TREINTA Y SIETE

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Sale de su habitación cogiendo antes su móvil y un abrigo grueso. Avanza por el pasillo con paso firme y seguro, sin ningún temor a que la escuchen. Le da absolutamente igual que su padre la descubra saliendo de casa a esa hora. En ese momento lo menos que le apetece es dormir bajo el mismo techo que ellos. No sabe qué le da más asco de toda la situación, si lo que le hizo su padre a su madre, que se haya enterado la última de lo que había pasado, o el hecho de que su madre siguiera viviendo con él tras el engaño. Ahora mismo lo que siente es desprecio, por su padre. ¿Cómo pudo haber sido capaz? ¿Qué es lo que le había llevado a ello? Había barajado muchas posibilidades sobre el motivo del distanciamiento de ambos, pero esto jamás lo podría haber imaginado, y no quiso saber nada más, ningún detalle. Solo con imaginárselo le entra asco y repugnancia. Una infidelidad que duró poco más de tres meses... No se lo cree. Desde que llegó a casa, desde que lo supo, sigue sin creérselo. Lleva toda la tarde pensando en ello, tratando de asimilarlo y aceptarlo, pero le cuesta. Le cuesta creerlo y a su vez conciliar el sueño.

"Fue un gravísimo error. Me he arrepentido de ello cada día, Laia. Creimos que lo mejor era que no lo supieses, al menos en ese momento lo consideramos así."

Pero cómo se puede ser tan... tan... Ni sabe cómo calificarlo. Y su madre... ¿cómo pudo seguir con el matrimonio después de enterarse? Vuelve a secarse una lágrima con rabia. Está harta de soltar lágrimas por ellos, que no se lo merecen en absoluto.

Las luces tenues del salón iluminan lo suficiente permitiéndole bajar las escaleras. Sus Converse apenas hacen ruido al pisar los escalones y, por una parte, lo lamenta. El desprecio que siente es tan grande que una parte de ella desearía que su padre la pillara marchándose, y que pudiese hacerlo en sus narices, desafiándolo. Demostrándole que ella también puede hacer lo que le dé la gana, y cuando le dé la gana. Con la confesión de hoy acaba de perder toda la autoridad y el respeto que le tenía. No se atreve a pensar que también haya perdido el cariño por él, porque no deja de ser su padre y el único que se ha preocupado por ella, pero tiene claro que mañana, cuando se despierte, no podrá actuar como si todo fuese normal.

Atraviesa el umbral y sale dando un portazo, en vano, porque nadie puede oirlo. Ellos estarán durmiendo felizmente, muy preocupados e interesados por su hija. Claro.

Al salir, el aire frío le hiela la sangre. Se queda parada en la puerta sin tener idea de que está haciendo. Su cabeza le recuerda que no tiene adónde ir. Inspira aire profundamente y lo suelta con lentitud y una nube de vaho ocasionado por el frío sale de su boca. Mira a sus alredores. La calle está solitaria y oscura. Solo las farolas se encargan de dar una mínima vida a la carretera.

Avanza unos pasos y se sienta en el escalón, frente a la puerta de su casa, sabiendo que no le queda de otra que volver hacia detrás si no quiere quedarse en la calle. Entonces cierra los ojos y presiona los labios, con fastidio. No ha cogido las llaves.

Sus ojos vuelven a humedecerse, pero no va a permitir más llantos así que parpadea y evita las lágrimas. En ese momento se da cuenta de que está sola. Realmente al único que tenía era a Louis, y ahora también lo ha perdido. Podría estar con él, llorando mientras la consolaba, como en las otras muchas ocasiones, y sin embargo no es así.

Enciende la pantalla de su móvil para comprobar la hora. Son más de las once de la noche. Vuelve a inspirar y se piensa bastante si marcar su número o no. Le resulta extraño y lejano, como si hiciese meses desde que no lo hace, aunque realmente apenas han pasado unos días en los que su nombre no ha ocupado el primer puesto de las últimas llamadas realizadas ni recibidas.

Finalmente cierra los ojos y toca la pantalla sin mirar. No se siente bien con lo que está haciendo. Le parece bastante egoísta por su parte pedirle ayuda después de lo que le ha hecho. Cada día que ha pasado se ha sentido peor por la forma en que lo rechazó y lo echó de su casa cuando él se atrevió a confesar sus sentimientos. Lo ha tratado estos días como si apenas lo conociera y ni ella misma sabe por qué lo ha hecho. Le dejó demasiado desconcertada su confesión, y sigue teniendo miedo. Aún no lo ha asimilado. Nunca pensó que él sentía esas cosas por ella.

¿Y si te digo que te quiero? Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora