Capitulo |27•|

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La Herida Que No Cierra

—Señores pasajeros, por favor abróchense los cinturones. Estamos próximos a aterrizar en el Aeropuerto Internacional JFK, en la ciudad de Nueva York. La temperatura actual es de siete grados centígrados.

La voz de la azafata me arranca de mi ensimismamiento. Me enderezo, apretando los brazos contra el pecho como si eso pudiera detener el temblor que me sacude desde adentro. Elif guarda sus audífonos sin decir nada. Las dos estamos demasiado cargadas para fingir entusiasmo. El vuelo fue corto, pero el peso emocional fue una eternidad.

Bajamos del avión. El frío de Nueva York me azota de inmediato. Pero el verdadero frío, el que me cala los huesos, viene de adentro. Un frío que me habita desde que recibí aquella llamada. Desde que supe que Jasper se fue. Desde que Anna... desde que todo se torció.

—Mi tía vive como a veinte minutos —dice Elif, ajustando su bufanda—. Me escribió hace un rato, ya viene en camino.

Asiento con un leve movimiento. Estoy demasiado cansada para hablar. O quizás tengo miedo de decir lo que realmente estoy pensando.

—Si pasa cualquier cosa, me escribes —le digo, y mi voz suena más frágil de lo que esperaba.

—Tú también. No hagas nada estúpido.

Sonreímos. Una de esas sonrisas tristes que solo aparecen cuando dos personas saben que algo cambió para siempre. Nos abrazamos, y me cuesta soltarla. Pero lo hago. Y la veo desaparecer entre la multitud.

Ahora estoy sola.

Conmigo.
Y con la herida que arde más fuerte que nunca.

Entro al baño del aeropuerto. Necesito ver qué diablos está pasando. El ardor en mi cuello se ha intensificado. Me aseguro de que no haya nadie y me encierro en uno de los cubículos. Al descubrir la bufanda, me sobresalto. La cicatriz no solo está inflamada... ahora emite un ligero resplandor violáceo, como si algo intentara salir desde dentro.

—No se suponía que pasara esto.

La voz me hiela. Me doy vuelta, y ahí está.

Aaron.

Apoyado contra la pared, como si hubiera estado ahí desde el principio. Con ese aire entre protector y predador que tanto me descoloca.

—¿Qué haces aquí? —pregunto con un hilo de voz.

—Vine a asegurarme de que no hicieras nada estúpido.

—¿Cómo entraste? Esto es un baño de mujeres.

—No es tan difícil si sabes moverte entre dimensiones.

Eso. Eso es lo que no aguanto de él. Que hable como si el mundo fuera un tablero de ajedrez y yo una pieza que no entiende las reglas.

—¿Qué está pasando con mi cuello? —le exijo—. ¿Qué significa esta marca?

Aaron se acerca. Lentamente. Con cuidado, como si supiera que estoy al borde de romperme.

—Puedo ayudarte... pero no te va a gustar la respuesta.

—¿Cuándo alguna lo ha hecho?

Él saca un pequeño frasco con un líquido transparente. Me pide permiso con la mirada. Asiento. Apenas unas gotas caen sobre la cicatriz, siento como si me quemaran desde adentro.

—¡Ah! —grito, cubriéndome la zona.

—Mierda... no esperaba esto —dice, más para sí que para mí.

—¿Qué esperabas? ¿Que me convirtiera en un Pokémon?

Aaron no sonríe. No esta vez.

—Esperaba que siguieras sin despertar.

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