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Natalia comenzó a pasar mucho tiempo con su hermana y yo estaba muy feliz por ella. Tenía bastante miedo de que su padre sospechara de la tan grande ausencia de su hija pequeña en casa, y así pasó.

Una de las muchas tardes en las que las hermanas decidieron pasarla juntas, el hombre apareció por casa, pero en esta ocasión yo estaba sola.

-¡Abre la puta puerta, Natalia!-Gritaba, golpeando la madera con sus puños. No supe muy bien que hacer porque, sinceramente, estaba cagada de miedo en aquel momento.

Decidí hacer caso a sus peticiones y, antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, me apartó de un empujón y entró a la casa, buscándola por todas partes.

-¡No está aquí!-Exclamé, corriendo detrás de él.

-Esa zorra se ha llevado a mi hija.-Insultó.-Y tú sabes dónde están.

-Se está equivocando señor.-Negaba, intentando que no se acercara más a a mí, pues ya había perdido una distancia considerable.

-¡Qué me lo digas!-Retrocedí asustada hasta golpearme con la pared del salón.

Escuché pasos en el pasillo y tragué saliva, pues recordé que había olvidado cerrar la puerta cuando el hombre entró.

-¿Alba?-La voz de Natalia resonó por todo el salón y tragué saliva hasta que la vi aparecer. Entreabrió la boca y se paralizó al ver a su padre allí.

-¡Tú!-Le señaló él, yendo directamente hacia ella. Reaccioné y, antes de que pudiera hacerle algo, me puse entre ambos cuerpos para evitar que le hiciera nada.

-Basta, señor.-Supliqué, casi llorando de la impotencia en aquel momento.

Lo siguiente que vi fue su mirada de furia juntarse con la mía y, de una manera bastante fuerte, me agarró del brazo y, gritando de dolor por la manera en la que sus dedos se clavaban en mi piel, me empujó hacia un lado.

Encaró a Natalia, que me miraba asustada, y comenzó a gritarle cosas incoherentes, que yo no pude escuchar porque el pulso de mi corazón retumbaba en mis oídos sin control alguno.

El hombre salió de casa y me rompí a llorar al mismo tiempo que me sentaba en el suelo, junto al sofá. La morena corrió a mi lado y me abrazó asustada, llorando como yo.

-¡Alba!-Me gritaba, intentando llamar mi atención. Levantó la manga de mi suéter y abrió muchos los ojos al observar la marca de los dedos de su padre sobre mi piel.

-Nat...-La llamé, suplicando que no se preocupara. Agarré su cara y sequé sus lágrimas en un intento fallido de disiparlas.

Su mandíbula se endureció y pareció perderse entre sus pensamientos. Me hundí en su cuello y le susurré  palabras aleatorias mientras intentaba tranquilizarla.

Poco a poco el sueño me venció y allí, rodeada por sus brazos, me quedé dormida. No me desperté hasta la madrugada de ese mismo día, respirando entrecortadamente debido a una pesadilla poco agradable.

Me giré para abrazarme a Natalia pero no estaba allí y fruncí el ceño, frotando mis ojos en un intento de mirar correctamente.

Arrastré mis pies por toda la casa buscando alguna señal de su presencia pero no encontré nada. Me abracé a mí misma al entrar al salón porque hacía más frío que usualmente y descubrí la ventana abierta y el fuerte olor a tabaco tan característico del estrés de la chica.

Me acerqué y la cerré con cuidado, vi un par de colillas quemadas en el alféizar, que se mezclaron con el aire cuando me acerqué.

Un silencio aterrador reinó en la casa desde aquel momento. No supe la gravedad del asunto hasta que regresé a la habitación y abrí el armario, encontrándomelo completamente vacío y desierto.

No entendía absolutamente nada pero no podía creerme la versión de que me había dejado tirada, todo tendría que tener una explicación.

Rebusqué entre mis cosas intentando encontrar algo que me indicara que aún podría regresar. Sollocé al descubrir una de sus sudaderas favoritas. Recuerdo haberle dicho en repetidas ocasiones lo mucho que me gustaba.

Agarré mi teléfono con desesperación y marqué su número. Esperé y esperé, tanto que el contestador se quedó grabado en mi mente durante el resto de la noche.

Me senté en la cama entre lágrimas y me llevé ambas manos a la cara. Pensé y llegué a la conclusión de que habría regresado con Joan, así que llamé para comprobarlo.

-¿Sí?-Contestó el chico, dándome una última esperanza.

-¡Joan!-Sollocé.-¿Estás con Natalia?

-No...-Me dijo con dudas.-¿Qué ha pasado?

-Nada.-Negué, limpiando mis lágrimas.-Llámame si va por allí.

-Claro, pero...

Colgué, colgué porque no quería escucharle más ni tener que compadecerme ni dar lástima a nadie.

El tiempo pasaba y cada vez tenía más dificultades para respirar. La ansiedad me estaba venciendo y quise controlarme pero no pude. Llamé a Julia en un intento de recuperar la calma pero no pude contestar. Intentaba pronunciar palabras mientras escuchaba su desesperación detrás de la línea.

Escuché la puerta ser aporreada y me sobresalté, casi arrastrándome hasta poder llegar a ella. La figura de mi amiga apareció detrás de ella y me lancé a sus brazos completamente rota.

-Joder.-Murmuró al verme en ese estado.

Nos trasladamos a la habitación y lloré entre sus brazos durante más de tres horas. Sintiendo las caricias de Julia en mi pelo y deseando que fueran suyas.

No me pidió explicaciones de nada y se lo agradecí infinitamente. Era mi única amiga en Madrid y no sabía a quien más recurrir en esas ocasiones. Me sostuvo y se tumbó junto a mí cuando me tranquilicé un poco.

No dormí una mierda aquella noche y esperé que apareciera en algún momento, pero aquello no pasó.

Llegué al trabajo con algo de antelación y me apresuré a la recepción. María me vio y su mirada cambió a una triste.

-¿Dónde está?-Pregunté.

-Se ha ido, Alba, ahora Joan es el jefe.

Sorry bebés. Os quiero. ❤️

Aprender. | Albay.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora