unos papeles, estaba Noah.
—Buenos días, García—saluda el castaño, mirándolo de reojo—. ¿Estás bien? Te veo algo pálido.
Gustabo asiente, aunque no del todo seguro.
—Me pareció ver a Conway—comenta de la forma más casual que puede.
—Ah, sí—responde Noah, volviendo a centrarse en su papeles—. Se acaba de ir.
Tragando saliva para tratar de pasar el nudo que se empezaba a formar en su garganta, pregunta:—¿Ya va a volver a trabajar?
—Pues él dice que no, que aún está ocupado con temas personales. Vino a buscar algo de su oficina.
Dejando salir un suspiro, se lleva una mano a la cabeza, donde ya empezaba a notar las señales de que una migraña aparecería más temprano que tarde.
No era que le tuviera miedo a Jack Conway; no era ese el sentimiento. Era...¿trauma? ¿Aprehensión? Había pasado por muchos malos ratos a mano del superintendente, y no podía evitar que su cuerpo entero se pusiera alerta a su alrededor. Habían pasado meses desde que la última vez que vió a Conway, y hasta había llegado a olvidarse de su existencia—especialmente con todo lo que pasaba con Isidoro. Por eso lo tomó tan de sorpresa el verlo.
—Vale. Voy a buscar a Isidoro. Lo tengo que llevar a su casa.
Noah se gira para ver al rubio. Bajando un poco la voz, le pregunta:—¿Sabes algo de lo de la confesión?
Gustabo negó con la cabeza. —Me dijo que le diría hoy, antes de que Freddy viniera a trabajar.
Como si lo hubieran invocado, Trucazo aparece justo en ese momento por la entrada de comisaría.
El rubio lo señala con la cabeza, y Noah sigue la dirección de su mirada.
—Hablando del demonio—murmura el castaño.
Freddy parece distraído, absorto en sus propios pensamientos. Tanto así que no se da cuenta de los dos policías que lo observan fijamente sino hasta que los tiene enfrente.
—¿Qué tal, Freddy?—saluda Gustabo, haciendo su mejor esfuerzo de actuar como si nada hubiera pasado.
—¿Qué pasa, pavo?—responde el pelinegro, llevando una mano hasta su rostro y frotando sus ojos con fuerza.
—¿Y esa cara?—pregunta Noah.
—¿Qué cara?—gruñe Trucazo.
—Cara de que te rechazaron—le dice Gustabo.
Entrecerrando los ojos, el gallego mira al rubio con sospecha. En respuesta, Gustabo simplemente sonríe, el retrato perfecto de la inocencia. Obviamente, Freddy no caería en tal mentira.
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Bloom
RomanceLuego de verse envuelto en un escándalo en su antigua comisaría, Isidoro pide su traslado a Los Santos, lo más lejos posible de su antigua vida que tanto dolor le trae. Para evitar aún más daño y para proteger la identidad de quien lo ayudó a huir...
