Alice.
—Llegamos.
La voz del chico rompió el silencio apenas el motor se apagó.
Miré por la ventana, pero la oscuridad no dejaba ver demasiado. No era solo falta de luz. Era como si el lugar mismo se negara a ser observado.
Tragué saliva.
—¿Cómo te llamas? —pregunté al fin, con la voz más baja de lo que habría querido.
Él sonrió de lado, como si la pregunta le resultara curiosa.
—Aarón.
Una pausa.
—Aarón Cullen.
El apellido sonó demasiado limpio. Demasiado elegido. Como esas mentiras que la gente peligrosa usa para parecer menos peligrosa.
—Qué conveniente —murmuré.
—¿El qué?
—El nombre. Suena fabricado.
La sonrisa se le marcó apenas.
—Tal vez lo sea.
No supe qué responder.
Bajó primero del coche y rodeó el vehículo sin prisa. Cuando abrió mi puerta, el frío me golpeó de inmediato, húmedo y pesado, pegándose a mi piel como una advertencia.
Marcus estaba detrás.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
Lo suficiente para recordarme que, si intentaba correr, no llegaría muy lejos.
Entonces vi la casa.
Era enorme. Antigua. Oscura.
No tenía el aspecto elegante de las mansiones de las películas. No era gótica de una forma hermosa ni decorativa. Era peor.
Parecía viva.
Las ventanas estaban completamente cubiertas por cortinas gruesas color vino, y ni una sola luz escapaba hacia el exterior. La nieve alrededor permanecía intacta, como si nadie se acercara jamás a ese lugar por voluntad propia.
Dudé antes de bajar.
Aarón ya caminaba hacia la entrada.
Marcus seguía detrás de mí.
Y yo entendí el mensaje sin que ninguno tuviera que decirlo.
No tenía muchas opciones.
Entré.
El interior olía a madera vieja, humo y algo metálico que no quise identificar. Todo estaba demasiado silencioso. Ni relojes. Ni viento. Ni pasos. Solo ese silencio cerrado, pesado, como si la casa respirara hacia adentro.
Las cortinas bloqueaban cualquier rastro de luna, y las pocas lámparas encendidas dejaban sombras largas sobre las paredes.
—¿Por qué tardaron tanto?
La voz atravesó la habitación antes de que pudiera descubrir de dónde venía.
Grave.
Controlada.
Masculina.
Un hombre apareció desde el fondo de la casa con una tranquilidad que me heló el cuerpo más que cualquier grito.
Era alto, delgado, vestido completamente de negro. Su rostro tenía algo antinatural. No porque fuera monstruoso, sino porque era demasiado perfecto. Demasiado inmóvil.
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ERES MIA
ParanormalUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
