Capítulo 56

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Cuando nos concedieron el descanso, nos trasladaron de nuevo a Nápoles. Los primeros días me sentaron realmente bien. Tras semanas durmiendo en el suelo frío, húmedo y embarrado de Cassino, agradecí despertar seco y sin ruido de disparos de fondo. Me di cuenta de que Turner tenía razón cuando la primera vez que nos vimos me dijo que Nápoles, incluso con sus múltiples defectos, era el paraíso comparado con el campo de batalla. Me angustiaba saber que en cualquier momento se rompería la calma y regresaríamos al combate.

Permanecimos algo más de un mes en la ciudad. En ese tiempo, llegaron refuerzos y nuevas caras a nuestra escuadra. Eugene y Alan eran agradables. No se les podía poner ninguna pega. Eran mayores que yo. Eugene tenía cuarenta y dos años y Alan, treinta y siete. Quizás por ello fuesen más cercanos a Turner y a David que a Jesse, Antonio y yo, los más jóvenes. En cualquier caso, eran infinitamente más agradables que Leonard. Él era un tipo extraño que no se separaba de nosotros y que se divertía haciéndonos preguntas desagradables como, por ejemplo, cómo nos gustaría morir. No podía estar en silencio ni un solo segundo. Era simplemente insoportable. Gerald, en cambio, era silencioso y solitario. Apenas tuve la oportunidad de intercambiar un par de palabras con él. Ninguno de nosotros fue capaz de acercarse a él. No parecía estar interesado en hacer amigos, y con el tiempo, nos cansamos de intentar integrarlo en el grupo. Siempre iba por libre, algo que Turner calificó de estúpido. No le faltaba razón, la verdad. Si algo había aprendido en todo ese tiempo, era que buena parte del éxito se debía al compañerismo. Cuando estaba cansado, o no veía motivos para seguir adelante, ellos siempre estaban allí. El conflicto y la adversidad había hecho que personas muy distintas nos uniésemos y forjásemos fuertes amistades, como la mía con Antonio.

Jesse, Antonio y yo pasamos juntos la mayor parte de nuestra estancia en Nápoles. Si bien al principio me costaba estar con Antonio, acabamos llevándonos bien y haciéndonos amigos. Los tres éramos de edades similares y nos llevábamos bien. Además, me habían salvado la vida, y ese era sin duda un punto a su favor. Cuanto más tiempo compartíamos, mejor nos conocíamos. Nos cuidábamos los unos a los otros y nos divertíamos juntos.

El descanso fue todo lo que cabe esperar de un descanso: tranquilo, relajado y bastante pausado. Sin embargo, también tuvo sus sorpresas. Un día nos llamaron y nos pusieron una película llamada «Sex Hygiene». No pude evitar contenerme cuando nos dijeron el nombre del director y grité:

—¡Joder, John Ford!

Había sido creada para prevenir acerca de las enfermedades venéreas, que en Nápoles eran un verdadero problema. No me imaginaba a John Ford haciendo una película así. Probablemente no quería ser relacionado con ella y por eso no se podía ver su nombre en ningún momento. Sin embargo, se podía apreciar su estilo en toda la grabación. Ver una película de mi ídolo John Ford, me hizo sentir en casa. Fue como volver por un instante a los cines de Nueva York. 

Sin embargo, la película no logró disuadir a Fred de acostarse con una prostituta. Tampoco lo hizo que Turner le recordase que estaba prometido, que Antonio le hablase de la Biblia, que David le describiese la sífilis con todo detalle o que yo le acusase de aprovecharse de la desgracia ajena. Tenía ganas de sexo, igual que todos nosotros, pero no fue capaz de contenerse y sucumbió ante la tentación. Estuvo a punto de lograr que Jesse lo acompañase. Tuvo la suerte de que Antonio y yo éramos buenos amigos y logramos convencerlo de que no hiciese nada estúpido. A los pocos días, Fred desarrolló los síntomas de la gonorrea, y aunque me daba algo de pena verlo sufrir cada vez que tenía que orinar, lo cierto es que se lo había buscado. Podía considerarse afortunado, pues tuvo un diagnóstico temprano y no tardaron mucho en medicarlo. 

El 17 de marzo, el monte Vesubio entró en erupción. Fue algo espectacular, pero cubrió toda la ciudad con una gruesa capa de ceniza que nosotros, los soldados, tuvimos que limpiar. Era un trabajo muy cansado y que te irritaba el aparato respiratorio, pero era mejor que estar en el frente. Me moría por contarle a mi abuelo cómo había sido. Él siempre había sentido fascinación por Pompeya y me había contado su historia mil y una veces. Ahora yo tenía la oportunidad de describirle la erupción y acercarlo a sus queridos romanos.

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