(continuación)
Corrí en dirección a mi amiga, sintiendo cómo el corazón me latía con una fuerza brutal, como si quisiera escapar antes que yo. Elif ya estaba en el suelo. La sangre se expandía sobre su vestido como una mancha espesa y carmesí. La bala le había dado en el pecho. Jadeaba, apenas consciente, con los ojos empañados y el rostro lívido. Mi garganta se cerró.
—¡Elif! ¡Elif, mírame! —me arrodillé junto a ella, tomándole la mano temblorosa—. ¿Estás bien? Perdón, obvio que no estás bien, pero yo... yo estoy aquí, ¿sí?
Ella parpadeó, su voz era apenas un susurro.
—Alice... corre... ellos vienen por ti...
—¿Quiénes vienen? ¿Qué estás diciendo?
—Atrapen a la chica —rugió una voz masculina, seca, a solo metros de distancia.
Giré la cabeza de golpe. Eran tres hombres. Iban armados, vestidos de negro, con pasamontañas. No eran estudiantes. No eran parte de la fiesta.
—¡Corre! —repitió Elif, con más fuerza de la que pensé que aún tenía—. Yo voy a estar bien...
Mentía. Lo supe. Pero el miedo era una ola que me empujaba sin darme opción.
Le apreté la mano una última vez, sintiéndome una traidora, y me lancé a correr sin mirar atrás. No sabía si estaba haciendo lo correcto. No sabía si debía quedarme. Solo sabía que si ellos me atrapaban, sería el final.
El camino más rápido fuera del campus era el bosque. Oscuro, espeso, helado. Un lugar que nunca me había atrevido a cruzar sola ni de día, mucho menos en plena noche. Pero no tenía elección.
Corrí. Corrí como si mi vida dependiera de ello, porque lo hacía. El aire gélido quemaba mis pulmones y las ramas arañaban mi piel mientras me internaba entre los árboles. El corazón martillaba en mis oídos, y los pasos detrás de mí seguían cada vez más cerca.
—¡Esconderte solo empeorará las cosas, mi querida Alice! —gritó uno de ellos con una voz burlona—. Si te entregas, no te haremos daño...
Mentira.
Lo supe por la manera en que lo dijo. Por el tono perverso que lo envolvía todo.
Me escondí detrás de un tronco caído, temblando. Pero no era suficiente. Si se acercaban, me verían. Tenía que pensar. Tenía que moverme. Trepé con dificultad a un árbol, raspándome las manos y las piernas con la corteza húmeda, rezando para que la oscuridad jugara a mi favor.
—Esta es tu última oportunidad, preciosa... —dijo una voz justo debajo de mí—. Tú decides si quieres hacer las cosas a las malas.
Contuve el aliento.
Él estaba ahí. Bajo el árbol. Y no me había visto. Aún.
—Puedo escuchar tu respiración agitada —rió entre dientes, con un tono monstruosamente satisfecho—. No puedes escapar de mí.
Intenté contener el aire, pero mis nervios traicionaban cada esfuerzo. Estaba segura de que si se movía dos pasos más, me vería.
—Te lo advertí —rugió de repente.
Y entonces sentí su mano. Brutal. Fría. Apretando mi cabello con violencia.
Grité, y caí.
El impacto contra el suelo me dejó sin aire. Intenté arrastrarme, pero él me tomó por el cuello y me levantó como si no pesara nada.
—P-por favor... —tartamudeé, con la voz rota—. Yo no he hecho nada malo...
—¡Cállate! —me gritó, y su mano me cruzó la cara con tal fuerza que mi cabeza giró hacia un lado. El sabor metálico de la sangre me llenó la boca. Sentí el labio abrirse.
Él me miró, sus ojos brillando con una intensidad antinatural. Pasó un dedo por mi labio partido, y luego, con una sonrisa retorcida, se llevó la sangre a la boca.
—Mmm... deliciosa. Si no fuera porque me pagan bien por mantenerte con vida... ya no estarías respirando.
Y entonces lo vi.
Sus ojos se tornaron rojo carmesí. Sus colmillos... colmillos reales, afilados, crecieron como una pesadilla hecha carne.
Retrocedí arrastrándome, horrorizada.
—¿Q-qué eres tú? —susurré, helada.
—¡Marcus, basta! —gritó una voz masculina detrás de él.
Un chico más joven, de no más de diecisiete, apareció entre las sombras. Pálido. Serio.
—Te recuerdo que no podemos hacerle daño. El jefe fue claro.
—¡Pero su sangre! —protestó Marcus, frenético—. Me está volviendo loco.
—¡Basta! —repitió el otro—. Ahora, ven niña. Vámonos. No deberías provocarlo más.
Me agarró con fuerza del brazo, pero no fue violento. Me condujo hacia un auto negro estacionado entre los árboles. Marcus se quedó mirándonos, los ojos inyectados de hambre, pero no se movió.
Me subieron al asiento trasero, y el motor rugió al instante.
—¿Qué quieren de mí? —pregunté en voz baja, temblando.
—Lo sabrás pronto. El jefe ha dicho que es hora. Que debes estar con él.
—¿Qué jefe? ¿Quién es? ¿Por qué yo?
—No hagas preguntas —dijo, serio—. Si te portas bien, no te pasará nada. Pero si haces una sola tontería, tendré que taparte la boca.
Asentí. No quería que me amordazara. Apenas podía respirar como estaba.
Mi mente viajaba a Elif. A sus ojos asustados. A su cuerpo sangrando en la nieve. A Jasper. ¿Estaba bien? ¿Se había enterado de lo que ocurrió? ¿Alguien más estaba herido? ¿Alguien más... muerto?
—Voy a tener que taparte los ojos —anunció el chico—. No puedes saber a dónde vamos.
—No, por favor —supliqué—. Prometo que no voy a intentar escapar. De verdad.
Él me miró con lástima. Era un gesto pequeño. Pero fue casi... humano.
—Son órdenes del jefe. Pero antes voy a limpiar esa herida. No debes llegar sangrando.
Sacó una pequeña toalla del asiento del copiloto, la humedeció con algo de alcohol, y limpió con cuidado el corte de mi labio. Luego, colocó una venda.
—Listo —dijo con una sonrisa tenue.
Y contra todo pronóstico, me sentí... segura.
Era absurdo.
Estúpido, incluso.
Pero entre todo el caos, ese chico —a quien no conocía, que era parte de mi secuestro, que podía ser igual de peligroso que Marcus— me transmitía una extraña sensación de calma.
Aunque algo en mi interior me gritaba que esa paz era solo un espejismo.
Porque lo peor... aún estaba por comenzar.
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ERES MIA
VampiroUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
