La amistad entre un hombre y una mujer, el debate de siempre.
¿Qué tan cierto es eso de que un hombre y una mujer no pueden ser amigos?
¿Quien formuló aquella máxima? Y lo más importante, ¿por qué lo hizo?
El amor ha cambiad...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
DOWNTOWN L.A.
8:20 PM
—¿Aceptarlo? —repitió.
Entorné los ojos. —Sí, Vicky. ¿Puedes dejar de repetirlo como si se tratara de una locura?
—¡Es que es una locura! —exclamó.
—¡Claro que no! —contradije—. Puede que sea algo raro y difícil, pero lo que importa es que es, ¿o es que acaso no me crees? —cuestioné con preocupación, no respondió—. ¿Aún no me crees?
—Alexander...
—¿Qué quieres que haga o que diga para que me creas? —pregunté con abatimiento.
—Nada, Alex, no tienes que hacer nada. Han sido más de veinte años. Sé cuándo mientes —respondió esbozando una sonrisa.
—¿Y entonces? —Sonreí con alivio—. ¿Entonces porque no aceptarlo si sabes que es cierto? Si sabemos que es cierto —corregí.
—Porque no es correcto, Alex. Te estas olvidando de algo muy importante —repuso.
Fruncí el ceño. —¿De qué?
—De Lane.
—Uh. —Fue lo único que pude decir. ¿Cómo me había olvidado de algo así? —. Lo siento, Vicky —susurré.
—¿Perdón? —Enarcó una ceja.
—Lo siento, Vicky —repetí—. Esto no es justo para ti.
—No tienes que disculparte, Alex —negó—, tu no sabías que esto pasaría. Nadie lo sabía.
—De todas maneras, Vicky. No imagino como te debes sentir, pero no podemos dar un paso atrás. No después de lo que avanzamos —decidí.
—¿A qué te refieres?
—A que... —Me detuve al ver a Vicky mirar a su alrededor. Fue entonces cuando recordé que estábamos en medio de plena calle en L.A. Miré también alrededor, pero por fortuna parecía que nadie se había dado cuenta de lo que estaba pasando. Era como si hubieramos estado todo ese tiempo en una burbuja—. ¿Nos vamos a un lugar más privado? —propuse mientras devolvía mi mirada hasta ella.
—Bueno —asintió—. ¿A dónde?
—Ven.
Entrelacé nuestras manos en un acto que, aunque parecía tan mundano, nos fue suficiente para que la tranquilidad se posara sobre nosotros. O bueno, por lo menos eso fue lo que yo sentí.
Caminamos durante al menos quince minutos sin mencionar una sola palabra, y para sorpresa de ella, aparecimos en el edificio donde estaba su estudio de fotografía.
—¿Por qué me trajiste aquí?
—Porque recordé este lugar, creo que es adecuado —respondí encogiéndome de hombros.