LOS OJOS DEL LAGO
El aire huele a pino fresco y a tierra mojada. Me encuentro en un bosque a las afueras de Nueva York, un rincón escondido donde mis padres decidieron llevarme para pasar un día en familia. No lo hacían a menudo. Siempre estaban ocupados, tan envueltos en sus propios mundos que, cuando proponían algo así, yo me aferraba a ello como si fuera un regalo que no quería desperdiciar.
—¡Alice, aléjate del lago! —grita mi madre.
La escucho a lo lejos, corriendo en dirección a la cabaña donde mi padre hojea un libro viejo, como si todo aquello no fuera más que una excusa para estar en otro lugar, lejos de mí.
Pero yo no obedezco.
No porque quiera desobedecerla. Es solo que el lago me llama. Su superficie brilla como un espejo líquido que hipnotiza. Una mamá pata se desliza sobre el agua con sus crías tras ella, como una pequeña fila de esperanzas. De pronto, uno de los patitos se enreda con un plástico que unos turistas dejaron segundos atrás. Lo veo agitarse. Lo veo luchar. Y sin pensarlo, doy un paso más... y otro.
El agua está más cerca.
Me inclino para ayudarlo. No calculo bien. El barro cede. Y caigo.
El frío me golpea como mil agujas en la piel.
Mis piernas patalean. Trato de salir. Pero cuanto más intento nadar hacia la orilla, más me hundo. El agua me envuelve, me atrapa. Abro la boca para gritar, pero solo consigo tragar más de ese líquido helado que me llena el pecho y quema por dentro.
—¡Ayuda! —intento.
Pero mi voz es un susurro ahogado bajo el peso del agua.
No hay mamá. No hay papá. Solo yo. Y el miedo.
El corazón me late con fuerza, y luego, cada vez más lento. Me canso. Me rindo. El mundo a mi alrededor se vuelve más borroso. Los sonidos se apagan. La luz se apaga. Solo queda la sensación de que todo se está acabando.
Hasta que lo veo.
Unos ojos azules. Dentro del agua. Observándome.
No se mueve. No se ahoga. Solo me mira.
¿Quién eres? ¿Por qué no haces nada?
Quiero gritarle, pero no puedo. El oxígeno ya no está. Solo el silencio.
—Lucha, Rosalie... No dejes que nos separen de nuevo —dice él, con una voz que parece venir de algún rincón que reconozco, pero no sé de dónde.
¿Rosalie? ¿Me llamó Rosalie?
¿Qué quiso decir con "otra vez"?
Un segundo después, todo se vuelve oscuro.
⋯⋯⋯
Despierto con un jadeo. El corazón desbocado, las sábanas revueltas, la garganta seca.
Fue un sueño. Otra vez.
Hace años que no tenía esa pesadilla. Desde el accidente, comencé a soñar con ese chico. Siempre bajo el agua. Siempre esos mismos ojos. Pensé que ya lo había superado. Hasta hoy.
—¿Alice? ¿Estás bien? —escucho la voz de Dominic, ronca, cerca de mí.
Y es entonces cuando caigo en cuenta.
No estoy en mi habitación. No estoy sola.
Él está ahí, sentado en el borde de la cama, con el torso desnudo y la expresión alerta, como si supiera que algo en mí no está bien. Mi mente me lanza el recuerdo de lo que pasó anoche, y mi conciencia me apalea sin piedad.
Me levanto casi de un salto y busco mi ropa esparcida en el suelo.
Siento su mirada. Pesa. Me arde en la espalda.
—¿A dónde vas? —pregunta en voz baja.
—Hoy es el cumpleaños de Jasper. Debo volver a casa antes de que despierte —respondo seca, sin mirarlo, mientras me visto apresuradamente.
Me duele. Todo esto me duele más de lo que debería.
Bajo las escaleras con pasos apresurados, deseando que el piso se abra y me trague. Necesito irme antes de que la culpa me devore por completo.
Pero afuera no hay más que un solo auto: el de Dominic.
Y al girarme, ahí está él, recostado en el marco de la puerta, con las llaves en la mano y una expresión que no sé cómo leer.
—Pensé que después de lo que pasó anoche ya no volverías con él —dice sin rodeos.
—Lo de anoche fue un error. Estaba... un poco tomada. Eso fue todo —respondo, más para convencerme a mí misma que a él.
Dominic no responde. Solo sube al auto, y yo me siento a su lado. Un silencio denso y afilado se instala entre nosotros, acompañándonos todo el trayecto.
Cierro los ojos un momento. Trato de pensar en otra cosa, pero todo vuelve: su piel, su aliento, su forma de decir mi nombre. Y la peor parte es que, si tuviera la oportunidad de repetirlo... lo haría.
Y eso me hace sentir peor.
Una punzada me cruza la sien. La jaqueca llega como un castigo. Y las náuseas me siguen, como sombras.
—¿Segura que no quieres un café antes de llegar? —pregunta de pronto, sin mirarme.
Niego con la cabeza, rápido.
—Está bien —dice, apretando la mandíbula.
Sé que está molesto. Y no lo culpo. Pero lo que no entiendo es por qué yo misma me puse en esta situación. ¿Qué buscaba? ¿Redención? ¿Escape?
—Alice... Tú y yo debemos hablar. Hay algo que aún no sabes —dice justo cuando pongo la mano en la manija para bajarme.
—Dominic, tengo que irme —respondo sin darle oportunidad a continuar.
—Luego vendré a buscarte.
Asiento sin pensarlo y salgo del auto.
Ahí está mi amiga, parada en la puerta, con los brazos cruzados y una expresión entre molesta y preocupada.
—¿Dónde se supone que estabas? —grita.
Y por el tono de su voz, sé que algo malo ha pasado.
ESTÁS LEYENDO
ERES MIA
VampireUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
