La amistad entre un hombre y una mujer, el debate de siempre.
¿Qué tan cierto es eso de que un hombre y una mujer no pueden ser amigos?
¿Quien formuló aquella máxima? Y lo más importante, ¿por qué lo hizo?
El amor ha cambiad...
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BEVERLY HILLS
2:45 PM
El recuerdo de Alexander gritándome que se había acostado con alguien mas era de ese tipo de cosas que era muy difícil de olvidar, por mas que se intentara.
Tenía que aceptarlo, no me esperaba una confesión de ese tipo, y por eso mi reacción ante aquello se había alterado al punto de que por un momento me dejé consumir por la ira que me llevó a golpear a Victoria. Sabía que esa no había sido la mejor reacción, pero fue algo que ni yo misma logré detener.
Si bien Alex tenía razón en el hecho de que ella no se merecía ser abofeteada por mi, luego de que sucediera y hubiera tenido el tiempo de pensar en lo que había hecho descubrí que en realidad no lo había hecho simplemente porque, a pesar de que le hubiera llorado rogándole que me dijera sí Alex tenia un amante, ella no me había dicho la verdad. No. Que Victoria me mintiera solo significaba una cosa: no me respetaba. Y eso me había golpeado el ego con estrépito, porque a pesar de nuestra controlada rivalidad creía que Victoria me respetaba.
Acerqué la taza con el aromático liquido oscuro y bebí un poco mientras terminaba con esos pensamientos de golpe y me concentraba de nuevo en la persona que tenía frente a mi. La conversación había llegado hasta tal punto que la tensión podía cortarse en el aire con una navaja.
Sin animos de perpetuar el silencio, hablé. —Alexander tiene una amante —solté.
La pequeña cafetera tembló en sus manos y la boquilla se movió regando del liquido en la mesa. —¡¿Qué?!
—¿Lo sabias? —reclamé.
—¡Claro que no! —respondió a la defensiva—. No tenía la menor idea.
Suspiré pesadamente. —Lo siento, Eliana, creí que por ser su hermana te lo había contado.
Asintió con suavidad. —Entiendo Sophie, pero ¿no era que las sospechas habían sido absurdas y que todo estaba bien? —cuestionó.
—Eso suponía yo, pero ya viste lo que pasó en la fiesta.
Sus ojos cafés, tan similares a los de Alex, me evaluaron con detenimiento. —Sophie, ¿estás segura de lo que me dices? Yo estuve allí, y no vi lo que tú dices haber visto.
—¿Acaso no lo escuchaste cantar? —pregunté.
—Por supuesto, pero lo hizo porque los demás invitados lo hicieron —aseguró.
—¿Y qué me dices de la canción? —cuestioné.
—Fue escogida al azar, Sophie —respondió Eliana—, ¿no estarás siendo melodramática?
—¡No! —exclamé con indignación—. Sé que fue escogida al azar, pero eso no quita que cuando la haya cantado se haya apropiado de ella como si la hubiera escrito con su propio puño y letra.