Alice
No recuerdo en qué momento acepté subirme al carro.
Tal vez fue cuando dejé de pensar con claridad. O cuando entendí que, si me quedaba quieta, la ansiedad iba a devorarme desde dentro. O quizá fue Rosalie, empujando desde ese lugar oscuro donde nunca termina de dormirse.
El caso es que terminé sentada en el asiento del copiloto, con el cinturón puesto y las manos apretadas sobre el regazo, observando cómo Elías ajustaba el espejo retrovisor como si aquello fuera un paseo cualquiera.
—No tienes que ir conmigo —dije por tercera vez—. Puedo hacerlo sola.
—Lo sé —respondió sin mirarme—. Pero igual voy.
Eso fue todo. Sin drama. Sin heroísmo. Sin promesas.
Encendió el motor y salimos del estacionamiento de la fraternidad mientras el cielo todavía tenía ese color indefinido entre madrugada y mañana que siempre me ha parecido triste.
Durante los primeros minutos no hablamos.
Yo miraba por la ventana, contando farolas, intentando convencerme de que todavía podía bajarme en cualquier esquina. Él conducía con una calma irritante, tarareando algo apenas audible.
—Cassandra no me dio una dirección —dije al fin—. Solo... eso. "Donde la sal toca la plata".
—Suena críptico —comentó—. Muy de película antigua.
Lo miré de reojo.
—¿Te parece gracioso?
—No —se encogió de hombros—. Solo intento no pensar que estamos haciendo algo estúpido.
Eso sí me arrancó una risa breve, seca.
—Llegas tarde para eso.
El camino empezó a cambiar. Las calles se vaciaron. Las casas se volvieron más separadas, más viejas. El asfalto dejó de estar tan cuidado. Elías redujo la velocidad.
—¿Por aquí? —preguntó.
—No lo sé.
—Genial —murmuró—. Me encantan los planes sin instrucciones.
Giró por una carretera secundaria que se internaba en el bosque. Los árboles se cerraban a los lados como espectadores silenciosos. El celular marcaba "sin señal".
Sentí el primer latido fuerte del sello en mi cuello.
Rosalie se desperezó dentro de mí, como si reconociera el camino antes que yo.
Siempre volvemos al origen, susurró. Aunque jures que no recuerdas.
Tragué saliva.
—¿Te pasa algo? —preguntó Elías, sin apartar la vista del camino.
—Nada —mentí—. Solo... no me gustan los bosques.
—A nadie le gustan —dijo—. Son el escenario favorito de todo lo malo.
—Hablas como si creyeras en eso.
Sonrió apenas.
—No creo. Pero crecí viendo suficientes películas como para saber cuándo algo no pinta bien.
Seguimos avanzando.
El camino se volvió de tierra. El coche vibraba con cada piedra. El aire se sentía distinto, más frío, más denso. Entonces lo vi.
Un destello blanco entre los árboles.
—Espera —dije—. Para.
Elías frenó.
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ERES MIA
VampirosUna ciudad helada. Tres miradas que la queman. Y un secreto enterrado bajo su piel. Alice llegó a Alaska buscando empezar de cero. Lo que encontró fue todo lo contrario: Aaron, con su magnetismo peligroso y una intensidad que asfixia. Dominic, que l...
