Capitulo |28•|

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Alice

La lluvia golpeó la ventana.

No respondí de inmediato. La frase quedó suspendida entre nosotros, como algo vivo. Algo que seguía creciendo incluso después de haber sido pronunciado.

Más difícil será seguir siendo quien eres.

Mi estómago se contrajo.

—¿Qué se supone que significa eso?

Aaron no respondió. Continuó observando la herida, como si yo hubiera dejado de ser la parte más importante de la habitación.

Aquello me irritó.

—Aaron.

Nada.

—Te estoy hablando.

La sombra de una sonrisa apareció en su rostro. Pequeña. Molesta. Como si estuviera disfrutando exactamente el nivel de frustración que intentaba provocarme.

—Lo sé.

—Entonces respóndeme.

Aaron levantó finalmente la vista. La lluvia resbalaba detrás de él por el cristal. Por un instante tuve la absurda sensación de que la ciudad entera se encontraba muchísimo más lejos de lo que debería.

—¿Qué quieres que responda?

Lo miré incrédula.

—¿En serio?

—Sí.

Su voz era tranquila. Demasiado tranquila.

—Haz la pregunta correcta.

Solté una risa seca.

—¿La pregunta correcta?

—Los humanos suelen hacer preguntas equivocadas cuando tienen miedo.

Mi paciencia terminó de romperse.

—Estoy cansada de esto.

Aaron arqueó apenas una ceja.

—¿De qué exactamente?

—De todos ustedes.

La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.

—Dominic. Williams. Las llamadas. Los sueños. Rosalie.

Mi propia voz comenzó a endurecerse.

—Todo el mundo parece saber algo sobre mí menos yo.

Aaron permaneció inmóvil. Observándome. Evaluándome. Como si acabara de escuchar algo interesante.

Y aquello me hizo sentir peor.

—¿Sabes qué es lo más irritante? —continué—. Que ninguno de ustedes parece sorprendido.

Dominic no se sorprendió.

Tú no te sorprendes.

Nadie se sorprende.

Como si todos hubieran estado esperando que esto ocurriera.

La sonrisa desapareció lentamente.

Aaron caminó hacia la ventana. Miró la lluvia. Las luces lejanas de Nueva York. La oscuridad.

—Tal vez porque algunas historias tardan mucho tiempo en terminar.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—No sé qué significa eso.

—Lo sé.

Su voz fue suave. Demasiado suave.

—Ese es precisamente el problema.

La marca ardió.

No como una herida.

Como una respuesta.

Me llevé una mano al cuello. El dolor atravesó mi cabeza. Después llegó otro. Más fuerte. Más profundo.

Las sombras de la habitación parecieron alargarse.

La lluvia desapareció durante un segundo.

O quizá fui yo quien dejó de escucharla.

Aaron giró lentamente hacia mí.

Y por primera vez desde que había llegado a Nueva York vi algo distinto en sus ojos.

No preocupación.

No miedo.

Reconocimiento.

Como si acabara de confirmar algo.

—Interesante.

—Deja de decir eso.

La sonrisa regresó. Pequeña. Cruel. Paciente.

—No.

Porque lo es.

El dolor aumentó.

La habitación comenzó a inclinarse. Tuve que sujetarme del borde de la cama.

Sentí náuseas.

Frío.

Después calor.

Después ambas cosas al mismo tiempo.

Aaron se acercó despacio, sin prisa, como quien observa una cerradura antigua comenzar a girar por sí sola.

—Dime una cosa, Alice.

Su voz descendió.

Hipnótica.

Peligrosa.

—Cuando soñaste en el avión...

Mi respiración se cortó.

—¿Qué fue lo primero que viste?

Abrí la boca para responder.

Pero el dolor explotó antes.

La marca ardió con tanta fuerza que sentí algo romperse detrás de mis ojos.

No una imagen.

No un recuerdo.

Una puerta.

Y comprendí, con un terror imposible de explicar, que el verdadero problema nunca había sido recordar.

El verdadero problema era que algo dentro de mí estaba empezando a despertar antes que yo.

ERES MIA  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora