Alice.
El avión tocó tierra con un golpe suave. A mi alrededor, los pasajeros comenzaron a moverse de inmediato. Cinturones que se liberaban, celulares que se encendían, maletas bajando de los compartimientos y murmullos impacientes llenando la cabina. Yo, en cambio, me quedé quieta, con la mano todavía apoyada sobre el cuello. Por primera vez comprendía que no había viajado a Nueva York únicamente para salvar a Anna. Había llegado al lugar donde las consecuencias iban a empezar a cobrar forma. Y esta vez, algo dentro de mí sabía que no habría manera de volver atrás.
...
Nueva York me recibió con lluvia. No una tormenta, sino una llovizna fina y gris que parecía cubrir la ciudad entera con una capa de cansancio. Mientras atravesaba el aeropuerto, tuve la sensación incómoda de que todo era demasiado normal, demasiado humano. Había personas discutiendo por equipajes, niños corriendo entre las filas, anuncios de vuelos resonando por los altavoces, cafeterías llenas y risas dispersas entre la multitud. Era absurdo. Mi vida acababa de romperse en Alaska y, aun así, el mundo seguía funcionando como si nada hubiera pasado.
Arrastré la maleta por el pasillo principal intentando concentrarme en cualquier cosa que no fuera mi propia cabeza. Entonces la marca volvió a arder. Me detuve de golpe. El dolor fue breve, pero intenso. Sentí algo abrirse detrás de mis ojos. Una imagen. Solo una. Columnas blancas, luz y una voz pronunciando un nombre que no alcancé a entender. Después desapareció.
Respiré hondo.
No.
No podía permitirme aquello ahora.
Así que seguí caminando.
...
Tomé un taxi y durante todo el trayecto observé la ciudad a través de la ventana. Los edificios, los puentes y las calles me resultaban familiares. Y, aun así, una parte de mí sentía que estaba regresando a un lugar donde nunca había vivido. Como si la ciudad guardara algo. Como si hubiera estado esperándome.
Cuando el taxi se detuvo frente a la casa de mis padres, el cielo comenzaba a oscurecer. Pagué el viaje, bajé del vehículo y me quedé inmóvil durante unos segundos. Nada había cambiado. La misma fachada. Las mismas ventanas. El mismo jardín. Pero la sensación era distinta. La casa parecía contener la respiración.
Empujé la puerta.
Estaba abierta.
Fruncí el ceño de inmediato. Mis padres jamás dejaban la puerta abierta.
Entré.
El silencio me golpeó primero.
Ni televisión.
Ni música.
Ni voces.
Solo silencio.
—¿Mamá?
Nada.
—¿Papá?
Nada.
Subí las escaleras lentamente y entonces vi la primera cámara. Una pequeña luz roja parpadeaba desde una esquina del pasillo. Después encontré otra. Y otra más. No estaban ocultas. Estaban colocadas para que las encontrara.
Un mensaje.
Una advertencia.
Williams había llegado antes que yo.
...
Abrí la puerta de mi habitación.
Aaron estaba junto a la ventana observando la ciudad. No parecía sorprendido de verme. Era como si hubiera sabido exactamente cuándo llegaría. Como si hubiera sabido exactamente dónde estaría cada segundo de mi viaje.
Sus ojos descendieron hacia mi cuello.
Y, por primera vez desde que lo conocía, vi algo extraño en su expresión.
No preocupación.
Aaron no parecía una criatura capaz de preocuparse.
Parecía molesto.
Como si estuviera contemplando algo que jamás debió existir.
—¿Qué pasa? —pregunté.
No respondió.
Simplemente se acercó.
Lento.
Sus ojos permanecieron fijos en la marca.
La habitación pareció volverse más fría, más silenciosa, más pequeña.
—Eso no debería existir.
La frase me atravesó.
—Ya somos dos.
Aaron siguió observando la herida. No parecía interesado en mí. Parecía interesado en lo que había debajo. En algo que yo todavía no podía ver.
—¿Qué me está pasando?
Silencio.
—Aaron.
Silencio otra vez.
Luego levantó la mirada y, durante un segundo, tuve la sensación absurda de estar observando algo mucho más antiguo que un hombre. Mucho más antiguo que cualquier cosa humana.
—¿Recuerdas lo que soñaste en el avión?
Mi corazón dio un salto.
—¿Cómo sabes que soñé?
La sombra de una sonrisa apareció en su rostro. No fue amable. No fue cálida. Fue peor. Fue la sonrisa de alguien que ya conocía la respuesta antes de hacer la pregunta.
—Alice.
Su voz fue suave.
Demasiado suave.
—Hay muy pocas cosas que ocurren en este mundo sin que yo las note.
Un escalofrío recorrió mi espalda. No era arrogancia. Era certeza. Y, por alguna razón, eso resultaba mucho más aterrador.
—¿Qué significa esta marca?
Aaron bajó nuevamente la mirada hacia mi cuello. Esta vez su expresión se endureció.
—Significa que alguien abrió una puerta que no le pertenecía.
—¿Dominic?
No respondió.
Y su silencio fue respuesta suficiente.
—¿Qué puerta?
Aaron soltó una risa breve. Vacía. Antigua. Como si la pregunta fuera demasiado pequeña para la respuesta.
—Una que llevaba demasiado tiempo cerrada.
Sentí que el estómago se me hundía.
—No entiendo nada.
—Lo sé.
—Entonces explícamelo.
Aaron me observó durante varios segundos. Y por primera vez desde que lo conocía vi algo parecido al cansancio atravesar sus ojos. No cansancio físico. Algo mucho más profundo. Más viejo. Más cercano a la eternidad.
—Ese es precisamente el problema, Alice.
Su mirada volvió a la marca.
—Que cuanto más entiendas...
más difícil será seguir siendo quien eres.
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ERES MIA
Siêu nhiênUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
