Capitulo |47•|

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El eco de las cadenas

¿?

La sangre de Jasper seguía vibrando en el frasco, ansiosa, reclamando un destino que ni él ni Alice podían comprender del todo. El vidrio parecía respirar en mi mano, latiendo como un corazón ajeno, vivo en su corrupción. Cada gota era una condena y, al mismo tiempo, una llave.

Los padres de Alice flotaban aún suspendidos en el limbo, prisioneros de un hilo que no pertenecía ni al mundo de los vivos ni al de los muertos. Su piel estaba marcada por símbolos que ardían en tonos rojos y negros, cicatrices que se movían como gusanos bajo la carne. Me arrodillé frente a ellos, siguiendo con los dedos cada trazo. No era un sello humano. Había manos demoníacas aquí, pero no las de Aaron. Williams había invocado fuerzas que normalmente no respondían a vampiros.

Abrí el espejo de sirena que llevaba conmigo a la superficie. Su marco era de hueso, tallado con rostros que gritaban en silencio. Lo coloqué frente a mí, susurré el conjuro, y el agua de su interior se agitó hasta reflejar un rostro que conocía demasiado bien.

Williams.

—¿Lo tienes? —su voz grave atravesó el cristal como si hablara desde debajo de un lago.

—La sangre late con fuerza —respondí, alzando el frasco para que lo viera—. El sacrificio está hecho.

Williams entrecerró los ojos, y por un momento pareció que el dorado de su pupila se volvía más oscuro.

—Bien. Esa sangre nos servirá cuando Rosalie despierte. Pero necesitamos que Alice venga hasta aquí.

Me incliné hacia el espejo.

—¿Cómo piensas lograrlo? No podemos esperar semanas. El tiempo no está a nuestro favor.

Williams ladeó la cabeza, su sonrisa de cazador apenas contenida.

—Ahí es donde entras tú, Elías.

No era común que pronunciara mi nombre. Cuando lo hacía, sabía que venía una orden imposible de rechazar.

—La chica está quebrada —continuó—. Ha perdido a su amiga, duda de todos y carga un collar que no entiende. Lo único que necesita ahora es alguien que parezca lo que ella quiere ver.

—¿Un protector? —aventuré.

—O un hermano. O un confidente. Lo que necesite. Eso serás.

Tragué saliva, aunque el gesto fue más hábito humano que necesidad real.

—Y si Aaron lo percibe...

Williams rió, bajo y áspero.

—Aaron está lejos. Siempre creyó que podía verla todo, pero no es Dios, Elías. Es fuerte, sí, pero tiene puntos ciegos. Y yo sé cómo moverme en ellos.

El espejo vibró. Su rostro se inclinó hacia adelante, y por un segundo la superficie líquida se tensó como si fuera a atravesarlo.

—El tiempo corre. Si no la tenemos pronto aquí, perderemos la oportunidad. Haz lo que debas, pero tráela.

El agua volvió a oscurecerse y el reflejo se apagó. Solo quedé yo, el frasco y los cuerpos suspendidos en su cárcel.

Los miré de nuevo. Los padres de Alice. Sus bocas abiertas, los ojos vacíos, pero aún respirando. Una existencia que no era vida ni muerte.

Me levanté, apretando el frasco contra mi pecho.

—Pronto —murmuré, esta vez para mí mismo—. Pronto vendrá. Y cuando cruce esta puerta... ya no habrá vuelta atrás.

El eco de mis pasos se mezcló con el gemido apagado de las cadenas.

Alice

El frío de la mañana ya no quemaba tanto como las palabras de Dominic. Caminé junto a él un buen tramo por la calle, el viento levantando pequeños remolinos de nieve a nuestro alrededor.

—Ya no queda tiempo, Alice —había dicho, mirándome con esos ojos oscuros que nunca mienten.

No hizo falta que dijera más. Yo lo sentía desde antes, lo había percibido en mi piel, en mis huesos, en el maldito ardor de mi cuello. Pero escucharlo en su voz fue como si alguien clavara la verdad en mi pecho con un hierro al rojo vivo.

Cuando llegamos a la esquina que separaba nuestros caminos, Dominic se detuvo.

—Tú regresa. Yo tengo que seguir con lo mío.

Asentí, sin fuerzas para preguntar qué significaba eso. Lo observé alejarse hasta que su silueta se perdió entre las sombras blancas de la calle, y solo entonces retomé el camino hacia la fraternidad.

El collar seguía frío y pesado contra mi piel, cada paso con él alrededor del cuello era como cargar con un grillete invisible. Al entrar en la casa, el bullicio habitual de los chicos chocó de frente con mi silencio.

Erick y Nathan discutían por el control de la consola, Liam cantaba un reguetón mal sintonizado y Cameron reía con un meme en el celular. Elif se asomó desde la cocina con esa mezcla de cariño y sospecha que me dedica siempre, como si supiera que me estaba hundiendo pero no entendiera en qué.

Me saludaron, bromearon, preguntaron si todo iba bien. Respondí con un "sí" automático que no convenció ni a mí misma. Crucé la sala rápido, sin detenerme, y subí las escaleras.

Ya en mi habitación, me encerré. El collar ardía en mi cuello como si respirara. Mis dedos temblaban al rozarlo, y el pensamiento se hizo insoportable: ¿y si Jasper había muerto al entregármelo?

No podía más. Lo arranqué de mi cuello con brusquedad y lo dejé caer sobre la mesita de noche. El metal chocó contra la madera con un sonido seco, pero la vibración que dejó flotando en el aire fue todo menos inofensiva.

Me senté en la cama, hundí la cara entre las manos. Quise llorar, pero ni eso salió. Solo un vacío seco, agotado.

Me abracé las rodillas, buscando un calor que no encontraba. Entonces lo sentí.

No era frío. No era calor. Era... presencia.

Un cosquilleo recorrió mi espalda, una sombra que no estaba ahí, pero que conocía demasiado bien. Ese aire denso que se colaba en mi piel, esa sensación de que el cuarto se achicaba con solo un parpadeo.

No vi nada. No escuché nada. Pero lo supe.

Aaron.

Susurros sin sonido recorrieron mi mente como un eco lejano. Una voz que no pronunciaba palabras, pero que me recordó lo que Dominic me había dicho: "El tiempo se acaba".

Me giré hacia la ventana, el corazón a mil. La nieve caía en silencio. Nada. Nadie.

Y aun así... estaba segura.

Él estaba cerca. Esperando.

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