Capítulo 37

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Cuando volví a casa aquel día, Anthony se había marchado a la residencia. Mi madre, en cambio, se había quedado allí, esperándome para pedirme perdón. Pero yo era muy tozudo, y pasé por delante de ella sin saludar y me fui directamente a mi habitación. Fui un estúpido, y cuando me levanté, arrepentido, ella ya se había marchado. Ojalá se hubiese quedado esperando un poco más. Ojalá la hubiese abrazado diciendo que era un estúpido y ojalá ella me hubiese dado un beso. Ojalá le hubiese dicho que la quería. Había tantas cosas que debería haberle dicho... y todo por orgullo, por cabezonería.

A la mañana siguiente, descubrí que Anthony le había pedido a Tosca que cuidase de Amelia. A él no le dejaban tener perros en la residencia. Aunque al principio nos peleábamos por no sacarla a pasear, al final nos acabamos peleando por lo contrario. La perrita era capaz de poner de buen humor a cualquiera y además me ayudaba a ligar. Muchas chicas se acercaban a acariciar a la cachorrita. Luego yo lo fastidiaba con mi falta de habilidades sociales, pero eso no era su culpa.

Un día, tras sacarla a la calle un rato, me encontré con mi sobrino Benedict en casa. Tosca lo tenía sentado sobre sus piernas, pero yo estaba tan distraído pensando en lo estúpido que había sido al decirle a una chica que sus muñecas eran tan blancas como el pelo de Amelia que casi ni me fijé. Lo dicho, un inútil en el arte de la seducción.

—¿Qué hace aquí? —pregunté.

—Brenda está enferma y no quiere contagiarlo. Me han pedido que lo cuide —respondió Tosca.

—¿Y qué tiene?

—Aún no lo sabe. Iba a visitarla un médico esta tarde.

—¿Y si Benedict ya está contagiado?

—No digas tonterías. —Rio ella—. Este niño está sano y fuerte como un roble. —Lo puso en el suelo y empezó a gatear.

—Mamá —dijo el bebé.

—¡Mira, acaba de hablar! —exclamé emocionado.

—Tiene once meses, es normal que empiece a hablar —contestó Tosca con naturalidad—. También sabe decir pan, agua, «guau»... Es un niño muy listo.

Benedict se agarró al sofá y se puso en pie. Hacía mucho tiempo desde la última vez que lo había visto y absolutamente todo lo que hacía me fascinaba. Al fin y al cabo, habían pasado cuatro meses desde que Brenda nos vino a pedir que detuviésemos a Matteo, y eso, en la vida de un bebé, da para muchos cambios. Amelia se le acercó juguetona y le lamió la cara. El bebé cayó de culo, pero no lloró. De hecho, se empezó a reír.

—Ugh, que asco —dije.

Tosca fue a por un pañuelo para limpiarle la cara y en ese momento entró mi madre en casa. Tenía mala cara.

—Tendremos que quedarnos con Benedict una temporada —anunció.

—¿Qué ocurre? —preguntó Tosca.

—Tuberculosis.

La tuberculosis era un asunto serio. Mucho, además. Tosca y yo nos quedamos pálidos e inconscientemente dirigimos nuestros ojos hacia el pequeño Benedict. Un compañero de la fábrica llamado Arthur había muerto de esa enfermedad hacía dos meses. También fue esa enfermedad la que dejó huérfana a Helen con quince años. Todo el mundo conocía a alguien que había muerto de tuberculosis. Desde 1882 ya se conocía la bacteria que la provocaba gracias al Dr. Robert Koch. En aquel momento, la enfermedad era la causa de una de cada siete muertes en Estados Unidos. Pese al paso de los años y las mejoras higiénicas, la tuberculosis seguía llevándose a mucha gente. Y desgraciadamente, Brenda no fue la excepción. Murió tres meses después de contraerla. Si hubiera enfermado tan solo unos años después, concretamente, tres años más tarde, quizás se hubiera podido salvar. En 1944 se descubrió la estreptomicina, el segundo antibiótico útil en la historia de la humanidad, que se usó para tratar la tuberculosis. Es cierto que ya había una vacuna, pero no se popularizó hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Brenda estaba baja de defensas y deprimida desde que Matteo se marchó. Creo que no hizo ni el esfuerzo de intentar curarse. Ni siquiera por su hijo. Ella no tenía ganas de vivir por alguna razón que no llegábamos a comprender. Y así fue como el pequeño Benedict se quedó huérfano de madre con tan solo un año y dos meses. Eso dejaba una cuestión en el aire: ¿Quién se quedaba con el niño?

