Llevaba varios minutos sentada en mi cama con el teléfono en una mano. No sabía si mandarle mi currículum sería una buena idea, no me parecía una forma limpia de conseguir trabajo.
Lo revisé un par de veces y bufé, de todos modos no tendría ningún motivo en contratarme, pues todo lo que había hecho no tenía absolutamente nada que ver con lo que me podía ofrecer.
Envié el correo, no tenía nada que perder y mis esperanzas fueron relativamente pocas. Salí de mi casa en dirección a la tienda dónde trabajaba. La buena de Julia intentaba ayudarme en todo lo que podía por mi mano, pero cómo podía encargarme de la caja.
-Todavía no me has contado qué te pasó.-Señaló mi venda mientras doblaba una camiseta y la dejaba en su estante. A esas horas no pasaba mucha gente por allí.
-Una gilipollez, pero me han despedido de la discoteca.-Suspiré.
-¿Enserio?-Dijo disgustada, asentí.-Vaya mierda, tía.
-Ya, bueno.-Me encogí de hombros.-Una chica me ha ofrecido trabajo en Dios sabe qué.
-¡Eso es genial!-Exclamó, mirándome con alegría. Yo apoyé mi codo en la caja y mi barbilla en la mano.
-Sí, pero es imposible que me contrate, Juls. Su empresa es de contabilidad y movidas de esas.
-¿Y cuál es el problema?-No entendía a lo que me refería.
-Pues que yo de contable tengo lo mismo que de hetero.
Julia comenzó a reír y yo puse una mueca de burla. Era la cruda realidad. La heterosexualidad había desaparecido para mí desde que apenas era una preadolescente, aún que no había tenido muchas experiencias con mujeres.
-Bueno, ¿y quién es esa chica?-Puso una expresión pícara y yo la frené.
-Es la jefa de mi amigo,-Advertí.-se siente culpable por lo de la mano y quiere arreglarlo, nada más.
-No me has respondido a la pregunta.
-Se llama Natalia Lacunza.
-¡Coño! Mi tío trabaja en su empresa.-Gritó, haciéndome saltar del susto.
-Qué pequeño es el mundo.-Rodé los ojos.
-Pues me ha dicho que esa chica tiene el alma fría.-Bromeó.-Poco más y manda a hacer diez flexiones a todos sus empleados.
-Qué exagerada.-Me reí.-Es muy borde, pero amable a veces.
-Pues si contigo es amable,-Estiró otra camiseta.-no quiero imaginarme porqué es.
-Qué tonta eres, nunca hemos tenido esa intención la una con la otra.
-Seguro.-Dijo irónicamente.-¿Es guapa?
-No sé como explicarlo.-Me llevé una mano a la barbilla, pensando.-No sólo es guapa, tiene cómo un aire misterioso muy extraño.
-¿Y es hetero?-Levantó las cejas varias veces.
-Me ha dejado claro que sí.
-Vamos a averiguarlo.-Cogió su móvil y yo fruncí el ceño. Tecleó un par de minutos y abrió mucho los ojos mientras reía.-Vaya instinto de mierda tienes, Alba.-Giró su pantalla y me enseñó a la morena besando a otra chica en lo que parecía ser una discoteca.
-Joder, qué poco me lo esperaba.-Me reí, Julia me acompañó.
Terminó mi turno y me cambié de ropa, me despedí de mi amiga con un beso en la mejilla y salí de la tienda, respirando el aire del mediodía. Miré mi teléfono por el camino y casi me atropelló un coche cuándo vi que Natalia me había contestado.
Me había dado cita para una entrevista de trabajo en su oficina, esa misma tarde a las seis. Pedía requisitos básicos que, sorprendentemente, cumplía.
Confirmé mi asistencia y llegué a mi casa. Pasé toda la tarde nerviosa hasta que llegó la hora finalmente.
Estaba parada delante del edificio de Industrias Lacunza, ladeé un poco la cabeza, cuestionándome si aquello sería una buena idea. Suspiré un par de veces y empecé a andar.
La recepcionista rubia me miró y supo a que venía, indicándome los mismos pasos que la otra vez. Subí en el ascensor y presioné el botón de la última planta. Secándome el sudor de mis manos con mi pantalón.
Las puertas se abrieron de par en par y yo me puse aún más nerviosa. Recorrí los pasillos de aquellas oficinas hasta llegar a la gran entrada de Natalia.
Toqué con mis nudillos, esperando que alguien contestara. Escuché un "¡Adelante!" Y me animé a pasar.
La morena estaba sentada en su silla de empresaria importante, arreglando su papeleo con un bolígrafo negro en la mano. Al oírme entrar, levantó su mirada y me heló los huesos, ya estábamos otra vez.
-Siéntate, señorita Reche.-Me ordenó, señalando un sillón aleatorio y alejando su vista de mi. Fruncí el ceño ante la forma de llamarme y bufé, obedeciéndola.
-Buenas tardes.-Murmuré tímidamente. No me contestó, sólo me analizaba con la mirada y eso hacía aumentar mis nervios.
-No tienes mucho que hacer aquí.-Me explicó.-Pero con suerte tendrás una mesita de oficina y unas cuántas tareas a las que podrás servirme.
Fruncí el ceño ante lo mal que me estaba tratando. ¿Quién mierda se pensaba que era? Gruñí y me mordí la lengua para no soltarle alguna burrada.
-¿Qué tengo que hacer?-Pregunté malhumorada. Ella suspiró cansada y me entregó unos papeles, los cuáles agarré con miedo.
-Ahí tienes el contrato, serías la encargada de ordenar las ventas por fechas y lugares, en resumen, te encargarías de la administración de todas y cada una de las cosas que yo haga.-Sonrió falsamente.
Ojeé un par de veces los papeles y abrí mucho los ojos al ver el sueldo. Le miré pero parecía demasiado enserio.
-Natalia, no puedo aceptar que me pagues mil seiscientos euros al mes por ordenar cuatro facturas.-Dije indignada.
-Son las normas, o aceptas, o buscas otro trabajo.
Me quedé pensando y suspiré. Era la oportunidad de mi vida, pero no m sentía moralmente bien para concienciarme de que ese dinero lo conseguía por mis propios medios.
-¿Puedo pensármelo?-Pregunté confusa. Asintió.
-Llévatelo, ven mañana a las cuatro y dame una respuesta.-Me levanté insegura y caminé hasta la puerta.-Alba.-Me llamó.-Sacaste la mejor media de tu clase en bachillerato. ¿Por qué dejaste de estudiar?
Se me heló el cuerpo ante su pregunta, me había pillado totalmente desprevenida y pensaba que no se había leído mi historial académico.
-No te incumbe para nada.-Me limité a contestar. Salí de la oficina y pude llenar el aire de mis pulmones de nuevo, sentía que había dejado de respirar allí dentro.
