La Elegida de Alastair

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No pude hacer nada para negarme a Alastair, así que acepté quedarme en el hotel. Me resultaba fácil hablar con él, teníamos cosas en común, al menos eso es lo que me pareció al conocerle. Estaba claro que no era un tío cualquiera, era misterioso, seguro de sí mismo y con una extraña mente, lo notaba solo con sus palabras. ¿Así se comportaban todos los Alfas, o es que él era diferente?  Además de todo el lío de la habitación, cuando vio que no tenía nada me llevó de compras y me compró un montón de cosas, aunque intenté decirle que no, él no me escuchaba. Sabía que me estaba aprovechando de él, pero parece que es él que me anima a ser egoísta. Hacía tiempo que no salía de compras, y la verdad es que fue muy divertido, los desayunos, las comidas y las cenas siempre eran deliciosas, y en los mejores restaurantes. A veces me sentía como una reina, nunca había estado tan bien atendida.

Pero otras veces empezaba a pensar en todo lo que dejaba atrás y me ponía triste, admito que echo de menos a mis padres y a mi tonto hermano pequeño. Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, ¿no? Eso es lo que dicen. Tampoco podía imaginarme como debe sentirse Elliot después de lo que le hice, seguro me odiará, eché todos sus planes a perder. Todo lo que Alastair me hacía reír por el día, por la noche me echaba a llorar.  Y esa noche, aunque era algo vergonzoso no quería dormir sola. Después de acabar de cenar nos fuimos al hotel, y como siempre me acompañó hasta la puerta de mi habitación.

-Que duermas bien, Emy.

-Alastair, ¿puedo pedirte algo? -Agarré la manga de su chaqueta y bajé la cabeza cuando me miró.

-Claro, lo que sea.

-Podría quedarme esta noche en tu habitación, últimamente me cuesta dormir y no quiero estar sola.

-Por supuesto que puedes.

-Gracias. Voy a coger mi ropa, enseguida voy.

Entré en la habitación, cogí ropa cómoda para dormir y algunas de mis cosas. Un pantalón, una camiseta corta, mi cepillo de dientes y mi peine, era lo único que necesitaba. Me fui a su habitación y al entrar me sorprendí al verle solo vestido con un pantalón de chándal, absolutamente nada más.

-¿Sorprendida? -Se dio la vuelta y al ver su pecho me fijé en una cicatriz bastante visible y grande cerca de su corazón.

-Iré al baño a cambiarme.

Me fui de aquella situación lo más rápido que pude y me encerré en el baño. Aunque no le viera seguramente se estaría riendo, ¿por qué demonios me puse tan nerviosa solo por verle así? He visto a muchos sin camiseta antes, durante gimnasia o en la playa, incluso a mi ex, no entiendo porque me he puesto así. Dios mío... que vergüenza. Mojé mi cara con agua fría, me cambié, e intenté parecer natural, como si no fuera la gran cosa. Cuando salí del baño le vi sentado en la cama con su teléfono y todavía a medio vestir.

-¿Vas a dormir así?

-Sí, ¿algún problema?¿Te incomoda? -Cuando sonríe se me pone la piel de gallina, ¿por qué esa estúpida sonrisa tiene que ser tan... estúpida?

-Para nada. Estamos a pleno invierno, solo preguntaba.

-El frío nunca fue un problema para mí.

Ni tampoco tu cuerpo, no me extraña... Debo admitir que tenía un muy buen físico, era bastante sexy. Debo calmarme, solo vamos a dormir, no es como si pasara nada más, ¿no? ¡En qué estoy pensando! Por dios, Emily cálmate de una maldita vez, que no tienes 98 años (14 años). Me tumbé en la cama y me metí dentro de las sábanas, y él me imitó de la misma manera, pero antes de que apagara las luces me atreví a hacerle una pregunta que llevaba rondando mi cabeza desde que le vi medio desnudo.

Mi Pequeña MateDonde viven las historias. Descúbrelo ahora