La amistad entre un hombre y una mujer, el debate de siempre.
¿Qué tan cierto es eso de que un hombre y una mujer no pueden ser amigos?
¿Quien formuló aquella máxima? Y lo más importante, ¿por qué lo hizo?
El amor ha cambiad...
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LONDRES, INGLATERRA
7:44 AM
Lo que había sucedido la noche anterior había sido muy arriesgado, sin embargo, no me arrepentía. Cualquier instante, por más pequeño o casto que este fuera, al lado de Alex valía la pena.
Me levanté de la cama y me puse la bata, lavé mi rostro y bajé a la cocina en busca de algo de café para empezar el día. El resfriado por fin se había dignado a desaparecer y ahora podía respirar con tranquilidad.
Al llegar a la cocina me encontré con Chloe quien tomaba café y revisaba sin mucho ánimo una revista de ropa. Caminé hasta los estantes y saqué una taza, puse dos cucharadas de azúcar, serví del líquido oscuro y me giré apoyando la espalda contra la barra.
—¿Cómo amaneciste? —preguntó Chloe sin quitar los ojos del papel.
—Bien. —Mi prima levantó su mirada y la posó sobre mí.
—Ese bien sonó menos bien que lo que tu cara dice —repuso—. ¿Qué pasó anoche?
—¿De qué hablas? —Intenté disimular mi sonrisa con la taza en los labios.
—No te hagas. —Una amplia sonrisa se extendió por su rostro—. Esta madrugada bajé en busca de un vaso de agua, y cuando estaba saliendo de la cocina vi bajar a Alex y entrar a su habitación como un gato sigiloso —informó—. ¿Dónde crees que estaría? —cuestionó en falso tono de inocencia.
Intenté ocultar la sorpresa. —No lo sé. Pregúntale tú.
Me lanzó una mirada incrédula. —Ustedes dos son unos...
—¿Idiotas? —La voz de Alex nos hizo sobresaltar, ¿hacía cuánto estaba allí? Se acercó y me dio un beso en la cien mientras le sonreía a Chloe.
—Esa no era la palabra que buscaba, la palabra era picaros —respondió Chloe.
—¿Picaros? —Alex se rascó la barbilla, pensativo. Mientras, me giré y saqué otra taza, puse una cucharada de azúcar y serví café poniéndole un poco de crema, solo un poco, tal como a él le gustaba—. Creo que me gusta más la palabra idiotas. —Recibió la taza y guiñó un ojo haciéndome sonreír.
Chloe suspiró. —Ustedes se ven tan bien juntos, ¡es tan injusto! —replicó.
—No te preocupes, Chloe —Sonreí con desgana—, todo está bien.
Chloe agitó su cabeza en señal de desacuerdo y clavó de nuevo sus ojos en la revista. —¿Qué harán hoy?
—Tenemos unas cuantas escenas en la tarde y en la noche, seguro llegamos tarde a dormir —respondió Alex.
Tomé la taza vacía de Chloe, la mía y la de Alex y las lavé rápidamente. Con una toalla las sequé y las puse de nuevo en el estante, me giré dispuesta a salir de la cocina, pero algo me detuvo. Miré mi brazo y luego a Alex.