Sombras que despiertan
Alice
No sé cuánto tiempo había dormido, si es que en verdad dormí.
Desperté de golpe, como si alguien hubiera metido las manos en mi pecho y me hubiera arrancado el aire. El corazón martillaba en mi garganta, y la piel del cuello ardía, un fuego invisible justo donde siempre he sentido esa herida que nunca termina de cerrar.
Me senté en la cama jadeando. Elif seguía dormida, envuelta en las sábanas, ajena a la tormenta que me atravesaba. El silencio de la fraternidad pesaba distinto: no era el ruido habitual que se apagaba de madrugada, era un silencio nuevo, cargado, eléctrico.
Miré hacia la mesita. El collar estaba allí.
Inmóvil.
Pero no.
La superficie brillaba con un resplandor sordo, como si la plata respirara. Cuando extendí la mano para tocarlo, un escalofrío me recorrió el brazo entero. Era como si algo dentro del metal se removiera, inquieto, llamándome.
—Jasper... —susurré sin pensarlo.
El nombre me salió solo, como un reflejo. Y en cuanto lo dije, un dolor punzante me partió la sien. Caí de rodillas en la alfombra, llevándome las manos a la cabeza. No era solo dolor físico: eran recuerdos que no eran míos, emociones que me atravesaban como un relámpago.
Un eco de cansancio insoportable.
Un temblor en las manos.
El sabor metálico de la sangre.
Todo de golpe.
Y entonces lo entendí.
Él estaba haciendo algo.
Algo que lo estaba destruyendo.
Las lágrimas me ardieron en los ojos. No sabía cómo lo sabía, pero lo sabía. Jasper estaba entregándose a algo que yo no podía detener.
El collar vibró contra la mesa.
Un sonido apenas audible, como un murmullo ahogado. Acerqué los dedos, temblorosa, y al rozarlo sentí que no estaba sola en la habitación.
—Siempre supe que llegaría este momento...
La voz no era mía.
No era de Jasper.
Era de ella.
Rosalie.
El reflejo en el espejo me devolvió un rostro que era el mío, pero no lo era. Cabello más oscuro, ojos más antiguos, labios que sonreían con ironía.
—¿Qué hiciste? —pregunté, con la voz quebrada, aunque sabía que no era ella quien respondía, sino algo dentro de mí que empezaba a abrirse paso.
—Nada aún —dijo Rosalie, su voz sonando como un eco dentro de mi cráneo—. Pero cada sacrificio acelera el reloj. Y él... —su sonrisa se ensombreció— él acaba de ofrecer más de lo que entiende.
Tragué saliva, con la garganta cerrada.
—¿Jasper?
—El lobo cree que la eternidad se compra con sangre —respondió Rosalie, girando lentamente la cabeza en el espejo, aunque yo no me movía—. No entiende que la eternidad es mía, no suya.
El collar ardió. Tuve que soltarlo. El metal cayó sobre la mesa con un sonido hueco que retumbó demasiado fuerte para un objeto tan pequeño.
—No... no te voy a dejar —dije, apretando los dientes—. No vas a quedarte con lo que soy.
Rosalie rio, y el espejo se empañó como si respirara.
—¿Dejarme? Alice... no entiendes nada. Yo no tengo que luchar por quedarme. Eres tú la que está desapareciendo.
El dolor en mi cuello se intensificó. Tuve que apoyarme contra la pared para no caer. Por un instante creí ver mi piel agrietarse, como si la carne misma quisiera abrirse desde dentro.
Parpadeé. El reflejo se desvaneció. El cuarto volvió a ser solo mi cuarto. El collar, quieto otra vez, como si nada hubiera pasado.
Pero lo había sentido.
Y sabía que era real.
Me abracé los brazos, temblando, con la certeza clavada en los huesos:
Algo en Jasper se había roto.
Y con su sacrificio, Rosalie se estaba acercando más que nunca.
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ERES MIA
VampirosUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
