Capitulo |21•|

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Alice.

—¿Eres un demonio? —pregunté.

La palabra salió baja, casi sin aire. Como si pronunciarla ya fuera una forma de aceptar que la noche, la habitación y mi propia cabeza habían dejado de pertenecerme.

Aaron no respondió enseguida. Seguía sentado sobre el escritorio, inmóvil, con esa calma insoportable que empezaba a darme más miedo que Marcus, que Williams... que cualquiera.

Ellos parecían monstruos. Él no. Y tal vez por eso resultaba peor.

Elif dormía al otro lado de la habitación, hundida en los calmantes, ajena a todo. La venda bajo la manta subía y bajaba con su respiración lenta. Afuera, la nieve golpeaba el vidrio con una paciencia enfermiza.

Aaron inclinó apenas la cabeza.

—Demonio es una palabra cómoda —dijo al fin—. A los humanos les gusta reducir lo que temen.

Sentí la garganta seca.

—Entonces dime qué eres.

Una sombra mínima cruzó su rostro. No fue sonrisa. No fue cansancio. Fue algo más difícil de nombrar.

—Algo que no debió inclinarse nunca.

La habitación pareció cerrarse alrededor de esas palabras.

Retrocedí un poco, buscando la puerta con la mirada. No porque creyera que podía escapar. Más bien porque necesitaba recordar que existía una salida, aunque fuera inútil.

Aaron me observó hacerlo. No intentó detenerme. Eso me inquietó más.

—No hace falta que sigas hablando —murmuré, intentando sonar firme—. Si puedes meterte en mi cabeza, entonces ya sabes que no confío en ti.

—La confianza nunca fue necesaria.

Su respuesta fue demasiado tranquila. Demasiado simple.

—¿Entonces qué quieres?

Aaron desvió la mirada hacia la ventana. La nieve se deshacía contra el cristal, una y otra vez, como pequeñas cosas blancas muriendo sin ruido.

—Lo mismo que he querido desde el principio.

—¿Y qué es?

Volvió a mirarme.

Sus ojos no parecían azules ahora. Parecían una distancia.

—Contradecir.

La palabra cayó entre nosotros con un peso extraño. No la entendí del todo. Pero algo dentro de mí sí. Algo antiguo. Algo dormido.

—No sé de qué hablas.

—Lo sé.

Otra vez esa paciencia imposible. No paciencia humana. Paciencia de alguien que no mide el tiempo por días, ni años, ni vidas.

—Tú no me buscas porque me quieras —dije, y ni siquiera supe de dónde salió esa certeza.

Aaron se quedó inmóvil. Por primera vez, el silencio pareció pertenecerle.

—No —respondió al fin—. El amor fue una palabra que ustedes inventaron para no aceptar otras cosas.

Sentí un frío lento subirme por la espalda.

—¿Qué cosas?

Aaron se levantó del escritorio.

No escuché el suelo crujir. No escuché pasos. Solo sentí que el espacio entre nosotros se volvía más pequeño.

ERES MIA  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora