La amistad entre un hombre y una mujer, el debate de siempre.
¿Qué tan cierto es eso de que un hombre y una mujer no pueden ser amigos?
¿Quien formuló aquella máxima? Y lo más importante, ¿por qué lo hizo?
El amor ha cambiad...
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UCLA, CENTRO MÉDICO
1:40PM
El pequeño numero rojo se detuvo cuando estaba en el tercer piso. Dejé las manos caer en los bolsillos del pantalón y me balanceé en mi lugar.
—Le gustas —dije mientras esperábamos el ascensor, Vicky se giró para mirarme.
—¿Qué?
—Le gustas —repetí y miré hacia el consultorio del que acababamos de salir.
Su entrecejo se frunció. —¿Al doctor? —asentí—. ¿Yo? —asentí de nuevo.
—¿Acaso no viste como te miraba y te sonreía? —Miró de nuevo hacia el frente y movió la cabeza en negación—. Pues lo hacía —aseguré, aun contra mi voluntad.
Negó nuevamente. —No creo —repuso con indiferencia mientras presionaba de nuevo el botón.
—Yo sí —insistí—. Puede que no sea el más experto, pero reconozco cuando a un hombre le llama la atención una mujer a primera vista, y tú le llamaste la atención —expliqué—. Y él te la llamó a ti también, no lo niegues. —La miré de reojo para estar al tanto de su reacción.
Enarcó una ceja, pero no me miró. —¿Perdón?
—Vicky, no intentes negarlo, se cuándo te gusta alguien —afirmé mientras dejaba caer mis ojos de nuevo en el ascensor que se había detenido otra vez en el piso de abajo. Vicky se quedó callada. Sonreí con desgana—. Lo sabía —musité.
—Bueno, ¿me vas a negar que es atractivo? —dijo por fin soltando una risita.
—No, luce bien —apoyé con recelo—. Por lo menos no tiene un tatuaje en la mitad de la cara —aseguré para evitar que notara el poco entusiasmo que sentía hablando de aquel tema.
Vicky soltó otra risa, esa vez más ruidosa, mientras se colgaba de mi brazo para entrar al ascensor, y yo sonreí agradado por aquel sonido. Por lo menos había logrado que riera después de lo que había pasado en el consultorio.
Bajamos y llegamos hasta el primer piso del hospital en completo silencio después de eso.
Vicky había intentado ocultarlo, pero en los años que llevábamos siendo amigos conocía perfectamente qué significaba cada posición de sus hombros, de su espalda y sus brazos, así que sabía con exactitud que estaba sorprendida y aturdida.
Pasamos los papeles a la recepcionista, quien les puso unos sellos y nos envió hacia otra sala, donde también había varias personas en espera. Una de las enfermeras se acercó para pedirnos los exámenes que Vicky entregó, la mujer los revisó y luego se los llevó sin decir ninguna palabra. A los minutos regresó de nuevo por ella para hacerle los exámenes de sangre que eran los más rápidos y sencillos. La acompañé mientras los hacían y luego nos pidieron que esperáramos hasta que la llamaran para los otros exámenes.