Era de noche y lo único que iluminaba nuestro camino era la luna y los destellos de las armas enemigas al dispararse. En todo lo que habíamos avanzado hasta el momento, no habíamos visto ni un solo alemán, y aun así, ya habíamos sufrido muchas bajas. No contábamos con el apoyo de los tanques. El desbordamiento del río Rapido había convertido la zona en un lodazal imposible de atravesar para las máquinas. Las botas se nos pegaban al fango, haciendo que cada paso conllevase un terrible esfuerzo. Pero peor que no ver y estar anclado al suelo, era escuchar el fuego de morteros, ametralladoras, y sobre todo, los gritos. El terreno estaba sembrado de minas y alambre de espino. Cuando hice voluntariado en el hospital de Nueva York donde mi hermana trabajaba, tuve la oportunidad de ver las mutilaciones que causaban. Las minas estaban diseñadas para herir más que matar. Buscaban colapsar los servicios médicos y aterrorizar a las tropas. Bastaba con pisarlas para liberar su poder destructivo. A varios metros de distancia a mi espalda escuché una estallar, seguida de más gritos. Me detuve y me di la vuelta. Estaba paralizado. No los veía, y sin embargo, podía sentir su dolor. Solo podía pensar en los heridos por metralla del hospital. Turner se dio cuenta de que me quedaba atrás y regresó a por mí.
—¡No te des la vuelta! —me gritaba para que lo escuchase entre sus aullidos de dolor—. ¡Tienes que avanzar! ¿Me entiendes? ¡Sigue adelante!
A cada paso me preguntaba si yo sería el siguiente en pisar mi sentencia de muerte. El barro, los gritos, la oscuridad, los destellos, los disparos, las minas... Mi cabeza saltaba de una cosa a otra. Aquello no se parecía para nada a la imagen que tenía de la guerra. La realidad era infinitamente más aterradora. Finalmente logré alcanzar las orillas del Rapido. El río rugía con fuerza. Era invierno y las constantes lluvias habían aumentado su caudal. Turner, Fred y Leroy habían logrado inflar la balsa neumática que íbamos a utilizar para cruzar a la otra orilla.
—¡¿Estamos todos?! —preguntó Turner—. ¡¿Dónde está Luca?!
—¡Estoy aquí! —contesté.
—¡¿Y Roger?! ¡¿Dónde está Roger?!
—Muerto —resumió David.
Apenas conocía a Roger, así que no le dediqué mucho tiempo de mi pensamiento. Tampoco Turner o el resto del grupo dejaron que les afectase la noticia, a pesar de conocerlo mejor que yo. Supuse que las lamentaciones vendrían más tarde, con el resultado de la batalla ya decidido. Había problemas más urgentes que atender.
—¡Montad! —ordenó Turner.
Aquella balsa no me inspiraba ninguna confianza. Era muy pequeña para el número de hombres que éramos y Turner tuvo que ordenar a Joseph y a David que embarcasen en la del grupo de soldados que teníamos al lado. De su escuadra no quedaban más que cuatro. Aun así, seguía sin haber mucho espacio y el río no parecía querer ponérnoslo fácil. Puse el pie derecho en la balsa y poco a poco me las fui ingeniando para sentarme en el pequeño hueco que me habían dejado. Fred, Turner, Leroy y Robert empezaron a remar en cuanto todos estuvimos subidos. Hubiera preferido una barca de madera o cualquier otra cosa en lugar de esa balsa. Me intranquilizaba apenas ser capaz de ver la otra orilla en la oscuridad. Tampoco ayudaba el hecho de estar rodeado de agua sin saber nadar.
Quería estar a la altura de mis compañeros y ser valiente, pero lo cierto es que bastaba con echar un vistazo para darse cuenta de que la mayoría lo estaban pasando tan mal como yo. Jesse temblabla como un flan, Antonio rezaba en voz baja y Vincent jugueteaba con su chapa de identificación. Jesse y yo hicimos contacto visual justo un instante antes de que un proyectil impactase en el agua junto a nuestra balsa y nos hiciese volcar.
Caímos al río y empecé a bracear torpemente, pero no pude hacer nada en cuanto Robert, que tampoco sabía nadar, se chocó contra mí y se agarró a mi pierna. Era mucho más pesado que yo y me estaba arrastrando al fondo con él. El agua estaba helada y me cubrió la cabeza por completo. Intentaba con todas mis fuerzas volver a la superficie, pero Robert me estaba lastrando. Logré sacar la cabeza el tiempo suficiente para tomar otra calada de aire, pero no para pedir auxilio. Empecé a forcejear con Robert. Si quería salvarme, iba a tener que librarme de él, pero se aferraba a mí con mucha fuerza y competía conmigo por respirar. La angustia se había apoderado de mí. Necesitaba respirar de nuevo y Robert me impedía sacar la cabeza. Sabía que no podía tragar agua o me ahogaría, pero tampoco podía contener mi instinto de inspirar por mucho más tiempo. Golpeé a Robert como pude y un poco de agua acabó infiltrándose en mi aparato respiratorio. Me estaba mareando y realmente creí que aquel sería mi final. Cada vez tenía menos fuerzas para oponer resistencia y de no ser por el hecho de que Robert se soltó, hubiese muerto ahogado. No sé si se golpeó con alguna roca o si una bala le alcanzó la cabeza. El caso es que dejé de sentir su peso sobre mí y mi cara salió de nuevo a la superficie. Noté como alguien tiraba por mí hasta el otro lado del río. Cuando llegamos a la orilla, me ayudó a darme la vuelta y empecé a toser toda el agua que había tragado.
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Little Italy
Fiksi Sejarah🏅NOVELA GANADORA DE LOS WATTYS 2020 EN LA CATEGORÍA DE FICCIÓN HISTÓRICA «Me crié en Little Italy, en un pequeño apartamento de la calle Mott». Luca era un niño de tan solo siete años cuando su padre fue asesinado por un mafioso en 1929. Además de...
