capitulo |36•|

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Entre Dos Mundos •Part 2

Alice

El aire en la habitación se vuelve denso, casi irrespirable. El silencio se alarga como una cuerda tensa a punto de romperse, y por un momento me doy cuenta de que no solo estoy atrapada entre dos hombres... estoy atrapada entre dos mundos.

Dominic sigue junto a la puerta, con los brazos cruzados, el ceño fruncido, esa arrogancia suya que raya en lo suicida. Porque aunque su postura grita desafío, el brillo contenido en sus ojos revela que no es estúpido. Sabe exactamente quién está delante de él.

Luzbel.

Aaron no se inmuta. Ni un solo músculo de su cuerpo se tensa. Solo sus ojos... esos malditos ojos dorados que arden como brasas, observándolo como quien mira a un insecto insolente que aún no ha decidido aplastar.

—La estás usando —escupe Dominic, con el veneno impregnado en cada palabra—. La alimentas de mentiras, de falsas promesas. Y cuando Rosalie despierte por completo... Alice va a desaparecer.

El peso de sus palabras me golpea en el pecho. Me duele. Me asfixia.

Aaron apenas ladea la cabeza, su expresión es la misma que tendría un dios aburrido observando a las criaturas discutir sobre su destino.

—Cuidado con tus palabras, vampiro —advierte, su voz es calma, aterciopelada... mortal—. No olvides ante quién estás.

Dominic no retrocede. No sonríe. Su mirada no vacila. Pero yo lo conozco lo suficiente para ver los matices. La tensión en su mandíbula, la rigidez en sus hombros. No es valentía lo que lo sostiene... es obstinación. Y desesperación.

—Créeme —responde, con un dejo de frustración que se cuela en su tono—. No lo olvido ni un solo segundo.

El dorado en los ojos de Aaron se intensifica, como si la habitación entera se oscureciera a su alrededor. No necesita moverse. No necesita alzar la voz. Su poder está ahí, flotando en el aire como electricidad antes de la tormenta.

Por un segundo, incluso el aire se congela.

Yo me encojo, las sábanas arrugándose entre mis dedos, las piernas temblorosas, el estómago en un nudo. Sé lo que Dominic está haciendo. Está intentando protegerme. O al menos, eso cree.

Pero también sé lo que Aaron es. Lo que representa. Y por más que me repita que debo odiarlo... parte de mí sigue queriendo creer que, detrás de toda su oscuridad, hay algo real. Algo humano. Algo... para mí.

Dominic me mira. Su arrogancia cede por un instante, y en su rostro se dibuja algo que no sé si es compasión... o lástima.

—Alice merece la verdad —dice, con la voz cargada de amargura—. Y la va a descubrir... contigo o sin ti.

Sus palabras se clavan en mi pecho. Flotan en el aire como cuchillas invisibles.

Luego se gira y desaparece entre las sombras del pasillo, dejándonos solos.

El silencio regresa, pero es diferente. Más pesado. Más íntimo. Más... aterrador.

Aaron sigue de pie, inmóvil. Su silueta recortada contra la puerta, sus hombros relajados, sus ojos fijos en mí. Pero su mirada... su mirada es un caos contenido. Fuego. Dolor. Orgullo. Culpa.

Y en medio de todo... yo.

Me hundo más en las sábanas, tragando saliva. Quiero decirle que no le creo. Que lo odio. Que todo esto me supera. Pero las palabras no salen. Solo el torbellino en mi pecho, ese torbellino que mezcla miedo... y deseo.

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