Capítulo 62: Operación nocturna

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Esa misma noche, aproximadamente a la una de la mañana, Mayra Páez y yo nos acercamos sigilosamente a la entrada de la minera.

Vestíamos ropas predominantemente negras para que no nos descubrieran.

Todo el lugar donde la minera se desplantaba estaba cercado por una valla de acero de unos 2 metros de altura, que permitía ver todo lo que pasaba dentro.

A cada cierta distancia en el perímetro, estaban colocadas cuatro casetas de vigilancia, por donde se entraba y se salía.

Una de estas casetas estaba colindante a un cerro pequeño, de manera que estaba rodeada de mucha vegetación.

Decidimos intentar ingresar por aquí precisamente por ese detalle.

Fue ahí donde, como lo habíamos acordado antes, nos encontraríamos con Jim.

El canadiense había fingido irse a dormir más temprano de lo usual, y a una hora a la que todos, excepto los vigilantes, estaban dormidos, el chico se levantó y se dirigió a nosotros, también con mucho cuidado.

No sé exactamente qué fue lo que hizo, pero provocó una distracción para que el guardia de aquella caseta fuera a revisar y entretanto, tomó la llave de la entrada de la caseta y nos dejó pasar, cerrándola de inmediato, para posteriormente, dejar de nuevo la llave donde la había tomado.

─Gracias Jim ─agradeció la chica─ Y ahora, a moverse.

Para cuando el guardia regresó, parecía como si nada hubiera pasado.

Dentro, había una gran estacionamiento que estaba dividida esencialmente en dos partes, en una primera mitad del estacionamiento abundaban todos los automóviles particulares y en la otra mitad, las caravanas o casas rodantes de la mayoría de los mineros, sobretodo de los jefes.

Nos movimos entre el estacionamiento, agachándonos para evitar ser vistos, ya que ocasionalmente los guardias daban rondines por todo el lugar.

Finalmente llegamos hasta la parte de las caravanas.

Jim entonces nos condujo a la caravana de la oficina de su padre, situada en el centro de todas.

─¿Y bien? ─murmuró Mayra─ ¿Cómo vamos a entrar?

─Costarme mucho trabajo ─dijo el canadiense al tiempo que se sacaba una llave del bolsillo─ Pero yo poder conseguir la llave de la caravana.

─Perfecto ─dije.

Nos acercamos a la puerta de la caravana, y Jim, con mucho cuidado y lentamente, metió la llave para poder abrir la puerta del vehículo.

Teníamos que tener mucho cuidado de no hacer sonar la llave o que la puerta no soltara un chirrido, de modo que Jim hizo la operación extremadamente lenta.

Reconozco que en ese momento, estaba muy tenso, y me imagino que ellos dos también.

Y no sé cómo explicarlo, pero también estaba un poco emocionado.

Cuando finalmente el canadiense abrió la puerta, esta soltó un chirrido, fue inevitable.

Aunque no fue muy fuerte, nos estremeció porque creímos que nos habrían descubierto.

Pero afortunadamente no fue así.

Entramos rápidamente y dejamos la puerta entreabierta cuidando de que no volviera a sonar.

Naturalmente no podíamos prender la luz del interior porque seriamos detectados, por eso, preparamos unas lámparas pequeñas, que fácilmente podrían cubrirse con la palma de la mano, para poder buscarlos.

Yatareni (PRIMERA VERSION)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora