Entre rosas y sombras
Alice
El césped era tan verde que parecía falso. Y lo peor: tenía un brillo rosado bajo las farolas. Me quedé parada en la acera, con la boca seca, mientras la mansión de Cassandra me devoraba con sus columnas envueltas en cintas fucsia y las luces blancas titilando como si todo fuera una pasarela.
Ridículo, mascullé en mi cabeza.
El Cielo también se disfrazaba con luz antes de caer, respondió Rosalie, desde esa esquina que nunca calla.
Apreté los puños y subí los escalones. Apenas toqué el timbre, dos chicas salieron. Tenían los labios idénticos, el cabello idéntico, hasta la forma de sostener el vaso de frappé era idéntica. Una me midió con descaro.
—Mira quién regresa... —entonó con voz de burla—. La que no supo decidirse.
—Quizás viene a pedir perdón —añadió la otra, con risita plástica.
Respiré hondo. Iba a contestar, pero la puerta se abrió más y apareció Cassandra. Perfecta. Reluciente. Su vestido rosa parecía cosido a la piel.
—Alice —dijo con una sonrisa de reina—. Qué sorpresa. ¿Vienes a pedirnos un lugar?
Las carcajadas a coro me arañaron el orgullo. Pero levanté la barbilla.
—No. Vine a hablar contigo.
Por un segundo vi en sus ojos algo distinto, una chispa incómoda. Luego lo cubrió con otra sonrisa.
—Déjennos solas —ordenó a las chicas, que pusieron cara de niñas castigadas.
Me hizo entrar. El interior era todavía peor: sofás blancos sin una mancha, cortinas rosas, lámparas como diamantes. Todo asfixiante, tan perfecto que dolía.
Cassandra me guio hasta un salón lateral. Ahí, la decoración cambiaba: velas negras, una mesa baja cubierta con un paño púrpura, y una baraja de cartas que parecía demasiado antigua para estar en ese lugar de muñecas.
—¿Sigues con tus caprichos de respuestas? —preguntó, cruzándose de brazos.
—No son caprichos —le dije—. Necesito saber qué significa esto.
Me aparté el cabello y le mostré el cuello, donde el sello latía como si tuviera vida propia.
Ella se inclinó. Sus ojos dejaron de fingir.
—Ese símbolo no es un adorno. Es una llave. Una maldición. Una deuda. —Tomó las cartas y las barajó lentamente—. Pero supongo que no vas a creerlo hasta que lo veas.
Se sentó y me hizo un gesto para que me acercara. Las cartas cayeron sobre la mesa una a una. La primera mostraba una torre incendiada. La segunda, un ángel con alas ennegrecidas. La tercera, un espejo roto.
El aire se volvió pesado.
—Tu camino está quebrado —dijo Cassandra, con voz grave—. Lo que eres y lo que fuiste pelean en un mismo cuerpo. Y solo una puede ganar.
¿Lo ves? siseó Rosalie, su voz llenándome de hielo. Yo soy la que fui. Tú solo eres la impostora que juega a vivir en mi piel.
Sentí un pinchazo en el corazón.
—¿Y qué... qué pasa si yo gano? —pregunté, temblando.
Cassandra levantó la vista, sorprendida.
—Si tú ganas... morirán todos los que te rodean. Porque la llave no se rompe: se cobra con sangre.
Me quedé sin aire.
Rosalie, en cambio, rió con desprecio. No entiendes nada. No se trata de ganar o perder. Se trata de recordar quién manda. Y nunca fuiste tú.
ESTÁS LEYENDO
ERES MIA
VampirosUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
