La amistad entre un hombre y una mujer, el debate de siempre.
¿Qué tan cierto es eso de que un hombre y una mujer no pueden ser amigos?
¿Quien formuló aquella máxima? Y lo más importante, ¿por qué lo hizo?
El amor ha cambiad...
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LONDRES, INGLATERRA
6:23 PM
Sabía que podía detener lo que estaba pasando, pero también me conocía lo suficiente como para saber que no lo iba a hacer.
Cerré los ojos e incliné la cabeza de forma voluntaria, dándole espacio a Alex para que siguiera con sus besos, y no dudó en hacerlo. Sus labios bajaban con lentitud por mi cuello llegando hasta al hombro, donde mordió con suavidad. Me rodeó con sus brazos, acariciando mi cintura y subiendo por mi vientre en dirección a mi pecho.
Alex me rodeó con los brazos y me levantó, poniéndome sobre él con delicadeza al tiempo que se sentaba, permitiéndome sentir la manera en la que su cuerpo reaccionaba ante la intensidad del momento. Sabía que estaba esperando que cambiara de opinión, dándome la oportunidad de apartarme.
Pero apartarme era lo que menos quería en esos momentos, y se lo hice saber. —Bésame —susurré embelesada.
Sus ojos brillaron de una manera que logró estremecerme, nuestras narices rozaron y el contacto con sus labios desató un torrente de sensaciones en mi cuerpo. Abrí la boca de manera casi automática, dándole permiso para arrasar con mi necesidad, y así lo hizo.
Sentía como si pudiera seguir besándolo durante horas, pero pronto supe que eso no sería suficiente para mí. Deseaba más. Mucho más.
Me moví sobre su cuerpo y él gimió contra mis labios. Me quitó la bata y con ella el delgado pijama dejándome solo en ropa interior. Alex se inclinó y con sus labios recorrió la piel de mi cuello dirigiéndose hacia el sur y robándome el aliento al tiempo que besaba mi piel con devoción.
Con una de sus manos acarició mi pierna, subiendo hasta llegar al final y pasándose hacia la cara interna, deslizándose sobre mi zona más escondida, haciéndome gemir de placer. Aquello era lo que deseaba.
—¿Te gusta? —preguntó, y la manera en que su voz sonó baja y áspera me hizo estremecer.
—Sí —susurré, o mas bien jadeé.
Comenzó a acariciarme rítmicamente y sonrió, satisfecho con mi reacción. Sonreí también y tomándole del cabello, le besé con ansiedad reprimida. Siguió acariciándome suavemente hasta que estuve húmeda y me aferré a sus brazos con fuerza ante las sensaciones que me embargaban en ese instante.
—Quiero verte perder la cabeza —susurró sobre mis labios—. Quiero sentirte vibrar contra mí.
—Alex —gemí. Sabía que pronto llegaría a la cima. Sus palabras, sus besos y sus caricias lo lograrían con rapidez—. Alex... —murmuré sin poder decir una palabra más.
Arqueé la espalda al sentir el primer corrientazo recorrerme de los pies a la cabeza, pero él siguió acariciándome. Mi cuerpo se agitó sin control mientras caía de manera fulminante en el clímax que él había provocado para mí.