Capitulo |41•|

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El pacto de la sangre

¿?

La obediencia siempre llega tarde o temprano.
Algunos ceden por miedo, otros por amor. Jasper, en cambio, lo hizo por desesperación.

El silencio de la sala era absoluto, roto únicamente por el crujido de la madera cuando él apretó la mesa con sus manos temblorosas. No quedaba nada del joven inmortal que desafiaba a demonios y vampiros. Frente a mí había solo un hombre cansado, un licántropo debilitado que trataba de sostenerse en un cuerpo que se desmoronaba a pasos agigantados.

—Aquí tienes —dije, extendiendo un pequeño frasco de cristal—. Una sola gota bastará.

Jasper lo miró como si contuviera veneno. Y, de hecho, para él lo era. La sangre que debía entregar no era un simple sacrificio; era el lazo definitivo que sellaría su destino.

—¿Y el mensaje? —preguntó con la voz rota.

Me incliné hacia él, tan cerca que pude ver el reflejo de mi propia sonrisa en sus pupilas ennegrecidas.

—Le dirás que el tiempo se acaba. Que debe elegir entre lo que ama y lo que teme. Y le darás este collar.

Saqué de mi abrigo una cadena de plata oscura, pesada, con un colgante que brillaba con un resplandor turbio, casi líquido. Jasper la sostuvo con manos temblorosas, como si el metal le quemara la piel.

—¿Qué es esto?

—Un recordatorio. Y una llave. No intentes entenderlo, solo entrégaselo.

Jasper apretó el collar contra su pecho. Por un instante pareció debatirse entre la rabia y la resignación. Luego cerró los ojos, derrotado.

—No quiero que ella me recuerde así.

—No lo hará —respondí, con una calma que no sentía—. Si cumples tu parte, jamás te separarán de ella. Ni cielo ni infierno podrán hacerlo.

Él tragó saliva. La vejez empezaba a marcarle las facciones: arrugas finas alrededor de los ojos, el cabello un poco más opaco, los músculos perdiendo firmeza. El tiempo se abalanzaba sobre él como un verdugo.

Tenía veinticuatro horas. Ni una más.

Alice

La noche en la fraternidad parecía tranquila, pero mi cuerpo no lo estaba. Me revolvía en la cama, incapaz de conciliar el sueño. Había algo que me arrancaba el aire, como si una mano invisible apretara mi pecho.

Me incorporé, jadeando. Elif dormía en la cama de al lado, con un brazo colgando fuera de las sábanas, respirando con calma. Ajena a todo. Ojalá yo pudiera.

Encendí el celular: 3:33 a.m..

—Qué cliché —murmuré para mí, intentando distraerme. Pero el escalofrío que recorrió mi espalda no tenía nada de gracioso.

Me llevé la mano al cuello. La piel ardía, como si alguien hubiera marcado con fuego un sitio exacto bajo mi clavícula.

—Jasper... —susurré sin pensarlo.

No tenía pruebas, pero lo sabía. Algo le estaba pasando. Una conexión invisible, un vínculo que no entendía, me atravesaba como un rayo. Sentía su dolor, su miedo, como si fuera mío.

Me puse de pie y caminé hacia la ventana. Afuera, la nieve caía en silencio. Y en ese silencio, escuché algo más: un murmullo, un eco lejano.

«El tiempo se acaba...»

Me giré de golpe, buscando de dónde provenía la voz. No había nadie. Solo el sonido de mi respiración acelerada y el latido desbocado de mi corazón.

Me abracé a mí misma. El ardor en el cuello no cedía. Quise volver a la cama, fingir que todo era un mal sueño. Pero no podía.

Un crujido en la madera del pasillo. Una sombra que se movía tras la puerta.

Abrí despacio.

Y ahí estaba.

Jasper.

Sus hombros caídos, el rostro marcado por un cansancio imposible, los ojos oscuros como pozos. No era el Jasper que conocí en Nueva York, ni el que apareció en Alaska con la excusa de estudiar conmigo. Este parecía otro: más viejo, más roto, más... humano.

—Necesito hablar contigo —dijo, con la voz rasposa.

Lo dejé entrar. Elif no se movió. Seguía dormida.

Jasper se quedó de pie en el centro de la habitación, como si sentarse significara rendirse del todo. Sacó algo de su chaqueta. Lo puso en mi mano.

El collar.

El frío del metal me atravesó como una descarga.

—¿Qué es esto? —pregunté, aunque sabía que la respuesta no iba a tranquilizarme.

—Un recordatorio —repitió, con un hilo de voz—. Y... una llave.

El silencio se estiró. Solo mi respiración agitada llenaba el espacio.

Lo miré y, de repente, una imagen se me cruzó en la mente: Jasper, sonriendo en un pasillo del colegio en Nueva York, con los libros en la mano y esa forma suya de mirar como si todo le perteneciera. Cerré los ojos un instante... y al abrirlos, el recuerdo se quebró. Como si alguien hubiera borrado los bordes, dejando un vacío imposible de rellenar.

Me estremecí.

—Alice —susurró Jasper, y fue entonces cuando noté el temblor en sus manos—. El tiempo se acaba.

La frase me atravesó como un cuchillo. Era la misma voz que había oído momentos antes, el mismo eco que había susurrado en mi ventana.

Lo miré, con el corazón golpeando contra mis costillas, en silencio. Había algo distinto en él, algo que no era solo cansancio. La sombra bajo sus ojos era más marcada, y juraría que vi una arruga delgada surcarle la frente. Jasper apartó la mirada, como si supiera lo que yo estaba viendo.

—No quiero que me recuerdes así —susurró, apenas audible.

Quise preguntarle a qué se refería, pero me quedé callada. No podía con más verdades esa noche.

El collar pesaba en mi mano como si cargara un mundo entero.

Y en ese instante lo supe: lo que Jasper me estaba entregando no era solo un objeto. Era una cuenta regresiva.

Un reloj de arena invisible que acababa de comenzar a vaciarse.

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