Capitulo |40•|

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¿?

Rosalie...
Incluso en el cielo fue diferente.
Nadie imaginó que se enamoraría de un ángel caído. Ni siquiera su hermano lo vio venir. Era perfecta, celestial... pero terminó encerrada en un lugar reservado solo para los más temidos: demonios con el poder suficiente para arrasar la Tierra.
Y si ella está ahí, entonces Rosalie guarda un poder oscuro que ni siquiera conoce.

—¿Me puedes decir qué mierda quieres ahora? —La voz de Jasper me sacó abruptamente de mi ensimismamiento.

—Jasper, Jasper, Jasper... —lo miré directamente a los ojos con una sonrisa ladeada—. El destino suele ser trágico, ¿no crees? Tantos siglos esperando por tu alma gemela, por tu luna... y cuando finalmente la encuentras, resulta ser la reencarnación de un ángel cuyo destino es destruir el mundo.

Él negó con fuerza, los ojos cargados de frustración.

—¡Ella no es Rosalie! —gritó—. Alice no es mala.

Perfecto. Su negación lo delata. Él es el indicado para mis planes.

—Alice es solo un alma utilizada para ocupar el lugar de Rosalie. Sabes bien que ese cuerpo no le pertenece. No estaría viva si no fuera por el idiota de Luzbel.

Lo observé. Su rostro estaba más pálido de lo habitual, los hombros caídos... y esa chispa apagada en su mirada. El hechizo que lo protegía se ha roto.

—¿Cuánto tiempo llevas con vida? —inquirí, examinando sus gestos.

—Dejé de celebrar mis cumpleaños hace mucho tiempo. ¿Por qué?

Mi sonrisa lo desconcertó. Si mis teorías son correctas, Jasper ha vuelto a ser un simple licántropo... lo que significa que comenzará a envejecer, rápido. Muy rápido.

—¿Hace cuánto comenzaste a envejecer? —le señalé el cuerpo con sutileza.

La pregunta lo sacudió como una descarga eléctrica. Jasper vaciló. Se llevó las manos a las sienes, como si de pronto todo el cansancio acumulado de siglos se condensara en ese instante.
Sus ojos... un azul helado, más pálido que nunca. Parpadeó, y entonces sucedió: el azul y el blanco desaparecieron. Solo quedó la negrura absoluta.

—¿Desde cuándo te sucede eso? —pregunté, cada palabra un dardo directo.

—Desde hace unas semanas... desde que vi...

—A Nemeth —lo interrumpí—. Claro. Por eso el hechizo se rompió.

Se quedó en silencio, paralizado. Como si de pronto todo encajara.

El auto se detuvo. Bajamos sin decir una palabra. Tengo exactamente veinticuatro horas para convencerlo. Si no es por las buenas, las malas siempre han sido mi especialidad.

La casa a la que llegamos es una burla al concepto de discreción. Una fachada pálida, columnas coronadas por gárgolas y una escalera desproporcionada. Uno pensaría que aquí vive un dios. Pero no. Aquí manda un demonio.

—No quiero que me interrumpan —ordené—. A menos que venga Nemeth.

Entré con Jasper. Me intriga ver su cuerpo deteriorarse. Sabía que sucedería, pero no tan pronto.

Dos guardias más nos escoltaron a una oficina monumental, protegida con hechizos contra magia oscura. Ironías del inframundo: el dueño es un demonio.

—Ahora sí, ¿me vas a decir qué demonios quieres? —Jasper rompió el silencio. El negro se retraía en su pupila, pero su iris aún brillaba con esa tonalidad antinatural.

—Seré honesto contigo. El hechizo se rompió.

Su rostro se tensó.

—¿Qué hechizo?

—¿De verdad creíste que eras distinto solo porque tu sangre se mezcló con la de un vampiro? —reí. Su furia me divertía—. Aunque eso ayudó, claro. Pero hubo algo más. ¿O ya olvidaste que incluso sobre nosotros hay un Dios?

—Dios dejó de preocuparse por nosotros hace siglos. No me digas que me salvó la vida.

—No te salvó —dije, sin quitarle la mirada—. Solo no envió al ángel de la muerte por ti. Y eso se lo debes a Luzbel.

—¿Qué tiene que ver Luzbel con todo esto?

—¿Conoces la historia de Nemeth? —él asintió—. Pues contigo ocurrió algo similar. Dios se hizo a un lado, y Luzbel —o Aaron, como insiste en llamarse ahora— vertió sangre de su esencia sobre ti. Eso te volvió inmortal... por un tiempo.

—No entiendo una mierda de lo que estás diciendo. ¿Estás diciendo que me estoy... muriendo?

—Exactamente. Y no lentamente. Mañana tendrás el cuerpo de un hombre de cuarenta años. Para el final de la semana... serás polvo.

—¡No, no! —Jasper retrocedió un paso, el aliento entrecortado—. No puede ser. Yo... yo no he sentido nada. Solo cansancio. Pero... es normal después de todo lo que pasó, ¿no?

—No es cansancio. Es el principio del fin.

—¡Pero no puede pasar ahora! —gritó, golpeando la mesa—. ¡Alice me necesita! ¡Yo la necesito! ¡No puede terminar así!

—Y sin embargo... está sucediendo.

Jasper se agarró el rostro, como si intentara sostener su existencia con las manos. Su respiración era pesada. Estaba perdiendo el control.

—¿Qué quieres de mí?

—Necesito que le entregues algo a Alice. Un collar... y un mensaje.

—¿Eso es todo?

—No. Después de despedirte, volverás conmigo... y me entregarás tu sangre.

La rabia en sus ojos renació, como un fuego último que se resistía a apagarse.

—¿Y entonces qué? ¿Me matas y ya? ¿Eso es lo que hay para mí? ¿Una muerte bonita a cambio de tu palabra? ¡Yo quiero estar con ella, en vida! Quiero tener una familia, joder. Quiero dormir a su lado. No ser un recuerdo... no ser un maldito espíritu.

—Si me das tu sangre, te lo prometo: tu alma quedará atada a la de Alice. Ni cielo ni infierno podrán separarlos. No habrá más guerras, ni Luzbel, ni Dominic. Solo ustedes. Para siempre.

—¿Y qué garantía tengo? ¿Cómo sé que no es otra trampa? ¿Cómo sé que no vas a desaparecerme y ya?

—No la tienes. Solo tienes mi palabra. O puedes esperar a que tu cuerpo se pudra frente a ella. ¿Eso prefieres?

Jasper apretó los dientes. Los ojos enrojecidos, temblor en las manos. Entonces su voz salió rota, temblando por dentro.

—Esto no está bien. No debería mentirle. No debería esconderle esto. ¡Ella debería saberlo! Pero si se lo digo... me va a detener. Me va a odiar por pensar en irme...

—Y por eso no le dirás nada —dije, firme—. Salvarás a Alice. Harás esto por ella, no por mí.

Él vaciló. Luego se dejó caer sobre la silla, exhausto. Derrotado, pero con un último hilo de voluntad.

—Está bien. Dame el frasco. ¿Y el mensaje?

Sonreí.

—Escucha con atención. Esta vez... no puede haber errores.

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