Entre las sombras y la verdad
—¿A dónde vamos? —pregunto, con la voz temblorosa mientras observo por la ventana del coche. Las luces de Nueva York se desdibujan con la velocidad, y por primera vez en mucho tiempo, me siento realmente vulnerable.
—A un lugar seguro. No podemos quedarnos cerca del lago... y menos regresar contigo a casa después de lo que pasó —responde Aaron, con esa calma inquietante que lo caracteriza. Su voz suena grave, cargada de un peso que me hiela la sangre.
Me muerdo el labio, conteniendo el temblor. No quiero quebrarme, pero estoy agotada. El cuerpo de Anna... su último suspiro, su rostro aún cálido entre mis manos... Me aferro a mis pensamientos, a lo poco de cordura que me queda.
Finalmente, llegamos. Aaron estaciona frente a una vieja casona, la fachada desgastada por el tiempo, pero sólida, como si los años no pudieran derribarla. Está en las afueras de la ciudad, lejos de curiosos y preguntas incómodas.
—Es una de mis propiedades —dice al bajar del coche—. Aquí nadie nos encontrará.
Lo sigo sin discutir. El interior huele a madera, a polvo y a recuerdos que no quiero descifrar. Me dejo caer en un sofá, abrazando mis rodillas. La chimenea al fondo ilumina apenas la habitación con un fuego perezoso.
—¿Cómo es que alguien como tú tiene casas en todas partes? —pregunto en voz baja, más para romper el silencio que por curiosidad.
Aaron me lanza una mirada cargada de cansancio y una pizca de melancolía.
—He vivido demasiado tiempo. Y cuando has hecho tantos enemigos como yo, los refugios se vuelven necesidad, no capricho.
Sus palabras quedan flotando en el aire, pesadas, llenas de verdades que no quiero procesar. Me abraza, y por un instante, dejo que su calor me envuelva. Me engaño, quiero creer que estoy a salvo. Pero las imágenes de Anna muerta me asaltan de nuevo, crueles, despiadadas.
Me separo lentamente, el nudo en la garganta volviendo con fuerza.
—¿Por qué no lo mataste cuando pudiste? —pregunto, alzando la mirada hacia él—. ¿Por qué lo dejaste vivir?
Aaron suspira, como si hubiera esperado esta pregunta.
—Ya te lo expliqué, Alice... —su tono es sereno, pero en sus ojos se agita algo oscuro—. Pero entiendo que necesites escucharlo otra vez. Williams no es un vampiro cualquiera. Su existencia... no sigue las reglas. Si lo mato sin un plan, sin las condiciones adecuadas, no solo arriesgo tu vida, sino algo peor. Él no muere como los otros.
Trago saliva, asintiendo a medias, aunque la frustración me carcome por dentro.
El silencio se instala entre nosotros. Entonces lo noto. La forma en que Aaron se tensa, los ojos clavados en la ventana, alerta.
—¿Alguien viene? —pregunto, incorporándome.
Aaron asiente, la mandíbula apretada.
—Dominic.
Mi corazón se detiene un segundo. No pensé que volvería tan pronto... o que Aaron lo permitiría.
—¿Quieres que me quede? —pregunta, sin apartar la mirada de la puerta.
Respiro hondo. No quiero hacerlo, pero lo necesito.
—No. Quiero hablar con él... sola.
Aaron me observa un instante más, luego asiente. Se dirige hacia la parte trasera de la casa. Sé que no se alejará realmente, pero me da el espacio que pedí.
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ERES MIA
VampireUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
