Llegamos.
La voz de Aaron fue un susurro firme que resonó en mi oído cuando me retiró la venda de los ojos. Todo era cierto: habíamos llegado a la fraternidad. El frío de la noche se colaba por las ventanas, y el murmullo distante de la ciudad me daba una sensación extraña, como si un mundo oculto estuviera a punto de abrirse ante mí.
—Muchas gracias —respondí, bajando del auto con pasos vacilantes.
—Si necesitas algo, solo llama —dijo Aaron, entregándome un papel con un número escrito con tinta negra.
Le devolví una sonrisa sincera, aunque el nerviosismo me atenazaba el pecho. Caminé hacia la entrada, sintiendo el peso de todas las miradas sobre mí.
—¡Alice! —gritaron al unísono.
Un escalofrío recorrió mi espalda cuando Liam se acercó, sus palabras casi un susurro áspero en mi oído:
—Pensé que estabas muerta. Juro que mataría a cualquiera que te hiciera daño.
Le devolví una sonrisa débil y busqué con la mirada a Elif, pero no pude encontrarla.
—¿Y Elif? —pregunté.
El silencio que siguió fue tan incómodo que casi lo pude tocar. Finalmente, Liam rompió el mutismo con voz baja:
—Quedó viva después de recibir la bala. Milagrosamente no le pasó nada. Ahora está buscándote por toda la ciudad.
Los demás fulminaron a Liam con la mirada, y él solo se encogió de hombros:
—¿Qué? Pensé que todos estábamos de acuerdo.
Sin decir más, me dirigí a mi habitación. El cansancio era insoportable. Quería perderme en el silencio, en el sueño que me había sido arrebatado por la balacera.
Al entrar, tomé una toalla y me dirigí al baño para una ducha que prometía ser un pequeño refugio. Después, me puse el pijama y caí sobre la cama, hundiéndome en su comodidad. Nunca había estado tan exhausta.
Pero justo cuando empezaba a ceder al sueño, un ruido me sobresaltó. Me di vuelta y allí estaba Dominic, de pie junto a la ventana, con esa mirada intensa que parecía atravesarme.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, con el corazón golpeando contra mis costillas.
—Solo quería ver cómo estabas —respondió, con voz baja y cargada de una extraña mezcla de ternura y deseo.
—¿Cómo entraste? —pregunté, desconcertada.
Él se acercó, y sus ojos comenzaron a brillar con un rojo intenso. Unos colmillos afilados asomaron, y antes de que pudiera reaccionar, me levantó del suelo, haciendo que mis piernas se enredaran en su cintura.
—Alice, me estás volviendo loco —susurró contra mi oído, dejando una estela de besos hasta mi cuello.
—Dominic... D-detente —logré balbucear.
—No puedo —replicó, con una fuerza que me dejó sin aliento.
Me presionó contra la pared con tal intensidad que un dolor agudo me hizo arquear la espalda.
—¡Basta! —grité—. Me estás haciendo daño.
—Alice, eres mía —susurró, obligándome a mirarlo a los ojos.
Sus labios se encontraron con los míos, y aunque mi resistencia fue férrea al principio, terminé cediendo a ese beso voraz y cargado de tormento.
—Dime que eres mía —repitió, susurrando—. Dímelo.
Me mordió el labio, su lengua rozó la sangre que había dejado la pequeña herida.
—Soy tuya —pronuncié al fin, sin comprender todavía el peso de esas palabras.
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Desperté con una voz distante llamándome.
—Alice, despierta... Alice...
—Déjame un rato más —murmuré, aferrándome al sueño.
—¡Alice! —gritó, más cerca esta vez.
Abrí los ojos lentamente y vi a Elif a mi lado. La abracé sin poder evitar que una sonrisa se escapara.
—¿Sigues de resaca? —bromeó ella, con su voz dulce y reconfortante.
—¿Y tu herida? —pregunté, alarmada.
Su piel estaba intacta, como si la bala nunca la hubiera rozado.
—¿Herida? ¿De qué hablas? —me miró, confundida—. ¿No recuerdas lo que pasó ayer?
Negué con la cabeza. Ella se rió con ternura.
—Creo que la que no recuerda eres tú. Anoche bebiste hasta quedar inconsciente.
—Pero hubo una balacera —bufé, negando con la cabeza—. No puede ser solo un sueño.
—Alice —susurró con paciencia—. Fue solo una pesadilla. Nada de eso pasó.
—¿Entonces nunca me secuestraron? —pregunté, sintiendo cómo se desmoronaba mi realidad.
—No, y cámbiate que vamos a salir —dijo, arrastrándome suavemente.
Asentí, aunque la duda me mordía el alma. Algo en su mirada no encajaba, pero me negaba a pensar que me estuviera mintiendo.
Entré al baño, intenté ordenar mis pensamientos bajo el agua tibia, pero la confusión seguía allí, más profunda que nunca.
Al salir, envuelta en la toalla, sentí una voz a mis espaldas, un murmullo que me heló la sangre.
—Williams sabía que esto pasaría.
Me giré de golpe, buscando el origen, pero no había nadie. Solo el vacío de mi habitación.
—Están jugando con tu mente, Alice —la voz volvió, clara, irresistible.
Me quedé paralizada, sin encontrar dónde se ocultaba aquel fantasma.
—Nada de esto es normal —susurré, casi para mí misma.
Y entonces, apareció. Esos ojos azules que parecían atravesar mi alma.
—¿Aaron? —pregunté, desconcertada.
—Apenas nos vimos ayer y ya no me recuerdas —sonrió, con ese encanto imposible de ignorar.
—Pero tú no eres real —murmuré.
—Eso es lo que quieren que pienses.
—¿Por qué Elif no tiene ninguna herida? —pregunté, desesperada.
—Están jugando con tu mente. Recuerda, nada es lo que parece —dijo antes de desvanecerse como humo.
—¡Alice! —gritó Elif desde abajo—. ¿Por qué tardas tanto?
—Creo que prefiero quedarme en casa. No me siento bien —respondí con voz temblorosa.
—Está bien. Cualquier cosa, llama —dijo ella y se fue.
Aaron volvió a aparecer, su sonrisa ladeada y mirada intensa.
—Tienes que tener mucho cuidado —advirtió.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo que mi mundo se desmoronaba.
—¿Aún piensas que tu mente puede crear algo tan sexy como yo? —bromeó.
—¿Cómo haces eso? —le pregunté, desconcertada.
—Hago que parezca así.
—Leíste mi mente hace un rato —acusé.
—Es normal. Sé lo que estás pensando y te observo sin que te des cuenta —dijo con una sonrisa pícara.
—¿Qué? —sentí un escalofrío.
—No te preocupes, respeto tu privacidad —aseguró.
—¿Y qué eres? —insistí, temiendo la respuesta.
—Para tu tranquilidad, no soy un vampiro. Digamos que soy tu ángel de la guarda.
—¿Un ángel? —cuestioné.
—No, un ángel no puede ser tan sexy —rió—. Soy un demonio.
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ERES MIA
VampirosUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
