Capitulo |43•|

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El sacrificio de la sangre
¿?

El aire del subterráneo pesaba como plomo. Ni un insecto se atrevía a moverse. El silencio no era vacío: estaba vivo, expectante, como si las paredes mismas aguardaran el momento de presenciar un crimen antiguo.

Jasper se sentó frente a mí. No era el inmortal testarudo que había desafiado a demonios y vampiros, sino un hombre exhausto. Sus manos temblaban, los nudillos blancos, los ojos enrojecidos. Las arrugas finas alrededor de su boca parecían multiplicarse con cada respiración. El tiempo —ese verdugo que había evitado por siglos— lo estaba alcanzando.

Puse el frasco de cristal sobre la mesa. Sus runas se encendieron como brasas, esperando.

—Aquí tienes —le dije—. Una sola gota bastará para sellarlo.

Jasper no lo tocó. Su respiración se agitó.

—¿De qué sirve? —preguntó, la voz rota—. ¿De qué sirve si ella queda sola? ¿Si yo muero y Alice me pierde igual?

Sonreí, despacio. Siempre llegaba esa pregunta. Siempre.

Me incliné hacia él, dejando que mis palabras fueran un veneno dulce:

—No hablas de morir, lobo. Hablas de trascender. Tu cuerpo caerá, sí... pero tu esencia no. Esta sangre no será tu final, sino tu puente.

—¿Puente? —repitió Jasper, incrédulo.

—Un plano más allá del que comprendes. Llámalo astral si quieres. Donde la carne no importa, donde la eternidad no es condena sino vínculo. Ni el cielo ni el infierno podrán separarte de ella. Cuando respire, estarás en ese aliento. Cuando sueñe, caminarás en sus sueños.

Sus labios se entreabrieron. El temblor en sus manos no era solo físico: era la grieta de alguien que quiere creer.

Recité, como quien evoca una escritura perdida:

"La sangre reclama lo que ama. Y cuando se derrama con voluntad, abre caminos que ni ángeles ni demonios se atreven a cerrar."

Jasper apretó los dientes. Una lágrima rodó por su mejilla.

—¿Y si no es verdad? —susurró, casi un ruego.

—Lo será porque lo eliges —respondí, con firmeza suave—. Porque ella sentirá en lo profundo que nunca la dejaste.

El silencio se extendió. Entonces asintió.

Pinché su dedo con la aguja de plata. La primera gota cayó en el frasco y chisporroteó como fuego líquido. No era rojo, sino un carmesí oscuro, espeso, que vibraba con cada latido. Cada gota que caía iluminaba una runa distinta, hasta que el círculo entero brilló como un sello prohibido.

Jasper jadeaba. Su piel palidecía, su cabello perdía brillo, los músculos parecían hundirse. Era como si décadas lo arrastraran en segundos.

—Basta... —balbuceó, tambaleante.

—Un poco más —lo guié, implacable—. Tu esencia debe trenzarse completa.

Él cerró los ojos, entregado. Otra gota, y otra. Hasta que el frasco estuvo casi lleno, latiendo como un corazón atrapado en vidrio.

Se desplomó en la silla, sudoroso, los labios amoratados. Tenía el aspecto de un hombre que había vivido cuarenta inviernos más en un instante.

Me incliné hacia él, acariciando la verdad con la crueldad de una promesa:

—Está hecho. No desaparecerás, Jasper. Caminarás junto a ella en la eternidad. Aunque nunca pueda verte, aunque nunca pueda tocarte, sentirás su aliento, y ella sentirá el tuyo. Ni el cielo ni el infierno podrán romper este pacto.

Él esbozó una sonrisa rota, apenas un gesto que le tembló en los labios.

—Eso es... todo lo que necesito.

Sus ojos se cerraron, exhaustos, pero no muerto. No aún.

El frasco en mis manos ardía con su sacrificio. Y yo sabía lo que él no: que ningún pacto hecho en la oscuridad se cumple sin un precio oculto.

El sacrificio estaba sellado.
El lobo ya no era dueño de su destino.

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