Entre el ruido y las sombras
Alice
El cuarto estaba demasiado silencioso para lo que era una casa con más de diez chicos viviendo dentro. Me había quedado encerrada gran parte del día, entre mis propios pensamientos, el collar pesando sobre mi cuello como si tuviera vida propia, y la conversación con Dominic repitiéndose en bucle en mi cabeza.
Unos golpes suaves interrumpieron mi aislamiento.
—¿Vas a bajar o quieres que te pase la comida por debajo de la puerta como a un gato? —preguntó Elif, asomando la cabeza. Llevaba un moño torcido, un buzo enorme que parecía más una manta y los ojos muy atentos, como si supiera que estaba a punto de inventar cualquier excusa para quedarme ahí.
—Ya voy... —respondí, aunque lo último que quería era enfrentar el ruido del resto.
Suspiré, me até el cabello de cualquier manera y la seguí escaleras abajo.
El caos habitual me golpeó en cuanto pisé la sala: música encendida, platos de pizza esparcidos, olor a gaseosa y frituras mezclándose con el perfume barato de alguno de los chicos.
—¡Mira quién se dignó a salir de la cueva! —bromeó Erick, levantando un trozo de pizza como si brindara conmigo.
—Pensé que te habías fugado de nuevo —añadió Nathan, tirando un cojín al aire y atrapándolo después con un movimiento exagerado.
—¿Qué hay con esa cara? —me preguntó Erick, ya destapando una gaseosa y haciendo equilibrio con el plato en la otra mano.
—Nada... —mentí, encogiéndome de hombros.
—¿Nada? —bufó Nathan—. Pues, prepárate, porque mañana arranca el semestre.
—¿Mañana? —pregunté, más sorprendida de lo que quería mostrar.
—Obvio —dijo Cameron desde el sofá, con la laptop en las piernas—. Y si no lo sabías, felicidades: ahora lo sabes.
—Relájate —añadió Liam desde la escalera, con una bolsa de papas—. Igual las primeras clases son puro bla, bla, bla. Pero toca aparecerse, si no van a pensar que Delta Gamma se volvió un centro de exorcismos.
Las carcajadas explotaron, y yo forcé una sonrisa. No podían imaginar lo cerca que estaban de acertar con el chiste.
Elif me dio un empujón amistoso hacia el sillón.
—Vamos, no tienes excusa. Si yo voy a madrugar, tú también.
No respondí. Sabía que tenía razón. Aunque todo en mi vida estuviera patas arriba —el collar, Jasper, Dominic, Aaron, mis padres—, la universidad seguía ahí. La fachada debía mantenerse.
⸻
La mañana siguiente, los pasillos estaban llenos de mochilas nuevas, cuadernos relucientes y ese olor a café barato que solo existe en el primer día de clases. Caminé entre la multitud con Elif a mi lado, fingiendo normalidad, como si no llevara colgando del cuello un objeto capaz de cambiarlo todo.
Nos acomodamos en un salón amplio, con pupitres en fila y el murmullo colectivo de estudiantes que se reencontraban después de las vacaciones. Traté de concentrarme en respirar, en ignorar el peso del collar, en no pensar en la ausencia de Jasper ni en la mirada dorada de Aaron.
El profesor entró arrastrando un maletín que parecía pesar más que él. Dejó un montón de carpetas sobre el escritorio y se aclaró la garganta.
—Buenos días a todos. Antes de comenzar con el programa, quiero presentarles a un nuevo integrante del curso. Este semestre contaremos con un estudiante de intercambio, así que espero que lo reciban como corresponde.
Se hizo a un lado. Y entonces lo vi.
Un chico de estatura media, cabello oscuro peinado con descuido calculado, y una sonrisa tranquila que parecía ensayada frente al espejo.
—Él es Elias —continuó el profesor—. Viene de una universidad en Europa y estará con nosotros este semestre.
Los murmullos no se hicieron esperar. Unas chicas en la fila de adelante ya cuchicheaban entre ellas, evaluándolo como si fuera un modelo recién salido de una revista.
Él, en cambio, no parecía incómodo. Sus pasos fueron seguros hasta el asiento vacío junto al mío.
—¿Puedo? —preguntó, señalando la silla.
Asentí sin pensar demasiado.
Se sentó, dejó la mochila en el suelo y me sonrió como si me conociera desde siempre.
—Alice, ¿verdad? —dijo, bajando la voz para que el profesor no lo notara.
Me giré lentamente hacia él, confundida.
—Sí... ¿cómo lo sabes?
Su sonrisa se ensanchó apenas, con un brillo extraño en los ojos.
—Digamos que soy bueno recordando nombres.
Tragué saliva. No había nada abiertamente raro en él. Pero esa familiaridad repentina, esa calma que transmitía en medio de mi tormenta interna... me puso la piel de gallina.
El profesor empezó a hablar del temario del semestre, pero mis pensamientos ya no estaban en las materias. Estaban en el chico que acababa de sentarse a mi lado.
Elias.
Un extraño que parecía entenderme demasiado rápido.
Y mientras yo trataba de concentrarme en el pizarrón, esa sonrisa suya seguía clavada en mí, como un recordatorio silencioso de que nada, absolutamente nada, era casualidad.
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ERES MIA
VampireUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
