57. Una llegada inesperada.

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A veces uno tiene la sensación de que los días, las semanas y los meses pasan tan rápido como el deslizar de una hoja cuando estás leyendo un libro, se acaba un capítulo y pasas a uno nuevo.
Alfred había tenido mucho trabajo durante el último mes, Manu tenía razón, en cuanto empezó a mover las nuevas maquetas había recibido varias ofertas muy jugosas, reuniones y más reuniones en Barcelona y Madrid, viajes eternos en tren, risas en cenas y alguna que otra fiesta tras horas en algún estudio grabando.
Estaba casi todo cerrado, quedaba ultimar unas pocas cosas y empezarían las grabaciones de los temas definitivos y, tras eso, la promoción del disco, la nueva gira...
Pero para eso quedaba bastante, prefería vivir al día, por eso cuando tuvo unas semanas libres, decidió hacer un viaje al que llevaba dándole vueltas desde la cena en la terraza de la casa de Raoul y Carlos.

Ana acababa de volver a casa, era tarde y estaba bastante cansada, el embarazo estaba llegando a término, había salido de cuentas hacía dos días pero su bebé estaba demasiado a gusto dentro de ella, los médicos le habían dicho que no se preocupara que le daban unos días para ver si se producía el parto natural, pero que si no tendrían que hacerle una cesárea programada por el bien de ambos.
Todo en el local iba viento en popa, estaba lleno casi todas las noches, la música fluía y hacía que ese hueco con el que había soñado se hiciera inmenso.
Ana pensó en Amaia mientras dejaba el bolso encima de uno de los sillones del salón, cada día estaba mejor, al volver a tener la música en su vida, había vuelto la alegría y la vitalidad que tenía siempre, esa sonrisa, las bromas, parecía que Amaia volvía a tener diecinueve años, volvía a ser joven por dentro, y eso sólo podía hacer que Ana se sintiera bien, que había hecho lo correcto al insistir en que fuera parte del proyecto.

Se quitó los las sandalias y, descalza, fue a la cocina para servirse un vaso de zumo, se encontraba rara y no sabía porqué, lo achacó al cansancio, al dar el primer trago el timbre de la puerta sonó, Ana frunció el ceño, dejó el vaso en la mesa de la cocina y fue hacia la puerta.

—¡Sorpresa!

Delante de ella estaba Alfred, con sus rizos despeinados por culpa del viaje en avión, su mochila de siempre y sus gafas de sol a pesar de ser casi de noche. Ana se quedó mirando esa sonrisa tan característica de su amigo.

—¡Alfred!

Se acercó a él con la intención de abrazarse a su cuello, pero el embarazo se lo impidió, algo avergonzada, se acercó como pudo a él y se abrazaron, se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Qué haces aquí?
—He venido a verte, a veros.

Ana se separó y entró en la casa, Alfred se quitó las gafas de sol y las guardó en la mochila que dejó colgada en el pechero de la entrada, siguió a Ana hasta la cocina donde se la encontró bebiendo de su vaso de zumo.

—¿Quieres algo de beber?
—No, ahora, no.

Fueron en silencio hasta el salón y se sentaron en el sofá, Alfred tuvo que ayudar a Ana para que se sentara de manera cómoda, ella no lo dijo, pero volvía a tener esa sensación extraña, era muy raro, pero no le dio importancia.

—¿Y Yadel?
—Llega mañana, tenía una reunión en Madrid con unos productores, se ha ido esta mañana, no quería dejarme sola, pero no podía perder esa oportunidad.
—Mañana estará aquí, no te preocupes.
—Si yo no estoy preocupada, es él, que es un poco exagerado.

Ana se quedó en silencio y, sonriendo, cogió la mano de Alfred para ponerla encima de su tripa.

—Se está moviendo.
—Si.

Ambos amigos se miraron a los ojos, ilusionados, era el primer bebé que iban a tener en el grupo, Ana soltó la mano de Alfred, pero este no la retiró de la tripa al momento, solo lo hizo cuando ya no notó más movimientos.

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