Capitulo |25•|

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Alice.

El aire olía a huida.

Subí al coche de Dominic antes de permitirme pensar demasiado. La puerta se cerró detrás de mí con un sonido seco, definitivo, y por un instante tuve la sensación de que acababa de abandonar algo más que una fraternidad universitaria.

Como si hubiera dejado una parte de mí enterrada bajo la nieve.

Dominic no preguntó qué había pasado. No preguntó por qué estaba temblando. Ni por qué tenía esa expresión de persona que acaba de descubrir algo que jamás debió saber.

Simplemente arrancó el coche.

Y honestamente... eso fue exactamente lo que necesitaba.

Las luces del campus comenzaron a desaparecer detrás de nosotros mientras la nieve golpeaba el parabrisas en pequeñas ráfagas silenciosas. Afuera, Alaska parecía un cadáver hermoso: blanca, inmóvil, congelada hasta los huesos.

Apoyé la cabeza contra la ventana.

Las palabras de Cassandra seguían girando dentro de mi cabeza como un maldito eco.

Arrancada de algún lugar.

Mal pegada aquí.

Algo observándome a través de ti.

Cerré los ojos apenas un instante.

No quería pensar en Aaron.

No quería pensar en el cielo abriéndose dentro de mis recuerdos.

No quería pensar en Jasper.

Ni en mí.

Sobre todo, no quería pensar en mí.

—¿A dónde vamos? —pregunté después de casi una hora de carretera vacía.

Dominic siguió mirando al frente.

—Lejos.

La respuesta fue simple.

Y por eso mismo me gustó.

No prometía salvarme. No intentaba arreglarme. Solo me ofrecía distancia.

Las últimas casas habían desaparecido hacía rato. Ahora solo quedaban árboles oscuros, montañas cubiertas de nieve y kilómetros interminables de carretera negra.

El paisaje parecía sacado de una película de terror.

Y aun así, me sentía más tranquila ahí que dentro de Delta Gamma.

—¿En qué piensas? —preguntó Dominic.

Solté una pequeña risa seca.

—En que probablemente me estoy volviendo loca.

Dominic no se rió.

La luz azulada del tablero le partía el rostro en sombras frías. Hermoso. Quieto. Irreal.

Como si el mundo humano jamás hubiera terminado de pertenecerle del todo.

—No estás loca —dijo al fin.

Lo miré.

—Eso diría exactamente alguien que quiere llevarme al bosque para matarme.

Una sombra de sonrisa apareció en su boca.

—Si quisiera matarte, no habría conducido una hora.

—Qué considerado.

—Tengo mis momentos.

El silencio volvió.

Pero no fue incómodo.

Era de esos silencios peligrosos que no te exigen nada, y precisamente por eso terminan abriéndote la piel.

ERES MIA  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora