La sentencia del collar
Alice
No pude dormir.
El collar pesaba sobre mi mesa como si tuviera vida propia. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía, lo sentía, lo escuchaba. El metal parecía susurrar mi nombre, recordándome que el tiempo se me escurría entre los dedos.
Elif dormía al otro lado de la habitación, ajena al remolino que me desgarraba por dentro. Quise despertarla, contarle lo que Jasper me había entregado, pero me quedé callada. No era justo cargarla con algo que ni yo misma entendía.
Me levanté, me acerqué al espejo. La piel de mi cuello seguía roja, ardiendo, como si esa marca invisible no quisiera sanar. Toqué el lugar y un escalofrío me recorrió.
Pensé en Jasper.
No era el mismo. No hacía falta que lo dijera; lo vi en sus ojos, en la sombra cansada de su rostro, en la manera en que me evitaba cuando nuestras miradas se cruzaban demasiado tiempo. Algo dentro de mí gritaba que estaba perdiéndolo, pero mi boca no se atrevió a pronunciarlo.
Tomé el collar con cuidado. El frío del metal se aferró a mi piel y por un instante juré escuchar de nuevo su voz: "El tiempo se acaba."
Tragué saliva, sintiendo que el aire se espesaba.
Y entonces lo sentí.
La habitación cambió.
El frío ya no venía de afuera, de la nieve golpeando la ventana. Era un frío distinto, más denso, más antiguo. La luz de la lámpara parpadeó una vez, como si algo la hubiera rozado.
No necesité girarme.
Sabía quién estaba ahí.
—Tardaste —murmuré, sin fuerzas para fingir sorpresa.
Aaron estaba de pie junto a la ventana, impecable, con esa calma peligrosa que siempre lo acompañaba. Sus ojos dorados me atravesaban, brillando como brasas en la penumbra.
—No suelo apresurarme cuando el destino ya está escrito —respondió con suavidad.
Me odié a mí misma porque, a pesar de todo, su voz seguía erizándome la piel.
—¿Lo sabías? —pregunté, apretando el collar en mi puño—. ¿Sabías que Jasper iba a darme esto?
Aaron ladeó la cabeza, casi divertido.
—Nada en este tablero se mueve sin que yo lo perciba. Jasper solo entregó lo que nunca le perteneció.
Sus palabras me atravesaron como cuchillas.
—¿Qué significa? —exigí, la voz quebrada—. ¿Qué es este collar?
Aaron se acercó un paso, sus manos relajadas, pero su mirada cargada de un fuego que quemaba más que el frío de la habitación.
—Es una sentencia, Alice. Una llave, sí... pero toda llave abre y cierra al mismo tiempo. Si lo usas, no solo despertarás lo que duerme dentro de ti. También perderás algo más.
Tragué saliva, los dedos temblando alrededor del metal.
—¿Qué?
Él se detuvo frente a mí. Bajó la mirada hacia mi cuello, hacia la marca que ardía bajo mi piel, y por un segundo su expresión se suavizó.
—A ti.
El silencio me golpeó con más fuerza que cualquier verdad.
Me eché hacia atrás, intentando escapar de sus palabras, de sus ojos, de esa mezcla de amenaza y ternura que lo envolvía todo.
—No te creo —susurré, aunque mi voz sonaba hueca.
Aaron sonrió apenas, sin alegría.
—No importa que me creas. Importa lo que decidas.
Me odié porque tenía razón. Con Aaron siempre era así. No importaba si decía la verdad o mentía; sus palabras se clavaban como anzuelos en la mente y se quedaban ahí, envenenando todo.
—¿Por qué volviste? —pregunté al fin.
Él rió bajo, un sonido suave, casi humano, pero que en mi pecho sonó como un trueno.
—¿Acaso me extrañaste?
—No juegues conmigo —escupí, apretando más el collar.
Sus ojos se estrecharon apenas.
—Te equivocas, Alice. Yo nunca juego. Todo lo que hago es necesario.
Lo odiaba. Lo odiaba porque sabía que esa frase podía ser verdad... o la peor de sus mentiras.
Aaron caminó lentamente hacia el escritorio, donde los libros y papeles se amontonaban. Tomó uno cualquiera, lo hojeó sin interés, y luego lo dejó en su lugar.
—Tus padres —dijo, como si hablara del clima.
Sentí que el corazón me caía al estómago.
—¿Qué sabes de ellos?
—Que no están muertos. —Su mirada regresó a mí, tan dorada y peligrosa como siempre—. Pero tampoco vivos.
El aire se me atascó en la garganta.
—¿Dónde están?
Él sonrió, despacio, como si disfrutara cada segundo de mi desesperación.
—En un lugar donde solo alguien como yo podría alcanzarlos.
—¿Y por qué no lo haces? —pregunté, con la rabia temblando en mi voz—. ¿Por qué no los salvas de una maldita vez?
Aaron se inclinó hacia mí, tan cerca que pude sentir su aliento frío.
—Porque no me lo has pedido.
Mi cuerpo entero tembló. Parte de mí quería gritarle, exigirle, arrodillarme si era necesario. La otra parte sabía que esa era su trampa: obligarme a depender de él.
Aaron retrocedió, dándome espacio, como si me hubiera leído la mente.
—Jasper se consume —añadió—. Dominic busca soluciones que no existen. Y tú... tú sigues jugando a ser humana.
—Soy humana —murmuré, casi en defensa propia.
Aaron negó con la cabeza.
—Eres Rosalie. Y cuando finalmente despiertes, ni tú misma sabrás qué recuerdos fueron reales y cuáles sembré yo en tu mente.
Mis piernas flaquearon.
Él sonrió, satisfecho con mi reacción.
—El collar te obligará a elegir —dijo finalmente, y su voz se volvió tan suave que casi sonó como ternura—. Entre lo que amas... y lo que temes.
Y entonces desapareció.
Sin un sonido. Sin un gesto dramático. Simplemente se deshizo en la penumbra, dejándome sola con el collar apretado contra el pecho.
Me derrumbé en la cama, los ojos fijos en la nada.
El collar ardía.
Mi cuello ardía.
Y mi cabeza repetía las mismas palabras una y otra vez:
¿Qué parte de mi vida fue real... y qué fue sembrada por él?
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ERES MIA
VampireUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
