Puertas que no deberían abrirse
¿?
La sangre dejó de cantar.
El frasco, aún tibio en mi mano, se aquietó como un animal domado a la fuerza. En su interior, la esencia del lobo palpitaba con terquedad, el eco de una vida que se aferraba a sí misma como si su orgullo pudiera desafiar al tiempo. Cada gota ardía, pesada, como si el cristal contuviera un pedazo de luna en agonía. Lo levanté hacia la luz titilante de las velas y vi cómo las runas en su superficie dejaban de arder para hundirse en un letargo profundo.
El pacto estaba sellado.
Y el precio... ya había comenzado a cobrarse.
Jasper respiraba con dificultad. No era la respiración de un guerrero herido ni la de un animal en reposo; era la de un hombre que ya no pertenece del todo a este mundo. Su piel comenzaba a perder la firmeza, a resquebrajarse en las líneas invisibles de la vejez. No había muerte inmediata, no: el buen arte nunca mata de golpe. Lo rompe desde adentro, despacio, como el hielo que revienta un lago en silencio, capa tras capa, hasta que todo colapsa.
Dejé el frasco sobre la mesa de obsidiana. El material absorbió su calor como si también quisiera alimentarse de su esencia. Cerré los ojos y escuché. No con los oídos, sino con el silencio. Las piedras me devolvieron un eco que viajaba como un hilo invisible, atando esta sala a otra, a kilómetros de aquí, en la fraternidad. El regalo ya estaba en su lugar. La cadena reposaba en su cuello. El vínculo se había cerrado.
Sonreí. Nada en esta ciudad de nieve se mueve sin que yo lo sepa. A dos cuadras de ese refugio humano, la casa que preparamos ya se encuentra lista. Sus paredes aceptan secretos como si hubieran nacido para guardarlos. Y pronto, también guardarán lo que resta de él.
Me incliné hacia el lobo. Estaba sentado, con la frente cubierta de sudor y la mirada perdida en un punto entre la vida y la nada. Quiso hablar, pero solo un quejido escapó de su garganta.
—Descansa, lobo —susurré, con voz suave, venenosa—. Lo poco que queda de ti está donde siempre debió estar.
No le ofrecí consuelo. La verdad nunca consuela. Solo desgarra.
Me incorporé, ajustando la capa sobre mis hombros. El frasco volvió a mis manos. Lo oculté entre los pliegues de mi ropa y la noche se inclinó ante mí, como si reconociera a su verdadero dueño.
El sacrificio había sido hecho.
El tablero estaba listo.
Y ahora, cada movimiento nos acercaría al final.
Alice
El amanecer me encontró despierta.
La luz gris de Alaska se filtraba por la ventana, débil, como si el sol temiera asomarse a este lugar. Lo primero que sentí fue el frío... y luego el peso en mi cuello.
El collar.
Me incorporé de golpe, palpando el metal bajo mi camiseta. No recordaba haberlo puesto. No recordaba siquiera haberlo tocado desde que lo dejé en la mesa. Y, sin embargo, ahí estaba: frío como hielo, pero vibrando como si tuviera un pulso propio.
Tragué saliva. No quería pensar en lo que eso significaba.
Elif bostezó al otro lado de la habitación. Me observó con esos ojos que siempre parecen ver más de lo que deberían.
—Te ves fatal —dijo, sin rodeos.
—Gracias, qué halago —murmuré, intentando sonreír.
—No, en serio, Ali. Estás pálida... y tus ojeras dan miedo. ¿Otra vez no dormiste nada?
Me encogí de hombros. No podía decirle la verdad. No a ella. No cuando lo único que ha hecho es quedarse a mi lado sin hacer preguntas imposibles.
—Pesadillas —mentí.
Elif apretó los labios, como si quisiera insistir, pero al final solo negó y se fue al baño.
El bullicio de la casa llegó a mí antes de bajar las escaleras: voces, risas, golpes contra la mesa. El caos de siempre.
En la cocina, Nathan estaba discutiendo con Erick sobre quién había dejado la pizza vieja en el horno. Cameron bebía leche directamente del cartón mientras Liam narraba con dramatismo una historia inventada de "el espíritu que ronda Delta Gamma".
—¡Alice! —exclamó Nathan, al verme entrar—. Pensamos que te habías mudado con los rusos.
Las carcajadas estallaron. Yo sonreí, pero mis manos se aferraron al borde de la mesa para no mostrar que me temblaban.
—O con un culto satánico, ya no sé —añadió Liam, levantando las cejas.
Elif apareció detrás de mí y le dio un manotazo en el brazo.
—Idiota.
Los chicos siguieron riendo, peleando, empujándose. Un desayuno normal en Delta Gamma. Y, sin embargo, nada en mí se sentía normal. El collar ardía bajo la tela de mi camiseta, quemando como un recordatorio de que Jasper... Jasper ya no estaba bien.
Me serví café. El olor me revolvió el estómago. Miré a mi alrededor: todos seguían en su propia burbuja, hablando de tareas, fiestas, cualquier cosa. La vida seguía.
Pero dentro de mí, algo se quebraba.
Un destello me atravesó de repente. Una imagen fugaz. Jasper, sentado en una mesa de madera, las manos temblorosas, el rostro marcado por arrugas que no deberían estar ahí. Y una voz. No su voz, sino un eco oscuro que susurraba: "El tiempo se acaba."
El café se me derramó sobre la mano. Solté la taza y cayó al suelo, hecha añicos.
—¡Ali! —exclamó Elif, corriendo hacia mí.
Me agaché rápido, recogiendo los pedazos antes de que ella pudiera ver mi cara. El collar palpitaba contra mi pecho, como si se burlara.
—Estoy bien —mentí, con la voz demasiado baja—. Solo estoy... cansada.
Elif no parecía convencida, pero los chicos ya habían vuelto a sus tonterías. El mundo seguía, aunque el mío se estaba desmoronando.
Me puse de pie, guardando silencio. Nadie lo notó, pero lo sentí: algo de Jasper se había quebrado esa mañana. Algo que ya no iba a volver.
Y yo... yo llevaba la prueba colgada al cuello.
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ERES MIA
VampirosUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
