El eco del pacto
¿?
El silencio de la sala subterránea era más pesado que cualquier palabra.
Las paredes, talladas en piedra oscura, brillaban apenas con runas encendidas que se alimentaban de algo más que fuego: era fe corrompida, era miedo convertido en símbolo. Allí, entre sombras y ecos, la historia de Alice se ataba a un desenlace inevitable.
Me incliné sobre la mesa donde reposaba el frasco con la sangre de Jasper. La gota había coagulado en un rojo espeso, casi negro, como si no perteneciera al mundo de los vivos. Era suficiente. Con ella, se abrirían puertas que ningún ángel debería haber permitido.
Los hombres esperaban en silencio, sus rostros cubiertos por máscaras metálicas con forma de bestias. No hablaban. No se movían. Solo obedecían. Cada uno sabía que esta sangre no era un simple líquido: era la llave de un ritual perdido, el mismo que en los textos prohibidos se describía como ligamen animarum, el lazo de las almas.
Recordé los manuscritos de Henoc, los versos donde los Vigilantes juraron amar a las hijas de los hombres. Todos esos pactos terminaron en ruina. Y, sin embargo, los humanos siguen creyendo que el amor puede negociar con la eternidad.
Jasper fue el ejemplo perfecto. No entregó la gota de sangre por fe ni por poder. Lo hizo por desesperación, convencido de que esa cadena invisible lo mantendría unido a Alice cuando el cuerpo se marchitara y el polvo reclamara lo suyo. Y yo... yo lo dejé creerlo. Porque la obediencia siempre llega: tarde o temprano, los fuertes se arrodillan.
Me acerqué a la bóveda del fondo. El sello brillaba en el suelo: un hexagrama unido a un nudo vikingo, rodeado de círculos de sal y ceniza. Detrás de ese sello, atrapados entre planos, estaban los padres de Alice. Ni vivos. Ni muertos. Suspendidos como marionetas en un teatro que no era suyo.
Williams los había colocado allí, pero ahora el tiempo jugaba a nuestro favor. La sangre de su hija —o mejor dicho, la de aquellos que la amaban— sería el precio final para liberarlos... o condenarlos.
Sonreí.
Cada pieza del tablero estaba en su sitio.
El collar ya reposaba en el cuello de la heredera. Jasper se consumía con rapidez, entregando su último acto de lealtad. Y Alice... Alice aún no comprendía que todas sus decisiones la llevaban directo al mismo altar.
Extendí la mano sobre el sello. Las runas vibraron como un coro apagado. El aire se volvió espeso, cargado de presencias invisibles. Los padres de Alice se agitaron al otro lado, como sombras golpeando un vidrio.
Pronto —susurré, dejando que el eco me devolviera mis propias palabras—. Alice vendrá por ellos. Y cuando lo haga... ya no habrá vuelta atrás.
Alice
El bullicio del comedor se sentía lejano, como si no perteneciera del todo a esa casa. Nathan contaba algo ridículo con gestos exagerados, Liam se reía con la boca llena de cereal, y Erick discutía con Elif sobre quién iba a limpiar la cocina. Era la misma escena de siempre. Caótica, absurda... normal.
Yo apenas probé el café. Amargo, frío demasiado pronto. Todo me sabía igual: a nada.
El collar seguía ardiendo contra mi piel, como si me recordara que no importaba cuánto intentara fingir, no podía escapar de lo que me esperaba afuera de esas paredes.
—Voy a tomar un poco de aire —murmuré.
Elif me miró, como si quisiera detenerme, pero al final solo asintió.
Salí. La nieve crujió bajo mis botas, y el aire helado me golpeó de lleno en la cara. Por un segundo, agradecí el frío. Era real, tangible, y dolía menos que lo que tenía en la cabeza.
Y entonces lo vi.
Dominic estaba allí, apoyado en un poste de luz frente a la fraternidad. El viento movía su abrigo oscuro, y su mirada estaba fija en mí, como si me hubiera estado esperando desde siempre.
—¿Dónde estabas? —pregunté, aunque no sabía si quería la respuesta.
Él no se movió. Solo caminó hacia mí con calma, cada paso hundiéndose en la nieve.
—En lugares donde no podías seguirme —respondió, su voz grave, inquebrantable—. Lugares donde no querrías ver lo que vi.
El aire entre nosotros se tensó.
—Jasper ya no tiene tiempo —dijo sin rodeos.
El suelo desapareció bajo mis pies. El frío de la nieve no era nada comparado con el hielo que me atravesó el pecho.
No necesitaba que me lo explicara. Yo ya lo había sentido. La madrugada me lo había gritado con su silencio: el ardor en mi cuello, la voz susurrando que "el tiempo se acaba", esa certeza amarga de que algo de él se estaba desprendiendo, escapando de este mundo.
Dominic solo estaba confirmando lo que mi cuerpo ya sabía.
—Lo sentí... —susurré, más para mí que para él.
Por un instante, mi mente quiso aferrarse a la esperanza de que fueran imaginaciones, de que había sido un mal sueño. Pero no. Él lo acababa de poner en palabras. Frías. Finales.
—Jasper ya está cruzando la línea —repitió, con esa gravedad que no admitía dudas.
Las lágrimas me ardieron en los ojos, pero no las dejé caer. Si lo hacía, sería aceptar que todo había terminado.
Él eligió su camino. Y yo tendría que elegir el mío.
El mundo siguió girando a nuestro alrededor: risas detrás de la puerta, nieve cayendo en silencio. Y en medio de todo, yo... partida en dos.
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ERES MIA
VampirosUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
