Capítulo 12

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Andrew nos arrastró como tantas otras veces hasta el Cúinne. Aun sin una pierna, él avanzaba a mayor velocidad que yo. Estaba tan hambriento que no podía pensar en otra cosa que no fuese en comer. Llevaba dos días sin pegar bocado. Puede que Andrew llevase más que yo, pero no parecía afectarle tanto. Quizás el enfado y la frustración que tenía encima lo ayudasen a olvidar el vacío de su estómago.

Al abrir la puerta, percibí el olor a pan recién hecho y a carne asada. No pude evitar que me rugiesen las tripas como un león.

—¿Y esa cara? —le preguntó Frank a Andrew.

—Helen —respondió de mala gana y a modo de resumen—. Ponle algo de comer al crío este, ¿quieres? Me está poniendo enfermo —dijo señalándome.

Me sentí avergonzado como nunca antes. No era consciente de lo mucho que se me notaba el estar pasándolo mal.

—Niños, lo que se dice niños, ya no son, Andrew —rio Frank mientras me servía un plato.

Lo detuve:

—No... no puedo pagarlo.

—Tranquilo, invita la casa. —Me guiñó un ojo.

Frank era un buenazo. Ya le había visto dar de comer a Jacob muchas veces sin recibir nada a cambio. Andrew nos contó un día que Frank lo había pasado muy mal cuando vivía en Irlanda y que había visto a dos de sus hermanos morir de hambre. Era un hombre generoso, que entendía a la gente que lo pasaba mal porque él mismo, en otra época, había vivido en la pobreza.

—Míralos —continuó—. Yo cuando los conocí apenas llegaban a la barra, y hoy ya son adolescentes, con sus gallos y granos.

Nos miramos. Frank tenía razón, habíamos cambiado mucho desde 1929. 

—Tú también estás más gordo —se burló Andrew—. Y viejo.

—Y tú sigues igual de pobre, ¿cómo es la vida, no? —Le devolvió la puñalada, aunque Andrew no se lo tomó a mal.

Frank puso el plato sobre la mesa y me abalancé sobre él. Terminé mi comida antes que Andrew su cerveza, y eso que era un gran bebedor. Pero Andrew sí que pagó su bebida con lo que había mendigado el día anterior, mientras que yo no pude hacer más que mirar a Frank con gratitud.

—¿Qué te ocurre, chico? —me preguntó Frank, inclinado sobre la barra con expresión de preocupación—. Puedes contárnoslo, estás en confianza.

No quería contestar a esa pregunta, y me quedé en silencio decidiendo que hacer. Finalmente, Anthony respondió por mí:

—Su madre está en el paro.

Miré a Anthony y a Gio con cierto enfado. Anthony se había ido de la lengua, pero si sabía eso, era porque Gio se lo había contado.

—¿Y tu padre? —preguntó.

—Soy huérfano desde los siete años.

Frank me miró sorprendido, y me di cuenta de que era la primera vez que se lo contaba. 

—¿Tifus? —preguntó, con el rostro ennegrecido.

—Mafia —respondí.

Frank suspiró largamente.

—El tifus es un mal asunto, una horrible enfermedad. Se llevó a mi madre cuando yo tenía diecisiete años y a mi hermano Malachy varios meses después. Aigh, maldita Irlanda... —Negó con la cabeza, como si se quisiese sacudir un recuerdo.

—¿No tenéis derecho a ayudas? —preguntó Andrew, interrumpiendo las divagaciones de Frank.

Negué con la cabeza.

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