Capitulo |35•|

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La sombra que espera.

•Rosalie

Me giro, dándole la espalda. No porque le tema... sino porque no quiero que me vea así.

No quiero que vea las grietas.

No quiero que me vea llorar.

Las lágrimas no me pertenecen. No a mí. No a una criatura que alguna vez caminó entre las estrellas, que voló sobre las cúpulas doradas del cielo. Pero este lugar... este maldito vacío... tiene la capacidad de quebrar hasta al más fuerte.

—Lo siento —susurro, odiándome por el temblor en mi voz.

Escucho sus pasos acercarse. La siento sentarse a mi lado, rodeándose las piernas con los brazos. Humana. Frágil. Ignorante. Y, sin embargo, inevitablemente... parte de mí.

—Quiero que me cuentes qué pasó —dice.

Su voz no es un reproche. Es curiosidad. Es miedo. Es necesidad.

Frunzo el ceño. Me muerdo por dentro antes de dejar escapar el veneno que me hierve en la lengua.

¿Qué pasó? Llevo siglos haciéndome la misma maldita pregunta.

¿Qué pasó con mi existencia? ¿Con mi libertad? ¿Con mi hermano...? Con Aaron.

Con nosotros.

—¿Por qué te importa? —respondo al fin, dejando que la arrogancia, mi escudo, me envuelva—. Tú misma dejaste claro que prefieres verme encerrada en este agujero.

Me giro para enfrentarla.

La observo. Su rostro. Mi rostro. Y, sin embargo, no es el mismo. Sus ojos no tienen la antigüedad, el dolor ni la memoria. Son... inocentes. Estúpidos. Humanos.

Y, por eso mismo, más peligrosos de lo que cree.

Una parte de ella me teme.

Otra, me admira.

Y en el fondo... ambas sabemos que nos une algo más profundo que el odio o la fascinación. Nos une el mismo cuerpo. El mismo destino.

—Antes de que hable —le digo, con la voz baja, tensa, meditando cada palabra—, quiero que me respondas tú a mí.

Asiente.

Me inclino apenas, midiendo sus gestos.

—¿Qué sabes de nosotras?

Se lo piensa.

—Que... que soy tu reencarnación —dice al fin, tragando saliva—. Que cuando tú regreses... yo... voy a desaparecer.

Sonrío, pero no hay calidez en mis labios. Solo certeza.

—No es tan simple. No desapareces como si alguien apagara una luz. Lo que ocurre... es una fusión. Pero mi alma, mi esencia... es más fuerte. Absorberé lo que eres. Borraré lo que fuiste. Y quedará... solo yo.

Sus manos tiemblan.

Lo veo. Lo saboreo.

—Debe... debe haber otra forma —susurra.

Me río. No con burla. Con resignación.

—Ya no hay marcha atrás. El tiempo juega en mi favor. Tu existencia... es efímera. La mía... es inevitable.

Miro el horizonte gris y roto de la Estación de los Olvidados. El Limbo. Mi prisión. Mi castigo. Todo por amar... a quien no debía.

A Aaron.

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