Capitulo |28•|

12.1K 920 39
                                        

La cicatriz del cielo

—¿Qué pasa?

La voz me sale quebrada. Aaron parece dudar. La tensión se cuela por cada rincón de la habitación. El ardor en mi cuello aumenta, el dolor de cabeza se intensifica y las náuseas me hacen pensar lo impensable.

—Tengo que revisarte esa herida —dice él al fin, con tono bajo.

Se levanta y saca de su abrigo un pequeño frasco, diferente al anterior. El líquido que contiene se mueve con espesor, brillante como rubí derretido.

—¿Eso qué es?

—Sangre —responde con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo. Sonríe, casi con tristeza—. Sabes... esto parece un maldito déjà vu.

—¿A qué te refieres?

No responde. Se sienta a mi lado y vierte un poco del contenido sobre mi cuello. La herida arde al contacto, como si las venas reconocieran el líquido. Presiona un pañuelo contra la piel, y yo, por puro instinto, me apoyo en su pecho. Me envuelve con un brazo, sus labios rozan mi frente, y me susurra palabras que no logro entender del todo. Hay una extraña paz en el caos.

Pero también siento que estoy reviviendo algo.

Entonces, cierro los ojos...

...y el tiempo se desgarra.

◆◇◆

"En el principio creó Dios los cielos y la tierra."

Antes de que el mundo tuviera nombre...
Antes de que la tierra se secara tras el diluvio primigenio...
Antes de los hombres...
Existíamos nosotros.

Los hijos de la aurora.
Los primeros en alzar el vuelo.

El cielo era hogar. Y Dios, un artista satisfecho.
Pero entre nosotros, uno brillaba más que los demás.

Luzbel.

El Portador de la Luz.
El más hermoso de todos los ángeles.
Aquel cuya sola presencia hacía temblar el firmamento de gozo.

Era el favorito. El más amado.
Y fue el primero en caer.

"Tú dijiste en tu corazón: subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono... y seré semejante al Altísimo."

El Cielo no fue suficiente.
Él quería el libre albedrío de los hombres.
Quería amar a quien eligiera, crear como el Creador... y yo, Rosalie, fui su mayor pecado.

Bajaba cada noche a la tierra, rompiendo las reglas solo para verlo.
Aaron me esperaba junto al lago sin nombre, donde la luna nos arropaba con su luz plateada. Allí, entre el murmullo del agua, me hablaba de libertad.

—Ellos pueden elegir, Rosalie —me decía, acariciando mis alas—. Tú y yo no.

—¿Y qué harías tú con esa libertad?

—Amarte —respondía sin dudar—. Amarte sin tener que esconderme de Dios.

Nuestro amor era un secreto maldito.
Y, como toda herejía hermosa, no duró.

Una noche, mientras Aaron y yo tejíamos sueños entre los árboles, Greta descendió desde lo alto, aterrada.

—El Creador lo sabe. Benjamin viene en camino.

Corrimos.
Pero el Cielo no olvida, y sus ángeles no perdonan.

Benjamin me alcanzó.
Cortó mis alas con su espada dorada.
Me arrojó al suelo como a una estrella caída.

Aaron luchó por mí.
Gritó mi nombre hasta que su voz fue absorbida por los coros celestiales.

Yo... solo pude mirar mientras su luz se apagaba entre los árboles.

Y entonces, la condena.

—Rosalie, tú que has conocido el amor prohibido... tú que has desobedecido por pasión... serás desterrada a vivir entre los hombres, una y otra vez, hasta que elijas entre el cielo y el abismo —dijo Miguel, la voz del juicio eterno.

◆◇◆

Abro los ojos de golpe y trato de tranquilizarme. Otra vez he tenido esos sueños. Algo está mal conmigo... y temo que, cuando recuerde por completo la vida de Rosalie, la mía desaparezca.

Me levanto de la cama, notando que Aaron ya no está. Estoy a punto de bajar a la sala cuando una hoja doblada sobre la mesita de noche llama mi atención.

La abro con manos temblorosas.

Querida Alice:

Bienvenida a casa.

Lamentamos no estar allí para darte la bienvenida personalmente.

Hemos notado que no has cumplido las instrucciones al pie de la letra, pero como somos comprensivos, te daremos una nueva oportunidad.

Te esperamos en el lago.

P.D.: Fuiste allí con tus padres cuando eras niña.

Le doy la vuelta a la hoja.

3:00 p.m.

Miro el reloj. Me quedan menos de dos horas.

No me sorprende que sepan que estoy aquí. Las cámaras en la casa, los susurros de Aaron, el frío punzante de su advertencia: todo era parte del mismo juego.

No lo pienso demasiado. Me cambio de ropa rápidamente, coloco el papel en el bolsillo de mi abrigo y salgo de la casa.

La calle está silenciosa. La nieve cruje bajo mis botas mientras avanzo hacia la avenida principal. El frío me corta el rostro, pero ni eso logra calmar la agitación en mi pecho.

Levanto la mano y detengo un taxi.

—¿A dónde, señorita? —pregunta el conductor sin mirarme.

—Al lago Cumberland —respondo, recordando vagamente ese nombre de una excursión familiar, años atrás.

Durante el trayecto, mis pensamientos no dejan de girar como hojas en tormenta. Las voces en mi cabeza susurran advertencias en lenguas que no reconozco, pero que, de alguna forma, entiendo.

No sé qué me espera allí.

Pero si tengo que morir para salvar a las personas que amo, lo haré sin pensarlo dos veces.

ERES MIA  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora