El demonio que me cuidaba
—¿Eres un qué? —pregunté, retrocediendo con torpeza, buscando a tientas la puerta como si esta pudiera salvarme de lo que acababa de oír. Tal vez fue un error quedarme.
—No tengas miedo —susurró Aaron en mi oído, envolviéndome con un abrazo por detrás, tan cálido como aterrador—. Nunca te haría daño. Estoy aquí para protegerte.
Si yo fuera tú... Y ahora que lo pienso, lo soy... no confiaría en un demonio. Recuerda que es un ángel caído, murmuró esa voz molesta en mi cabeza.
Por primera vez, le di la razón. Esa vocecita interior que tantas veces ignoré ahora me sonaba aterradoramente sensata.
—No hace falta que diga nada, ¿verdad? —pronuncié con frialdad, girándome para enfrentar otra vez esos ojos azules capaces de desarmar a cualquiera—. Si puedes leer mi mente, ya sabes que no confío en ti.
—Es natural —admitió él con una media sonrisa—. Sin embargo, recuerda que siempre he estado contigo, Alicia.
—No me llames así —espeté entre dientes.
Odiaba ese nombre. No era "Alicia", era Alice. ¿Acaso era tan difícil entenderlo?
—Sigues siendo igual de testaruda —rió, sin ofenderse en lo más mínimo—. Parece que tendré que ayudarte a recordar...
Sus ojos se intensificaron y sus pasos se acercaron con un ritmo pausado pero decidido. La habitación pareció girar a mi alrededor. Intenté mantenerme firme, pero no pude evitar tambalearme.
—Descansa, mi querida Alicia...
Fue lo último que escuché antes de que todo se apagara.
◁◀ FLASHBACK ▶▷
Era un día aburrido en la escuela. El patio, húmedo por la reciente lluvia, no impedía que Irina y los demás niños jugaran a las escondidas, mi juego favorito. Pero una vez más, no me habían dejado participar. Algo en mi corazón me decía que esta vez sería diferente.
—¿Puedo jugar? —pregunté, con una tímida esperanza, acercándome al grupo.
—Hola, Alice —respondió Owen.
Él era el único que me hablaba en clase, aunque Irina siempre encontraba la manera de separarnos.
—No, no puedes —gritó Irina con esa voz chillona y venenosa.
—¿Pero por qué? —pregunté, sintiendo el ardor de las lágrimas queriendo escapar.
—Porque eres una gorda fea. Me das asco —espetó antes de empujarme con fuerza.
Mi cuerpo cayó de golpe sobre el suelo húmedo. Dolía. Pero dolía más el desprecio en sus ojos.
Corrí. No miré atrás. Solo corrí, dejando que las lágrimas mancharan mi uniforme. Me escondí tras uno de los muros del viejo pabellón, ese lugar donde los profesores no se asomaban. Me abracé las rodillas y solté un sollozo silencioso.
—No llores —dijo una voz suave a mi lado.
Era un niño que nunca había visto. Sus ojos eran de un azul sobrenatural y su cabello, oscuro como la noche.
—Si me lo preguntas, tú eres mucho más linda que ella —añadió, sentándose a mi lado.
—Quiero estar sola.
—Yo quiero jugar contigo.
—¿Por qué? —inquirí con desconfianza.
—Porque eres la única persona que puede ayudarme —susurró con urgencia.
Sus palabras no tenían sentido para mí, pero sus ojos... sus ojos parecían gritar verdades invisibles.
Jugamos hasta que el sol empezó a esconderse. Me hizo reír, olvidar el dolor. Antes de despedirse, me confesó un secreto.
—Nadie más puede verme. Solo tú. Porque tienes el don. Y por eso... siempre tengo que estar a tu lado.
Me besó la frente.
—Siempre te cuidaré, Alicia.
◁◀ FIN DEL FLASHBACK ▶▷
—¿Qué demonios...? —susurré al abrir los ojos, con la respiración agitada—. A él no lo volví a ver. Un día... simplemente desapareció.
—Todo el mundo pensó que estabas loca —dijo Aaron con suavidad, apareciendo de nuevo junto a mi cama—. Así que cuando cumpliste doce, decidí protegerte sin que pudieras notarlo.
—¿Pero qué quieres? ¿Por qué volviste ahora?
—Es complicado —respondió, alejándose hacia la penumbra de la habitación—. Esta vez dejaré que tú misma descubras la verdad.
Se inclinó y volvió a besarme la frente. El mismo gesto del pasado. El mismo escalofrío en la piel.
—No voy a intervenir más... a menos que tú me lo pidas.
Y así, desapareció.
Quedé sola. Pero no con el tipo de soledad que uno escoge. Era un vacío conocido, punzante. Tenía un nudo en la garganta y muchas, muchísimas ganas de llorar.
—Mi amor, ¿cómo estás? —la voz de Jasper me sobresaltó.
Entró sin avisar, con su habitual aire despreocupado.
Cerré los ojos con rapidez, fingiendo estar dormida. No quería enfrentar más realidades. No quería preguntas.
—Mira lo que te traje —dijo, dejando un ramo de flores junto a mi cama—. Elif me dijo que te sentías mal.
—¿Qué pasó anoche? —pregunté, sin rodeos.
—¿De qué hablas?
Le sostuve la mirada.
—Jasper... ¿qué eres?
🎈✨
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ERES MIA
VampireUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
