Entre dos mundos.
El sabor amargo en mi boca es lo primero que noto al despertar. Lo segundo... el frío.
No el frío normal. No el de la nieve que se estrella contra los ventanales de la casa, ni el que se cuela por las rendijas mal cerradas. Es otro frío. Más profundo. Un vacío que se instala bajo la piel y que no se llena ni con mantas ni con palabras de consuelo.
Parpadeo, reconociendo el techo de madera oscura, las cortinas pesadas, el murmullo lejano de la chimenea. Estoy en la casa de Aaron.
Me toma unos segundos recordar cómo llegué aquí. O mejor dicho... cómo salí de allí.
La Estación de los Olvidados.
Ese lugar imposible de describir con palabras humanas. Suspendido entre planos, una grieta antigua que ni el Cielo ni el Infierno reclaman por completo. Allí flotan los ángeles caídos que no fueron lo suficientemente oscuros para perder toda su luz, ni lo bastante puros para regresar. Olvidados. Rotos. Eternos.
Ahí la vi.
Rosalie.
Y por primera vez entendí por qué todos temen su regreso.
Ella no es... yo. Ni una versión antigua de mí. Es otra. Una entidad independiente. Un ángel caído con siglos de traición y poder en sus alas desgastadas.
Su imagen me persigue como un tatuaje grabado en la mente. Belleza irreal, pero fracturada, como una estatua de mármol resquebrajada por el paso del tiempo. Sus alas, vastas, de un gris ceniza manchado por su caída. Su piel, pálida y perfecta, rota en su esencia. Y sus ojos... sus ojos grises, infinitos y vacíos, como si contuvieran el peso de todo lo que perdió.
Su voz aún retumba en mi cabeza. No recuerdo palabra por palabra lo que me dijo... pero la idea fue clara. Algo como: "No puedes escapar de lo que eres. Y lo que yo fui... pronto serás tú."
Un escalofrío me recorre.
Intento incorporarme, pero el cuerpo me pesa, como si la gravedad en esta habitación fuera distinta. Todo parece más denso. Más irreal.
Al otro lado de la habitación, Aaron.
Está sentado en un sillón junto a la ventana. Sus codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas, la mirada clavada en mí. No dice nada, pero su sola presencia llena el espacio. Una mezcla de poder contenido y... algo más. Algo que nunca sé si es preocupación real o simple cálculo.
—¿Despertaste? —su voz grave rompe el silencio.
Intento responder, pero mi garganta está seca. Él se acerca en dos pasos fluidos, su andar elegante y amenazante al mismo tiempo. Me extiende un vaso de agua y lo acepto. Mis manos tiemblan.
—¿Cuánto tiempo estuve... así? —pregunto, mi voz apenas un susurro.
—Horas —responde, con el ceño levemente fruncido—. Elif te dio esa pastilla para que descansaras. Pensé que despertarías antes.
Asiento, tragando saliva.
La escena regresa a mi mente: Elif, su rostro pálido, su voz insistente en que necesitaba descansar, el frasco blanco en sus manos y una yo, que aunque detesto ingerir cualquier tipo de pastillas, necesitaba descansar, sin duda alguna, nada mejor que un buen descanso para poder pensar con cabeza fría... o al menos eso pensaba en ese momento.
No sabía que lo peor comenzaría justo al cerrar los ojos.
—No fue un sueño —murmuro, y lo veo tensarse de inmediato.
Aaron no pregunta cómo lo sé. Él también lo sabe.
—La Estación —dice con un dejo de rencor en la voz.
Asiento.
—Rosalie estaba allí —mi garganta arde, pero lo digo igual—. Me habló. Me... advirtió.
Aaron cierra los ojos un instante, como si intentara contener algo que bulle bajo su piel.
La puerta se abre.
Dominic aparece apoyado en el marco, los brazos cruzados, los ojos fijos en mí. Esa mezcla suya de arrogancia y... preocupación que ya he aprendido a leer.
—Entonces la viste —afirma, sin necesidad de que lo explique.
Asiento. Todo en mi cuerpo tiembla, pero no por el frío exterior. Por dentro... es otra cosa. Miedo. Y algo peor: incertidumbre.
Dominic camina hacia nosotros, su mirada alternando entre Aaron y yo.
—¿Qué te dijo? —pregunta, su tono cortante.
Cierro los ojos un instante, el recuerdo aún me quema.
—No recuerdo exactamente las palabras —admito—, pero... dijo que va a despertar. Que cuando eso pase... yo voy a desaparecer.
El silencio cae como un golpe seco.
Aaron frunce el ceño. Dominic suelta una risa amarga, sin humor.
—Lo sabía —masculla—. Ya no es cuestión de "si". Es "cuándo".
Aaron lo fulmina con la mirada.
—Jasper traerá el... —se detiene un segundo— el fragmento. Y con eso, frenaremos todo.
Dominic suelta un bufido incrédulo.
—¿De verdad crees que un simple objeto va a detenerla? ¿A Rosalie? —se ríe entre dientes, su expresión amarga—. Ni tú, Aaron, con toda tu arrogancia celestial, pudiste frenarla la última vez. ¿Por qué sería distinto ahora?
Aaron avanza un paso, su aura oscureciéndose, el brillo dorado de sus ojos ardiendo como brasas.
—Porque ahora hay algo que no existía antes —responde, y sus ojos se clavan en mí—. Alice.
Mi estómago se revuelve.
No me lo creo. No del todo. Veo su mirada. Su tono suena protector... pero hay un matiz que me hiela la sangre.
Él me mira... pero no soy yo lo que ve.
Busca a Rosalie. Siempre ha sido ella.
Dominic parece leer mi mente, su expresión se endurece.
—No mientas, Aaron —espeta—. Puedes protegerla, sí. Puedes jugar a que te importa... pero todos sabemos a quién esperas en realidad.
Aaron no responde. Pero no necesita hacerlo.
Lo veo en sus ojos.
Soy un peón. Un recipiente. Un cuerpo en disputa entre lo que fui... y lo que quieren que sea.
Dominic se acerca, su tono más bajo, su expresión más... real.
—Te guste o no, Alice, ya formas parte de esto —dice, sin rodeos—. La guerra está en marcha. Los bandos se alinean. Y cuando Rosalie despierte... tendrás que elegir.
Un escalofrío me recorre.
Aaron niega con la cabeza.
—Ella no va a desaparecer —dice, con esa máscara suya de falsa seguridad—. No lo permitiré.
Dominic lo observa en silencio. No dice nada. Porque ambos saben que la decisión... no está en sus manos.
Está en las mías.
Y lo peor es que ya no sé si sigo siendo suficiente... para tomarla.
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ERES MIA
VampirosUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
