Alice.
Liam soltó una pequeña risa incómoda.
—Creo que has visto demasiadas películas últimamente.
—Hablo en serio.
Él dudó apenas.
—Mi abuela decía cosas raras sobre eso cuando era niño.
—¿Qué cosas?
Liam se encogió de hombros.
—Historias religiosas. Castigos. Ángeles caídos. Ya sabes... ese tipo de cosas que las familias cuentan para asustar niños.
Aaron.
Mi estómago se tensó apenas.
—¿Y tú les creías?
—Cuando era niño sí. Después crecí.
Intentó bromear al decirlo, pero no sonó tan seguro como quería.
—Aunque supongo que después de que alguien entra armado a una fiesta... uno empieza a cuestionarse cosas raras.
Ahí estaba.
No miedo sobrenatural.
Miedo humano.
El tipo de miedo que deja un disparo real.
Y, honestamente, eso me tranquilizó un poco.
Porque empezaba a cansarme de sentir que todo el mundo ocultaba secretos.
La conversación murió ahí.
No porque hubiera terminado realmente.
Sino porque ninguno de los dos supo cómo continuarla.
La música seguía retumbando dentro de la fraternidad. Las luces navideñas parpadeaban sobre las ventanas como pequeños insectos atrapados en vidrio caliente, y alguien acababa de gritar desde la cocina porque Ian, aparentemente, había vuelto a provocar una catástrofe culinaria.
Todo seguía moviéndose.
Todo seguía sonando normal.
Y aun así, yo sentía que estaba parada a kilómetros de distancia de esa realidad.
Liam terminó soltando otra risa corta, incómoda.
Después murmuró algo sobre necesitar dormir antes de que el alcohol terminara de destruirle las pocas neuronas funcionales que le quedaban, y volvió a entrar a la casa.
Yo me quedé afuera.
Sola.
La nieve descendía lentamente sobre el jardín de la fraternidad, cubriendo los escalones, las ramas secas y las huellas en el suelo con una paciencia casi cruel.
Por primera vez desde que llegué a Alaska, la fraternidad dejó de sentirse como un hogar.
Y eso dolió más de lo que esperaba.
Porque hasta hace unas semanas mi vida era simple. Vacía, sí. Solitaria también. Pero simple.
Ahora tenía vampiros.
Demonios.
Recuerdos imposibles.
Un padre que prácticamente me había vendido.
Y una sensación constante de que mi propia existencia escondía algo podrido debajo.
Me abracé los brazos lentamente.
El frío ya no me molestaba tanto como mis pensamientos.
Eso era lo peor.
Cada vez que intentaba convencerme de que todo había sido un delirio colectivo, aparecía algo nuevo rompiendo la mentira.
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ERES MIA
ParanormaleUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
