58. Un paseo y mariposas volando.

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Las miradas fueron el lenguaje que tuvieron que utilizar, a los pocos segundos de que Amaia entrara por la puerta, llegaron los padres de Ana, su hermano y gran parte de su familia, Yadel llegó justo a la misma vez que entraba la cama de Ana de nuevo en la habitación, le habían avisado y había cogido el primer vuelo que había encontrado disponible.

—¿Cómo se va a llamar?

Ana miró a su bebé, después miró a su novio, que asintió y, por último, clavó la mirada en los ojos de Alfred y sonrió.

—Se llamará Luz.

La pequeña dormía mientras todos los familiares hablaban y reían intentando hacer el menor ruido posible, era muy tarde, la madrugada estaba en toda su plenitud, el personal de enfermería decidió entrar en la habitación y sugerirles que se quedara con Ana solo el padre de la bebé esa noche, les explicaron cuál era el horario en el que los médicos pasaban por si querían estar allí para preguntar cualquier duda, todos se fueron de la habitación no sin antes despedirse de Ana, Alfred fue el último.

—¿Luz?
—Sin tu ayuda no hubiera nacido y...
—Pero ha nacido, todo ha salido bien, y está aquí, Ana.
—Has traído a Luz al mundo, Alfred.
—Ahora la frase que siempre he dicho adquiere un nuevo sentido, ella será siempre la primera de mis luces.

Ana sonrió y se abrazó a él todo lo que la cama de hospital se lo permitió.

Amaia hablaba con el padre de Ana, ya en la puerta del hospital, cuando Alfred apareció con una sonrisa bobalicona y estrellas en la mirada.

—No creo que sepas lo agradecidos que estamos, Alfred.

Los brazos del padre de Ana le soltaron del abrazo que le estaba dando, la madre sonreía emocionada.

—¿Os llevamos? Tenemos el coche en el parking...

Sus miradas se cruzaron y Amaia negó.

—Iremos dando un paseo, no os preocupéis, nos vemos mañana.
—Hasta mañana.
—Descansad.

Alfred vio como la familia de Ana se alejaba y ellos se quedaban solos en la noche de Tenerife, se giró hacia Amaia, ella también estaba mirando hacia las sombras que ya casi ni se apreciaban, sin perder la sonrisa, clavó sus ojos en los de Alfred.

—¿Damos un paseo?

Aunque Amaia había cogido un taxi para ir hasta el hospital y llegar deprisa, lo cierto es que su piso estaba relativamente cerca de allí.

—Menos mal que el hermano de Ana te ha traído una camiseta.

Alfred sonrió y se metió la mano en los bolsillos del pantalón.

—No creo que pueda recuperar mi ropa, estaba llena de sangre y de cosas.
—Bueno, ha merecido la pena, mejor perder una camisa o camiseta y que haya nacido Luz, ¿no?
—Por supuesto.

La conversación estaba fluyendo tranquila, como cuando dos amigos de siempre hablan después de mucho tiempo sin verse, todo era natural entre ellos, no estaba la incomodidad que se instaló durante tantos años, se había desvanecido para dar paso a una paz que ambos reconocían, una paz que había permanecido oculta pero que nunca se había ido.

—Alfred...

Amaia llevaba desde el primer segundo que escuchó entre sus labios la canción que ella había compuesto intentando buscar la manera de quedarse solos para poder hablar, tenía miles de preguntas en la punta de la lengua, en otro momento de su vida hubiera soltado lo primero que le hubiera venido a la cabeza sin darle más vueltas y sin pensar en las consecuencias, pero todo lo que había vivido le había enseñado que ya no era el momento de actuar así y, aunque tenía claro que Alfred estaba dejando a propósito que ella llevará las riendas de la conversación, intentó medir tanto sus palabras como sus sentimientos desde ese primer segundo hasta el momento en el que caminaban solos por las calles desiertas y dormidas.

—Amaia...

