Alice
El silencio que siguió no fue vacío.
Fue expectante.
La casa respiraba.
No como lo hacen los lugares vivos, sino como respiran las cosas que han esperado demasiado tiempo. Las vetas de plata incrustadas en las paredes comenzaron a vibrar con un murmullo grave, bajo, casi orgánico, como si algo antiguo se removiera bajo la superficie. La sal del suelo crujió suavemente, desplazándose apenas, reacomodándose alrededor de mis pies con una intención que no quise nombrar.
No me estaban encerrando.
Me estaban reconociendo.
Esa certeza me recorrió la espalda con un escalofrío lento.
—¿Sientes eso? —pregunté, sin apartar la mirada de Williams, como si temiera que, si lo hacía, todo se deshiciera.
Él sonrió despacio, con esa satisfacción peligrosa que solo tienen los que creen estar un paso delante de todos.
—La casa responde a ti —dijo—. No al revés.
Algo dentro de mí se tensó.
Rosalie se agitó en lo profundo de mi pecho, alerta, desconfiada.
No confíes, susurró. Cree que entiende... y eso lo vuelve más estúpido de lo que parece.
Tragué saliva.
—¿Entender qué? —pregunté—. Explícate.
Williams comenzó a caminar alrededor del círculo de sal, sin prisa, como un sacerdote frente a su altar. No lo cruzó. No lo necesitaba. Aún no.
—Durante siglos —empezó—, se ha hablado de un ángel que eligió sentir.
Uno que no cayó del todo... y por eso fue castigado peor que los demás.
Se detuvo frente a mí, y sentí cómo su mirada me pesaba en la piel.
—Cuerpos humanos. Vidas frágiles. Miedo. Amor. Pérdida.
Una y otra vez.
Hasta que la identidad se diluye... o se rompe.
Mi respiración se volvió más corta.
—He buscado cada rastro —continuó—. Cada texto prohibido. Cada mención deformada por el tiempo.
El ángel que no murió.
El que fue atado.
Rosalie rió dentro de mí, pero no con humor.
Con desprecio.
Te ve como un mito. Eso lo tranquiliza.
—Y crees —dije, obligándome a sostener la voz— que puedes usarme.
Williams alzó una ceja, como si la pregunta fuera ingenua.
—Creo que puedo despertarte.
El aire se tensó, como si la casa misma contuviera el aliento.
—No soy tu arma —respondí.
—No todavía.
Elías dio un paso al frente.
—Mi señor...
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ERES MIA
VampireUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
