La Marca del Vampiro
—Llegamos —pronunció el chico apenas el auto se detuvo.
Miré por la ventana, aunque no distinguía mucho: la oscuridad lo cubría todo y mis sentidos estaban embotados por el miedo. Tragué saliva con dificultad.
—¿Cómo te llamas? —pregunté con timidez, rompiendo el silencio que se había extendido como una sábana tensa entre nosotros.
—Aarón —sonrió de lado—. Aarón Cullen.
—¿Como los de Crepúsculo?
No respondió. Solo me dedicó otra de esas sonrisas ambiguas y asintió ligeramente. Bajamos del coche, y al instante sentí cómo la humedad del ambiente se adhería a mi piel. El aire estaba denso, como si la noche misma cargara un secreto.
Frente a nosotros se erguía una casa enorme, antigua, con un aura siniestra que me hizo dudar por un segundo si debía seguir caminando. Pero Aarón no se detuvo, y yo no tenía muchas opciones.
Al entrar, noté que todas las ventanas estaban cubiertas por gruesas cortinas rojas, tan pesadas que no permitían el paso de ni un solo rayo de luz. Ni siquiera la tenue claridad de la luna lograba colarse por alguna rendija.
—¿Por qué tardaron tanto? —dijo una voz grave desde el fondo de la casa.
Un hombre alto, de rostro afilado y cabello negro como la tinta, emergió de entre las sombras. Sus ojos brillaban con un fulgor que me estremeció.
—No se dejaba agarrar —murmuró Aarón, encogiéndose de hombros—. Marcus casi la mata. Me tocó intervenir.
—Puedes retirarte —ordenó el hombre, sin siquiera mirarlo.
Aarón me lanzó una última mirada. No era compasiva, ni cruel. Era... vacía. Luego se marchó sin decir una sola palabra más.
El extraño se acercó a mí con paso pausado pero firme. Sentí cómo se me congelaban los pies.
—Hola, Alice.
Retrocedí un paso.
—¿Quién es usted? —pregunté con un intento de firmeza que se quebró al salir de mis labios.
—No te preocupes, no voy a hacerte daño. Mi nombre es Williams Thompson.
No respondí. El nombre no me decía nada. Solo podía concentrarme en el hecho de que estaba completamente sola, en una casa cerrada, con un extraño que conocía mi nombre.
—¿Qué quiere de mí? —logré preguntar al fin.
—Digamos que hace muchos años, tu padre me hizo un favor. O mejor dicho... un trato. Eras solo una bebé, y él te entregó a cambio de su vida.
La risa que solté fue más nerviosa que incrédula.
—Eso no es cierto. Mi padre podrá ser muchas cosas, pero jamás me entregaría a un hombre que ni siquiera conoce.
—Sí lo haría. Y lo hizo. —Sonrió, mostrando unos colmillos tan largos como imposibles—. Pero no te preocupes. Yo no te quiero para mí. Te traje porque necesito un favor.
Sentí que las piernas me temblaban. Mi mente se negaba a aceptar lo que estaba viendo. Colmillos. Brillantes. Reales.
—¿Qué... qué es usted? —balbuceé.
—Un vampiro —dijo con naturalidad, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Y necesito que me ayudes a matar a dos idiotas: Dominic y Jasper.
—¿Qué? ¿Por qué? —pregunté, perpleja.
—Porque me deben algo. Y sé que estás enamorada de al menos uno de ellos, así que te lo voy a poner fácil: entrégame solo a uno, y le perdonaré la vida al otro.
La propuesta fue como un golpe seco en el pecho. Por un instante, sentí que se me escapaba el aliento.
—Le ayudaré a matar a Dominic —respondí sin pensarlo demasiado, queriendo quitarme de encima esa responsabilidad cuanto antes.
Pero él no pareció complacido.
—No. Te daré seis meses para que tomes tu decisión.
—¡Pero no tengo nada que decidir! —reproché, frustrada.
Me miró con una mueca que no supe si era de lástima o diversión.
—Alice, hay algo que aún no sabes. Esos chicos no son simples humanos. Ellos son... tu destino. Jasper es tu luna, y tú eres el amor que Dominic lleva siglos buscando.
¿Mi qué...?
Sentí un vértigo que me hizo tambalear. ¿Mi alma gemela? ¿Dominic? ¿Jasper? Era demasiado. Yo apenas comenzaba a entender lo que sentía por Jasper... ¿y ahora esto?
—Eso no puede ser cierto —dije, negando con la cabeza.
—Lo descubrirás por ti misma. Cuando pasen los seis meses, Marcus irá a buscarte para saber tu decisión.
Asentí en silencio. No tenía fuerzas para discutir.
—Y recuerda algo muy importante —añadió, con un tono amenazante que me hizo estremecer—: no puedes contarle a nadie lo que hablamos. Ni una sola palabra. Ni siquiera puedes mencionar que estuviste aquí. Si lo haces... haré que regreses a esta casa. Y esta vez, no saldrás jamás. No olvides que, técnicamente, aún me perteneces.
—No, por favor...
—Te dejaré libre cuando nuestro trato esté completo. Ahora vete. Tus amigos ya empezaron a preocuparse. Nos veremos en seis meses.
Me di media vuelta y salí de esa casa maldita. Afuera, Aarón ya me esperaba junto al coche. Sus ojos no reflejaban emoción alguna.
—¿Todo salió bien? —preguntó.
Solo asentí. No podía articular palabra.
—Entonces vamos a tu fraternidad.
Subimos al auto. Como antes, Aarón me cubrió los ojos para que no viera el camino de regreso. Supuse que tenía algo que ver con la seguridad del lugar... o con evitar que pudiera regresar por cuenta propia.
Durante el trayecto, traté de procesar todo lo que acababa de vivir.
Mi padre... me había vendido.
Jasper y Dominic... no eran humanos.
Y los vampiros... sí existen.
Me quedé en silencio, abrazando mis piernas, con la cabeza apoyada en la ventana.
Es increíble cómo todo pierde sentido cuando descubres que hay una especie que no muere. Que el peligro no solo existe... sino que puede tocarte la puerta, decir tu nombre, y exigir algo a cambio.
A partir de ese momento, entendí que el mundo en el que vivía... nunca había sido seguro.
Y que, si quería sobrevivir, tendría que aprender a jugar con monstruos.
ESTÁS LEYENDO
ERES MIA
VampirosUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