La madre de Brenda (es decir, la abuela por parte materna de Benedict) y Elena deseaban mudarse a Argentina, donde estaban la mayor parte de sus amigos, y querían llevarse al niño con ellas. Ya no había nada que las atase a Estados Unidos. Pero mi madre no iba a dejar que se llevasen a su nieto por las buenas al otro hemisferio. Al menos no mientras Matteo siguiese vivo o no hubiese pruebas de lo contrario. Tuvieron muchas discusiones y muy fuertes. La madre de Brenda alegaba que Matteo no se merecía ser su padre (y en parte no le faltaba razón), y mi madre que, lo mereciese o no, era su padre, y al volver, querría estar con su hijo. 

Al final, acordaron que Benedict se quedaría con nosotros. Fue una decisión muy dolorosa para Elena y Amaia, pero Benedict tenía derecho a un padre, incluso si era uno tan desastroso como Matteo. Mi madre decidió criarlo como si fuese un hijo más. Así, en el caso de que Matteo nunca regresase, Benedict tendría una madre y un padre, Marco. No había mucha diferencia de edad entre Fabrizia y él, así que podía pasar perfectamente como su hermano. 

—Pensé que te afectaría más —me dijo mi hermana un día mientras cenábamos un poco de queso con pan.

—Estoy bien. Al fin y al cabo, nunca fuimos nada. 

Tosca suspiró:

—¿Dónde crees que estará Matteo? ¿Qué estará haciendo?

—No quiero saberlo, porque si me entero, soy capaz de irlo a buscar y traerlo de vuelta de un puñetazo en la nariz. Si él hubiese estado aquí...

—No creo que hubiese cambiado mucho las cosas.

—Pues yo sí lo creo. Al menos Benedict tendría un padre.

—¿Seguirá con vida?

Miré a Tosca a la cara. Estaba preocupada. Pese todo lo que había hecho, seguía siendo nuestro hermano, y no le deseábamos la muerte. También teníamos alguno recuerdos buenos con él, aunque a veces costase recordarlos. Los dos queríamos que volviese. Luego ya me vengaría, pero primero tenía que regresar con vida.

—No lo sé... —Suspiré yo también.

Nos quedamos en silencio, pero Tosca no tardó mucho en volver a hablar:

—Sabes que Mamma se quedaría destrozada si murieses, ¿no? 

—¿Lo dices por la discusión de San Gennaro? —Quedaba ya tan lejana en febrero...

Ella asintió:

—Te quiere como a nada en este mundo. Mucho más de lo que jamás llegará a querer a Matteo, aunque diga que nos quiere a todos por igual.

—A ti te quiere más. —Reí—. Siempre fuiste la niñita de sus ojos.

—Pero tú eres el pequeño.

—Ya no. Ahora lo es Fabrizia. Deberíamos montarnos un club: «Los de en medio», ¿qué te parece?

Tosca se empezó a reír. Hacía mucho que no discutíamos por cual era el favorito de Mamma. Eso había quedado atrás hacía muchos años, cuando éramos unos niños pequeños. A veces era un pequeño placer volver a hacer esas cosas de críos.

—Si te murieses... —Se le humedecieron los ojos—. Te echaría muchísimo de menos.

—No digas esas cosas. —Se me humedecieron a mí también—. Siempre seré tu hermanito pequeño.

—Ya estoy llorando. —Se limpió la lágrima y sonrió—. Solo con pensarlo.

—Que tonta eres —me burlé y me giré antes de darle tiempo a que viese cómo me resbalaba una lágrima por la mejilla.

Tosca y yo nos queríamos un montón. Discutíamos como cualquier pareja de hermanos, pero no sabríamos vivir el uno sin el otro. Lo habíamos compartido todo, los buenos y los malos tiempos. Nos cuidábamos mutuamente y nos divertíamos mucho juntos. Tosca era mi mejor amiga, y no me avergonzaba decirlo. Siempre estaba allí cuando la necesitaba, me ayudaba con mis problemas y sobre todo me hacía reír. Era una persona maravillosa. 

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