Capitulo |51•|

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Lo que late no es mío
Alice

No recuerdo en qué momento cerré los ojos. El murmullo de la sala común —risas, cajas de pizza abiertas sobre la mesa baja, un videojuego de fondo— se volvió un arrullo extraño, como si la vida siguiera girando sin mí. Me hundí en el sofá y lo siguiente que supe fue que estaba abriendo los ojos de nuevo.

La televisión parpadeaba en silencio. Las cajas ya no estaban. El aire olía húmedo, a tierra recién abierta.

No era la sala.

El suelo bajo mis pies era blando, tapizado de hojas. La niebla corría entre troncos altísimos que se encorvaban, como si quisieran escuchar mi respiración. El sello en mi clavícula ardió, un latido que no era mío.

—No —susurré, llevándome la mano al cuello—. Esto no es real.

—Claro que lo es.
La voz no venía de fuera. Brotaban desde mi propio hueso, como si mi pecho hablara.

La niebla se abrió y apareció ella. No era un espejo: era la versión que me desmentía. Mis rasgos, elevados a una belleza imposible y peligrosa. Su cabello no era negro: era plateado, con destellos dorados bajo la niebla, como filamentos de luz atrapados en agua oscura. La piel, tan pálida que parecía esculpida. Los ojos... demasiado antiguos.

—Rosalie.

Una comisura suya se curvó, sin alegría.

—"¿Dónde estabas cuando las estrellas de la mañana cantaban juntas?" —dijo, con voz de versículo que quema—. Yo sí estaba, Alice. Antes de tus padres. Antes de tu nombre. Antes de este envase.

—No soy un envase.

—Eres el recipiente que me robaron— replicó, avanzando con calma—. Mientras tú olvidas, yo recuerdo. Fui luz antes de caer. Caí por amor y por orgullo, como los Vigilantes que envidiaron la carne. Y aun caída, soy más de lo que tus huesos soportan.

—No te quiero en mí.

—No necesitas quererme.
Se tocó su propia clavícula. El sello de Salomón te marca, lo sientes latiendo. No es un dije bonito, Alice. Es llave y cerrojo. Somete demonios si se blande con autoridad... o te fracciona si dudas. Y tú... dudas.

El bosque respiró conmigo; sentí la humedad pegarse a la garganta.

—Aaron te quiere a ti, no a mí —logré decir—. Williams también. Dominic...

—Dominic es un niño con colmillos— dijo, y se rió con una ironía antigua—. Cree que puede salvar trozos de un alma humana mientras el tablero arde. Aaron me quiere porque no miente cuando desea. Él no quiere "portadoras", quiere a su igual. Y Williams... Williams quiere un arma. Abrirá tu pecho si hace falta, si con eso logra atarme a su sombra.

—No voy a dejar que me borres.

Rosalie se inclinó apenas, tan cerca que la luz de su cabello me hizo cerrar los ojos. —No habrá cuarto camino.
Su voz se volvió íntima, cruel: —Cuando despierte del todo, no habrá Alice. "Polvo eres y al polvo volverás" es un lujo de los humanos. Nosotras no nos deshacemos. Absorbo, asimilo, ordeno. Y el mundo obedece.

Quise dar un paso atrás... y la sala común me mordió los tobillos.

Me desperté sobresaltada. No estaba en la sala común donde me había quedado dormida, sino en mi habitación. La manta ligera cubría mis piernas y, por un instante, creí que todo había sido un espejismo.

—Te quedaste frita en el sofá —explicó Elif desde el otro lado de la habitación, con el celular en la mano—. Cameron y Erick te subieron. No iban a dejarte ahí abajo con la fiesta armándose.

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