El susurro del sello
Alice.
El collar pesaba más de lo que parecía, y no precisamente por el metal.
Era otro tipo de peso, uno que no se mide: una presión antigua hundida en la clavícula, como si el sello quisiera abrirse camino hasta el hueso. La noche anterior intenté quitármelo otra vez. Lo solté con rabia, lo dejé sobre la mesa, lo empujé bajo la cama, lo encerré en el cajón con la Biblia vieja que alguien olvidó en Delta Gamma. Cuando el sueño me venció —no supe en qué momento—, juré que amanecería libre. Desperté con el frío de la piedra encajada, exacta, en su lugar. Había vuelto a mi cuello como un animal que conoce su jaula.
Parpadeé hacia el techo. En la habitación flotaba ese olor a suavizante barato, café reseco y esmalte de uñas. Elif ya se había levantado: su cama estaba tendida a medias, la sudadera colgaba del respaldo de la silla, su perfume quedaba en el aire como una línea subrayando la mañana.
—¿Bajas o te mando comida como a un gato? —golpeó la puerta con los nudillos.
Rodé los ojos y sonreí sola. Lo decía siempre que me encerraba demasiado: era nuestra broma interna desde la primera semana en la fraternidad. Su forma de decir "respira, come, vuelve".
—Voy —respondí, con la voz aún dormida.
Me senté despacio. Pasé los dedos por el sello. No estaba frío. Palpitaba, apenas. Como si tuviera su propio pulso, distinto al mío. Lo cubrí con la camiseta, respiré hondo y abrí.
⸻
Abajo, Delta Gamma sonaba a casa: risas, platos, una tostadora que se quejaba a intervalos, el ventilador de la cocina cansándose del vapor. Cameron estaba de pie sobre una silla arreglando —otra vez— las luces que nunca terminamos de quitar en diciembre; Eric defendía con argumentos pseudocientíficos la tesis de que el café de filtro "sabe mejor porque sí"; Liam sostenía una sartén como si fuera una reliquia; y Nathan bebía agua junto a la ventana, ausente y presente a la vez, con su modo de mirar que nunca sé si es timidez o cálculo.
—¡Eh! —Eric alzó su taza como si brindara—. La durmiente despierta.
—Las luces siguen chuecas —gruñó Cameron desde la silla, con un cable enredado en la muñeca—. Si no me muero hoy, es milagro.
—Milagro sería que limpiaran la mesa antes de poner más pan —Elif se me unió con una bandeja en la mano—. Siéntate, ya te sirvo.
Me dejé caer en la silla. El ruido me abrazó. Tenía algo de escudo. Entre las migas y la pelea por la última mermelada, el mundo se hacía pequeño, manejable. Quise creer que podía quedarme aquí, atornillada a la rutina.
El sello ardió un latido.
Apreté los dedos contra el borde de la mesa. No ahora. Reí del chiste de Eric, inventé una mueca para Cameron, asentí a algo que dijo Liam sobre el comedor del campus. Comí bocados chicos. El pan tenía sabor a nada y, aun así, me ancló. Elif notó el gesto con esa mirada suya que ve entre líneas, pero no preguntó. En vez de eso, empujó hacia mí una naranja pelada y cambió de tema con una facilidad quirúrgica: horarios, un profesor nuevo con fama de ogro, una expo que querían ver en la galería de arte.
—Ah, y no olviden que hoy la administración hace la bienvenida en el auditorio —anunció Cameron desde lo alto, triunfal—. Dos horas de discursos que nadie quiere oír.
—Traducción: vayan con café —dijo Liam.
—Traducción de la traducción: vayan —remató Elif, mirándome de lado.
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ERES MIA
VampireUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
