Capítulo |52• Part 2|

367 12 0
                                        

Sal y Plata

Alice

No recuerdo cuánto tiempo caminé hasta volver a la fraternidad.
El aire helado me cortaba la cara, y aun así no logré borrar de mi cabeza la imagen de Cassandra, sus cartas y esa mirada que no supe si era de compasión o de miedo.
Cuando crucé el umbral de Delta Gamma, el silencio me pareció una bendición.
La casa dormía. Las luces apagadas, los murmullos de la fiesta ya extintos. Todo en calma.

Subí despacio las escaleras y entré a mi habitación.
Elif dormía profundamente, abrazando su almohada con la boca entreabierta. Me quedé observándola un instante, envidiando su paz.
Yo no recordaba la última vez que dormí sin miedo.

El sello en mi cuello seguía ardiendo.
Rosalie no hablaba, pero su presencia se sentía como un eco detrás del pecho.
Me tumbé en la cama, sin desvestirme siquiera, y me quedé mirando el techo hasta que el celular vibró sobre la mesa de noche.

Mensaje desconocido.

"Lo que buscas no se encuentra en templos ni en libros.
La verdad duerme donde la sal toca la plata,
y el eco del sacrificio aún supura entre las sombras.
No vayas sola."

El corazón se me heló.
Era Cassandra. No tenía dudas.

—¿Qué significa eso? —escribí, casi sin pensar.

Pasaron algunos segundos antes de que respondiera.

"Anoche, cuando te fuiste, olvidé darte la última carta.
No quise mostrártela delante de las chicas.
Decía que tu llave te llevará donde todo comenzó.
Allí están tus respuestas."

Mi respiración se volvió irregular.

—¿Te refieres a mis padres?

"No lo sé. Pero el lugar existe.
Plata en las paredes, sal en la tierra.
Nada santo entra, nada demoníaco escapa.
Si lo encuentras, entenderás lo que eres."

Cerré los ojos un momento.
La casa con sal y plata.
Sonaba como una pista, una puerta a algo que no terminaba de comprender.

—¿Por qué no me lo dijiste antes, Cassandra?

"Porque no estabas lista.
Y porque algunos caminos solo se abren cuando la llave sangra."

Leí y releí esa última frase hasta que las letras parecieron flotar.
Rosalie rió en mi cabeza.
—"Llave que sangra"... eso te describe demasiado bien, pequeña.

—Cállate —le dije.

Pero la voz no se calló.
—¿Vas a ir, verdad? Sabes que lo harás.
Aunque te tiemblen las manos, aunque no vuelvas.

No respondí.
Apagué la pantalla y me cubrí con las cobijas, pero no dormí.
La idea de esa casa me perseguía. La imagen del mensaje se repetía en mi mente: no vayas sola.
Cassandra lo escribió como advertencia, pero lo sentí más como destino.

El amanecer llegó sin que me diera cuenta.
La fraternidad olía a café y desvelo.
Bajé a la cocina intentando actuar normal, pero Elif me miró apenas crucé la puerta.

—Tienes ojeras —dijo.

—No dormí bien.

—¿Pesadillas?

—Algo así.

Ella encogió los hombros, ajena a la tormenta que yo arrastraba.
Cuando subí otra vez a mi habitación, el teléfono volvió a vibrar.
Solo una palabra esta vez:

"Ve."

Y lo supe.
Iba a hacerlo.
No podía ignorarlo más.

Elías

El eco de la música aún flotaba en los muros, aunque la fiesta había terminado hacía horas.
Las luces del pasillo seguían parpadeando, y el suelo estaba cubierto de confeti pegado con cerveza seca.
La iniciación había sido un espectáculo patético, pero útil: nadie notaba si alguien más dormía, llegaba o desaparecía.

Ella bajó las escaleras con el cabello suelto, los ojos hinchados, y esa mezcla de rabia y fragilidad que hace que incluso los demonios duden si acercarse o arrodillarse.
Yo no dudé.

—No pareces alguien que haya dormido bien —dije, apoyado contra el marco de la puerta.

Alice se detuvo en seco.
Su mirada se clavó en mí como un cuchillo.

—¿Otra vez tú?

No fue sorpresa lo que hubo en su voz. Fue cansancio. Fastidio.
—¿Qué haces aquí, Elías? —preguntó—. ¿Me sigues o qué?

Sonreí apenas.
—No exactamente. Vivo aquí, ¿recuerdas? La fraternidad me aceptó anoche. Supongo que ya somos compañeros de casa.

—Sí, compañeros —repitió con sarcasmo—. Pero eso no explica por qué apareces donde sea que voy.

Dio un paso más cerca, mirándome directo, sin pestañear.
—Te vi anoche en la fraternidad rosa. Y no me digas que pasabas por ahí, porque nadie pasa por ahí.

Dejé que el silencio hiciera su parte antes de hablar.
—Te vi —admití—. Pero solo porque quería asegurarme de que estuvieras bien. Ese lugar no parecía... seguro.

Ella arqueó una ceja, incrédula.
—¿Y tú qué sabes de lo que es o no es un lugar seguro? —replicó, la voz más firme—. No sabes nada de mí. No sabes quién soy ni lo que busco. Y me molesta, ¿sabes? Me molesta sentir que me observas todo el tiempo. Eres como una sombra pegada, y eso no es normal.

Su tono no era el de una víctima. Era el de alguien que estaba cansada de ser cazada.
Me gustó.
El fuego.
El intento de mantener el control.

—Tienes razón —dije, con un tono grave, casi arrepentido—. No sé todo de ti.
Me incliné apenas hacia ella—. Pero sé reconocer cuando alguien carga un peso que no le pertenece.
Y tú lo llevas como si no te quedara otra opción.

—Deja de decir cosas que no entiendes —murmuró, pero su voz se quebró.

—Tal vez no las entiendo —admití—, pero las reconozco.
Porque he visto esa mirada antes.
—¿Dónde? —preguntó, con la curiosidad asomándose sin querer.

—En los que están a punto de romperse —dije despacio—. Los que aún creen que pueden salvarlo todo, aunque nadie los haya salvado nunca.

El silencio volvió, espeso.
Ella apretó los puños, como si quisiera golpearme y abrazarme al mismo tiempo.

—No necesito que me salves —respondió.

—No vine a salvarte. —Mi voz bajó a un susurro—. Vine a acompañarte. A que, si te rompes, no lo hagas sola.

Ella tragó saliva. La tensión le endurecía el cuello, pero sus hombros bajaron un poco.
Esa fue la grieta. La pequeña rendija por donde podía entrar.

—No confío en ti —dijo, apenas audible.

—No tienes que hacerlo —repliqué—. Solo déjame ir contigo. No voy delante, ni mando. Solo... detrás.

El silencio se estiró un segundo más, y luego ella suspiró.
—Está bien. Pero si me sigues, lo haces bajo mis reglas.

—Por supuesto —sonreí, inclinando la cabeza con respeto fingido—. Tus reglas, Alice.

Ella giró sin mirarme y caminó hacia las escaleras que están en la entrada de la fraternidad.
La vi alejarse, con ese paso decidido que solo tienen los que están a punto de cometer un error necesario.

Y en el fondo de mi mente, la voz de Williams habló con un siseo satisfecho:
—Sabía que cedería. Todos ceden, cuando se sienten solos.

Yo no respondí.
Solo observé cómo Alice subía al coche, ajena a que la casa con sal y plata ya había comenzado a llamarla desde las sombras.

ERES MIA  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora