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Cuando era niño, mientras celebraban mi nacimiento, un hombre de aspecto raro apareció en mi casa para maldecirme.
En el castillo habían muchos invitados, pero de todos yo fui el que recibió la maldición. Curiosamente yo y no mis padres o alguien más.
Yo no tenía la culpa de nada.
Aún así, crecí con una inteligencia emocional 50/50. Podría decirse que era más emocional y sentimental que racional y analítico.
No sé si tenía que ver con la maldición para ser honestas.
¡Pero aclaro que si soy muy inteligente!
Yo me encargo de organizar y hacerme cargo de la arquitectura del reino.
Cómo príncipe de Sumeru, debo poner de mi parte para hacerle saber al pueblo que me interesó por ellos (lo hago, y mucho). Amo a mi gente y no lo voy a negar, soy muy sensible ante sus peticiones que a veces termino aceptando más de la cuenta...
De acuerdo, quizá si soy muy poco inteligente en lo financiero...
Ahem.
Volviendo al tema de la maldición, aquel hombre me maldijo con, según dijo mi madre, la peor de las maldiciones.
¡Y es que ni siquiera un maldito beso de verdadero amor! ¡No!
"Caerás en un sueño profundo a los 20 años cuando el primer edificio de Sumeru se derrumbe. Solo la indiferencia de una mujer... Hum... Vamos a hacer más difícil esto, jeje... Una mujer guerrera, se acerque a ti. Ella tendrá su forma de despertarte, pero solo podrá hacerlo una mujer que sepa usar un arma. Y sufrirás por amor. Tu castillo perecerá, pero si logras que esa mujer fije sus ojos en ti, la prosperidad volverá a Sumeru. Suerte con ello, príncipe del desierto..."
Cuando mi madre me contó eso casi pierdo el equilibrio.
¿Qué mujer en Sumeru porta un arma? Si acaso son eruditas o mercaderes... ¿Pero un arma? ¿Una guerrera?
¡¿Sufrir por amor!? ¡¿Yo?!
Me puse a pensar que entonces no importaría si soy alto, delgado, rubio de cabello largo y ojos exóticos... No... Maldición...
Quiero morirme.
No, es broma, no quiero.
Tengo 20 años y soy joven y apuesto, aún no cae ningún edificio. De hecho, mi padre mandó reforzar cada estructura en la ciudadela. Y mi madre... Ah, mi madre... Se le hizo fácil meter a unas cuantas señoritas al castillo y las puso a entrenar con una espada...