Alfred no tenía muy claro por dónde iba a salir, estaba algo nervioso, no iba a negarlo, la idea que tenía cuando se subió al avión con destino Tenerife era muy distinta, había pensado ir a ver a Ana, hablar con ella, cenar juntos y, si todo iba bien, ir a su local aquella misma noche, sin que Amaia lo supiera, quería verla de nuevo, siendo una cara entre mil sombras, escondido entre la gente para no condicionarla, quería disfrutar de ella sin que nadie más que Ana lo supiera, nunca se hubiera imaginado que iba a tener que asistir a un parto hasta la llegada del personal sanitario, ni que justo, cuando por fin se había atrevido a coger a la bebé en brazos y se había puesto a cantarle la canción que tenía casi todo el tiempo en la cabeza desde que la escuchó por primera vez, iba a aparecer ella, escondida, escuchando, con los ojos iluminados y el gesto conteniendo una sonrisa que a ambos se les escapó casi sin querer.

—Le cantabas mi canción...
—Me gusta mucho tu canción...
—¿Cómo...?

Alfred soltó una carcajada que resonó en la calle vacía y se pasó la mano por el pelo, Amaia no dejaba de mirarle, conteniendo el impulso de hacer lo mismo que acaba de hacer él.

—Un día fui a casa de mis padres a comer, llegué un poco antes, no me esperaban, se escuchaba música desde la cocina, intenté no hacer ruido para enterarme de que era esa música sin tener que preguntar, la escena que me encontré fue... Mis padres, abrazados, mirando el móvil viendo un vídeo que les había mandado tu madre, lógicamente les exigí que me mandaran el vídeo.

Amaia pensó en cómo matar y abrazar a su madre a la vez, ¿cuándo lo había grabado? ¿por qué no se lo había contado? Llegaron a una esquina y giró, Alfred la seguía sin dejar de mirarla.

—La idea era verte en el local, no en un hospital con toda la familia de Ana.
—¿Y esa idea?
—Bueno... He venido para vert... Veros.
—¿Sin avisar?
—A veces me gusta improvisar.
—A veces.

Ahí estaba, saliendo del interior del pecho de ambos, la electricidad que los rodeaba y creaba una atmósfera cálida y chispeante, lo notaron, los dos, casi a la misma vez, y las sonrisas no pudieron dejar de estallar en sus labios.
Caminaron en silencio uno al lado del otro durante minutos, no era un silencio incómodo, era un silencio expectante, Amaia esperaba que él dijera algo, que dejara salir de su interior los motivos de querer verla, de porqué estaba allí en ese instante, Alfred esperaba que ella tomará las riendas, que le parara y le increpara, necesitaba soltar muchas cosas y sabía que ella también, la conocía a pesar de todo el tiempo que habían pasado enfadados y separados, pero necesitaba estar seguro de no tirarse a una piscina sin agua, por mucho que Carlos le hubiera dicho, quería comprobar por si mismo las cosas, por eso estaba allí, por eso...

—Vivo aquí.

Habían llegado al portal de un edificio bastante céntrico, era cierto que no estaba ni a diez minutos andando del hospital, aunque a ellos les habían parecido segundos desde que se despidieron de la familia de Ana. El cielo seguía negro, se veían una pocas estrellas y la luna creciente, pero aún había algunas nubes, lo más probable es que las siguientes noches el cielo estuviera despejado y se pudiera ver cada pequeña luz, aunque con el clima nunca se sabe.
Amaia se apoyó en la pared cerca de la puerta, miró al cielo, el silencio seguía instalado entre ellos, notó como poco a poco Alfred se acercaba a su cuerpo, alzó la mano y le acarició la mejilla, ella bajó la mirada de las estrellas para clavarla en los ojos de él, que también brillaban.

—¿Ya no tienes miedo?

La referencia a la canción, la pregunta implicaba muchas cosas, Amaia sonrió y, negando, colocó una de sus manos en la nuca de Alfred, que cerró los ojos.

—¿Y tú? ¿Tienes miedo?

La respuesta hizo que las mariposas que ambos tenían en sus estómagos empezaran a volar hacia el cielo, Alfred acortó la poca distancia que había entre sus labios, dejando que se rozaran, había sido un día de emociones muy fuertes y necesitaba estar ahí, hacerlo, Amaia cerró los ojos también, un nuevo roce, pequeño, húmedo, un bálsamo.

—Un poco, quiero descubrir qué nos pasa.
—Despacio.
—Muy despacio, pase lo que pase no quiero que guardemos un mal recuerdo.

Ella tampoco quería eso, bastantes malos recuerdos y malos momentos se acumulaban en su pasado, habían conseguido superarlos y que no lo eclipsaran todo, que simplemente quedarán a un lado para que lo bueno lo llenara, se habían curado.

—¿Subes?

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